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Vacunas contra los ‘espíritus malignos’

En la antigüedad se creía que las enfermedades tenían otro origen y las vacunas vinieron hacer el antídoto de lo que se creía eran supuestas posesiones

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Por: Alfredo Campos Mejía

Hace siglos se tenía la idea de que las enfermedades eran a causa de los espíritus malignos o posesiones.

Hace siglos se tenía la idea de que las enfermedades eran a causa de los espíritus malignos o posesiones.

Hace siglos, algunas personas creían que las enfermedades eran debidas a espíritus malignos que se apoderaban del cuerpo. De hecho, la palabra influenza, designaba a una enfermedad que se pensaba era provocada por la “mala influencia” de las estrellas. Ante lo desconocido, los seres humanos inventaban explicaciones fantasiosas y su destino quedaba a merced de los planetas, las estrellas, los castigos divinos, etc.

No obstante, hubo quienes aprendieron por experiencia que cuando ocurrían epidemias era mejor mantenerse aislados para evitar caer enfermos. Por ejemplo, en 1665, el científico inglés Isaac Newton tuvo que mudarse al campo para resguardarse de una epidemia de peste bubónica que provocó la muerte de casi la cuarta parte de la población de Londres. Dicha infección, que también devastó a Europa, la causó una bacteria transmitida por las pulgas de la rata. Aunque la humanidad había convivido con los microorganismos durante milenios, hasta ese momento no se sabía de su existencia pues que era imposible verlos. Sin embargo, muy pocos años después de esa epidemia, una persona los iba a descubrir.

DE LA CURIOSIDAD AL ÉXITO

Anton van Leeuwenhoek, fue un comerciante de telas holandés contemporáneo de Newton que aprendió a tallar lentes de aumento con una gran habilidad. Gracias a ello y a su gran curiosidad, se convirtió en el primer ser humano en asomarse al mundo microscópico con la ayuda de un dispositivo que él mismo fabricó, y que se convertiría en uno de los inventos más revolucionarios de la historia: el microscopio óptico. Fue así como células, bacterias y otros microorganismos aparecieron al ser observados a través de estos instrumentos. Posteriormente, los científicos irían poco a poco descubriendo que algunos bichos microscópicos eran los causantes de las enfermedades infecciosas que afectaban a la humanidad, mostrando que no eran provocadas por espíritus malignos. Pero... ¿habría manera de proteger a las personas contra los microbios nocivos?

UN GRAN AVANCE

En 1796, el médico inglés Edward Jenner descubrió la vacuna contra la viruela, una enfermedad del ganado vacuno que puede transmitirse a los humanos que conviven con las vacas (de ahí el nombre de vacuna). Jenner observó que muchas de las lecheras que habían estado en contacto con animales enfermos no contraían la enfermedad, y supuso que el contacto de las lecheras con el pus de las ampollas de las vacas al ordeñarlas las protegía de la viruela. Para probar su hipótesis, Jenner extrajo líquido de las heridas de personas infectadas que luego introdujo en individuos sanos, y pudo constatar que estos últimos presentaron la enfermedad, pero de forma muy leve, recuperándose en poco tiempo; aunque fueron inyectados posteriormente con líquido de llagas frescas de personas infectadas (lo que hubiera hecho enfermar a las personas no vacunadas), éstos no desarrollaron la enfermedad, quedando de este modo protegidos o inmunizados. Fue así como basando su trabajo en la observación y la experimentación, Jenner desarrolló un método para proteger a las personas del agente infeccioso causante de la viruela vacuna, sin saber de la existencia de los virus que en ese momento no se conocían, y preparó el camino para la futura ciencia de la inmunología. Utilizando la experiencia de Jenner, otros científicos desarrollaron vacunas para más enfermedades, como Louis Pasteur en Francia, quien en 1885 aplicó por primera vez con éxito la vacuna antirrábica a un niño de 9 años que había sido mordido dos días antes por un perro rabioso, salvándole la vida.

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El descubrimiento de los virus tuvo que esperar hasta el siglo XX, ya que, debido a su tamaño en extremo pequeño, escaparon a la inspección cuidadosa de los científicos a pesar de que utilizaban los más poderosos microscopios ópticos disponibles en su época. Uno de quienes iluminaron el camino que llevó al descubrimiento de los virus fue el científico ruso Dmitri Ivanovski quien, en 1892, a partir de sus experimentos para encontrar al microorganismo causante de una enfermedad de las plantas de tabaco llamada mosaico del tabaco, concluyó que estaba ante un nuevo tipo de microbio mucho más pequeño que las bacterias, y por ello imposible de examinar mediante el microscopio óptico. A este agente infeccioso, invisible con la tecnología de la época, le llamó virus.

VAN MUCHOS MÁS ALLÁ

Un gran avance ocurrió alrededor de 1930, cuando los científicos alemanes Ernst Ruska y Max Knoll desarrollaron el microscopio electrónico, que era capaz de mostrar objetos mucho más pequeños que los que podían observarse con los microscopios ópticos. Gracias a esta poderosa herramienta, por la cual Ruska fue galardonado con el Premio Nobel de Física en 1986, se logró escudriñar la materia a escalas extremadamente pequeñas, y fue así como en 1935 se observó por primera vez un virus: el del mosaico del tabaco, cuya existencia había sospechado Ivanovski. La ciencia y la tecnología permitieron el descubrimiento de más agentes causantes de las enfermedades infecciosas y el conocimiento de su mecanismo de acción, con lo cual fue posible desarrollar medidas preventivas para evitar que las personas enfermasen y, en muchos casos, tratamientos para curarlas.

Hoy en día, los niños de todo el mundo deben seguir un esquema de vacunación que los protege de diferentes enfermedades, algunas de ellas bastante graves, lo que permite que sus posibilidades de llegar a la edad adulta aumenten considerablemente respecto a los niños de siglos anteriores. Una de las vacunas es la BCG (bacilo Calmette-Guérin) contra la tuberculosis; ésta fue desarrollada por los científicos franceses Albert Calmette y Camille Guérin, y se empleó por primera vez en 1921, por lo que está cumpliendo en 2021 sus primeros cien años. Además, quienes tienen a perros y gatos como mascotas los llevan anualmente a vacunar contra la rabia para evitar que se contagien de esa espantosa enfermedad provocada por un virus que puede transmitirse a los humanos. Es posible afirmar que gracias a las vacunas, y a todos los científicos cuyos trabajos permitieron su desarrollo, muchos de nosotros estamos vivos.

VACUNAS ESENCIALES

Aunque casi toda la población mundial no haya visto al virus de la poliomielitis sabemos las graves consecuencias que esta enfermedad puede provocar en los niños, y protegemos a nuestros hijos con la vacuna de la polio (desarrollada por el científico estadounidense Jonas Salk en los años cincuenta del siglo pasado). De igual manera, muy pocas personas han visto al virus de la rabia bajo el microscopio, o han visto a un animal rabioso. Sin embargo, eso  no nos debería llevar a concluir que ese virus no existe ni la enfermedad tampoco. Eso es un grave error, que se ha propagado como una pandemia paralela en los últimos meses con relación al virus llamado SARS-CoV-2 causante de la enfermedad Covid-19, y esta incredulidad por una parte de la población ha traído como consecuencia que no hayan seguido las recomendaciones sanitarias emitidas por las autoridades de salud para reducir la propagación de la enfermedad y el número de víctimas mortales. Desafortunadamente, no existe una vacuna contra la falta de sentido común.

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Las personas que vivieron la epidemia de 1665 en Inglaterra desconocían la existencia de microbios y las medidas de higiene que les evitaran contraer enfermedades. Si aquellas vidas segadas por la peste hubieran tenido los medios de comunicación, el acceso a la información que ahora disponemos y el conocimiento de todas las medidas sanitarias que nos han sido recomendadas para cuidar nuestra salud y la de los demás, cuántas de ellas se hubieran salvado. Ojalá podamos extraer una lección de este doloroso episodio para el género humano que ha causado tantas pérdidas, dejando de lado el individualismo y actuando más de forma colectiva, por el bien de todos los que tenemos la fortuna de seguir con vida y de las nuevas generaciones.

Acerca del autor:
Alfredo Campos Mejía es ingeniero físico por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Es también maestro y doctor en ciencias (Óptica) por el Centro de Investigaciones en Óptica, A.C. (CIO) en donde ha trabajado desde 2015 en el área de divulgación de la ciencia e investigación.

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