Ya no estaba allí

Los miembros de mi generación -y de muchas anteriores- llegamos a creer que siempre estaría allí, terco e inamovible, como nuestro único horizonte de futuro.

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Por: Jorge Volpi

Los miembros de mi generación -y de muchas anteriores- llegamos a creer que siempre estaría allí, terco e inamovible, como nuestro único horizonte de futuro. Por décadas había demostrado ser una criatura particularmente resistente -apta, en términos evolutivos-, capaz de acomodarse a cada nueva circunstancia, a cada nuevo tiempo. Había surgido como un pacto entre caudillos: es decir, como un espacio de negociación interna, en lo oscurito, yo te doy y tú me das, a cambio de que afuera todo pareciera terso. Una invención brillante: subsumir a todos los que tenían intereses o algún poder -con mínimas excepciones al margen- en un esqueleto que acogiera casi cualquier contenido acordado por sus élites.

El PRI, con sus distintos nombres, pudo ser así auténticamente revolucionario, nacionalista, socialista, pragmático, estatista, neoliberal y, cuando las ideologías se desdoraron, un batiburrillo de todo lo anterior. Lo relevante, a fin de cuentas, era ser un aparato: una herramienta y no un partido en el sentido tradicional, un instrumento para administrar el Estado -y, de paso, continuar repartiendo favores, privilegios y carretadas de dinero a sus miembros o a sus aliados-. Así sobrevivió por siete décadas, camuflándose cada vez que era conveniente para seguir haciendo básicamente lo mismo.

Hasta que la maquinaria dejó de funcionar: atrofiada a fuerza de ser sobreexplotada, y en medio de las sacudidas que agitaban el mundo desde 1989, el PRI alcanzó a resistir más de una década antes de finalmente ser apartado del poder. Pero aún así, durante dos sexenios, fue pieza fundamental del sistema: Fox y Calderón lo convirtieron en su díscolo aliado, igual que ahora intenta hacer López Obrador. Un partido disminuido pero que, una vez el PAN sufriese su respectivo desgaste -acelerado en pocos años por la peor iniciativa tomada por presidente mexicano alguno: la guerra contra el narco- le dio la oportunidad de regresar.

El PRI de Peña, acaso por ser ya solo un remedo del anterior -un cascarón aún más vacío- exacerbó todos sus vicios. Durante esos años pudimos verlo obscenamente desnudo: una especie de parásito, adherido a la piel del Estado, cuyo único objetivo ya -a diferencia de sus épocas más o menos gloriosas- era saquearlo. Un instituto político que era, en realidad, una mera fuente de extracción. Nunca fue tan evidente su esencia como en esos descoloridos años del peñismo: pura verborrea que ninguno de sus líderes creía, un sometimiento inevitable al neoliberalismo y, sobre todo, una cortina de humo para que sus huestes pudieran enriquecerse sin fin.

Exhibida su verdadera naturaleza -como los lagartos alienígenas de aquella serie televisiva-, era inevitable que un líder como López Obrador aprovechase la ocasión para destruirlo. Su diagnóstico era perfecto: sin duda alguna, el PRI era la mafia en el poder.

Pero, conocedor íntimo de su eficacia, primero en sus entrañas y luego oponiéndosele por décadas, AMLO supo aprovechar en el desguace la mayor parte de sus recursos humanos, económicos, sociales y simbólicos: si se revisara su ADN, más de la mitad del genoma de Morena tendría las siglas del PRI.

El PRI que queda no es, ya, más que un residuo marginal del PRI. Dado que sus miembros nunca tuvieron principios, la mayor parte emigraron al partido del Presidente y buena parte de los que se quedaron están dispuestos, por miedo o conveniencia -lo de siempre- a pactar con él. El problema es que, por más que quiera asumirse como fiel de la balanza, este último PRI no tiene ya siquiera la fuerza del que pactó con el PAN en el pasado. No es ya, prácticamente, nada. López Obrador, nuestro más astuto animal político, lo sabe bien. Y al fin ha sabido cómo liquidar a su enemigo histórico: lo colocó en una disyuntiva que en cualquier caso perderá. Suscriban la reforma eléctrica o no, o dividiéndose en el proceso, parecen sus últimas horas. Luego de todas estas décadas, esta vez parece que al fin se acerca a su final.

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