Es temerario intentar anticipar las repercusiones de una guerra en curso. En un mundo que se desglobaliza, esta guerra nos recuerda qué tan integradas están las cadenas de suministro. Vemos la versión turbocargada del “efecto mariposa” el cual decía que “el aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas”. En este caso, un bombardeo de Israel/EU en Irán provoca un aumento de 55 % de los fertilizantes en México, sube el precio de los alimentos en Estados Unidos y provoca desabasto de chips por la escasez de helio, cuando más los necesitan los centros de procesamiento de datos, que serán la piedra angular de la disrupción que viene por la inteligencia artificial.
Según un análisis de la Universidad de Columbia, 45 % de la urea del mundo proviene de los países del Golfo Pérsico, insumo indispensable para fertilizantes; 39 % del helio para chips y para imágenes médicas, 35 % del metanol para biocombustibles; 30 % del amonio, también para fertilizantes; y en porcentajes menores sulfuro, polipropileno, poliestireno y aluminio. Los impactos de segunda y tercera derivada del conflicto aún no empiezan a sentirse.
Los ejércitos del mundo toman nota sobre cómo Irán, un Estado que está siendo militarmente vapuleado, puede cerrar una de las vías marítimas más estratégicas del mundo utilizando drones y minas, conteniendo a la Armada más poderosa del mundo. Toda proporción guardada, Ucrania lleva cuatro años siendo la pesadilla del otrora potente ejército ruso que, a pesar de la falta de apoyo occidental va recuperando territorio y les provoca a los rusos alrededor de mil bajas diarias (contando muertos y heridos graves). Estos acumulan en dos meses el total de las bajas de EU en toda la Guerra de Vietnam.
La destreza de los ucranianos, que en cuestión de meses desarrollaron la capacidad para construir miles de drones, tecnología para volarlos, capacidad para interceptar drones Shahed iraníes (utilizados por los rusos), y de desarrollar algoritmos que permiten que sus drones tomen –en segundos– decisiones para incrementar letalidad, contrasta con las estructuras burocráticas de grandes ejércitos, como el de EU, donde procurar un nuevo misil costaría millones de dólares y años de burocracia en el Pentágono. Al inicio de esta confrontación, EU interceptaba drones Shahed de 35 mil dólares con misiles Patriota, de dos millones de dólares, recordándonos la historia de David y Goliat.
Las guerras asimétricas toman otra dimensión. Si EU –o Israel– siguen devastando ciudades iraníes, la población que estaba contra el régimen se alineará con éste, y crecerán los incentivos de Irán para destruir instalaciones energéticas de sus vecinos, para incrementar el daño económico a EU, cuyo umbral de dolor es infinitamente menor, y sobre todo en un año electoral.
Esta guerra le cuesta a EU mil millones de dólares diarios. Ese país enfrenta un déficit fiscal que asciende a más de 5 % del PIB. Éste es totalmente estructural, pues en 2025 no había pandemia o guerra. Al pedir un presupuesto de 200 mil millones de dólares para este conflicto, además de lo ya desembolsado, éste crecerá en casi un punto del PIB. Hay más presión inflacionaria y, como consecuencia, más presión en las tasas de interés cuando la deuda bruta del gobierno asciende a 120 % del PIB. Cada punto de tasa cuesta 300 mil millones de dólares anuales de intereses.
Pero no todo es negativo. Este conflicto les devolverá la atención a energías limpias menos susceptibles a crisis geopolíticas, pues puede volverse perenne la amenaza de cierre del estrecho de Ormuz, además, los precios de hidrocarburos se mantendrán altos por meses después de que termine este conflicto.
Fareed Zakaria dice que este momento le recuerda la transición a principios del siglo XX en la que Inglaterra –la gran potencia (que tenía más o menos 25 % del PIB mundial como EU hoy)– se distrajo en conflictos en África y Asia, mientras EU –la potencia emergente– se dedicó a industrializarse a un ritmo vertiginoso, desbancando a la primera años más tarde. China está tomando nota.