Hace 70 años llegó en ferrocarril, oriundo de Zacatlán, Puebla, Esteban Gómez Osorno, el primer pediatra que tuvo Celaya; bajaba del tren acompañado de su esposa y sus tres pequeños hijos, con apenas 80 pesos en el bolsillo y la esperanza de ejercer su profesión para el sostén de su familia.
Era un domingo primero de julio de 1951, -lo recuerda bien- se instaló en el Hotel Isabel, y por su tío, el doctor Esteban Macías Lozada, quien le había recomendado venir a Celaya, sabía que en el estado había pocos médicos, apenas cuatro en esta ciudad y ninguno era pediatra.
Hoy, con un siglo de vida, el doctor Gómez se distingue con personalidad, es un hombre atento y de trato amable, de carácter agradable y gran facilidad de palabra, deportista y lector asiduo que gusta de la buena plática, además de ser poseedor de una memoria envidiable.
Aunque el pueblo de Zacatlán lo vio nacer, Celaya ha sido su hogar y el de su familia desde hace siete décadas; en tierras celayenses han nacido la mayoría de sus doce hijos, así como nietos y bisnietos.

Y es también en esta ciudad donde deja su legado, un legado de trabajo y entrega a su profesión, un ejemplo de unión familiar, así como su fórmula para una vida longeva y de calidad.
Con 100 años recién cumplidos el pasado 2 de septiembre, disfruta cada día de esta preciada etapa de vida con el amor y cuidados de su familia.
Sin trabajo por ser “pediatra”
Eran los años 50, en Celaya el común de la gente desconocía lo que era un pediatra, esa fue la primera dificultad con la que se encontró el joven galeno al inicio de su carrera profesional, pero fue su buena praxis la que le dio el reconocimiento y fama en Celaya y los alrededores.
“Llegué a Celaya en 1951, la encontré como una terminal de tren, había muy poca gente, creí que era ocasión para trabajar, puse mi rótulo: “Esteban Gómez Pediatra” y resulta que a través de las semanas no tenía consulta. Ese fue un problema grandísimo, porque yo llegué con mi esposa y con tres niños.
Pero un periodista que llegó con su niño me dijo: Doctor, no tiene trabajo ¿verdad?, -No, ya voy a cumplir un mes y no tengo una sola consulta. Y me dice: ¿Sabe por qué?, la gente no sabe lo que es pediatra, cámbiele”, recuerda el doctor Gómez.
Y esa fue la solución. “Puse el rótulo como “Esteban Gómez, Especialista en enfermedades de niños” y entonces llegó la gente”, agrega.
Su fama como pediatra creció cuando salvó la vida a una pequeñita que padecía una severa deshidratación.
“Mi tío, Esteban Macías, me mandó una niña completamente deshidratada y me dice -A ver niño, a ver si de veras eres pediatra-. Le empecé a poner sueros, transfusiones de sangre, fui casi el primero en poner sueros; esa niña llegó a ser un esqueletito, después estaba hinchada porque ya no tenía agua en las venas. Esa niñita se salvó, era de Apaseo el Grande y fue suficiente para que de ahí en adelante toda la gente de Apaseo me trajera a sus niños, porque ya sabían que yo era pediatra, especialista en niños“, cuenta orgulloso.

Y entonces, agradecido porque su situación de trabajo cambió, el médico decidió que una vez llegada su consulta número 100, a ese paciente nunca se le cobraría. El afortunado fue un pequeño con Síndrome de Down, quien siempre tuvo atención gratis con el Pediatra.
La unión familiar, una prioridad
Esteban tuvo una infancia feliz, fue el sexto de diez hermanos, un niño amado en su familia, de donde aprendió la importancia de la unión fraterna, la cual también procuró para su propia familia.
Felipe y María, padres de Esteban, fueron la base de la tradicional “Gomiza“, una reunión anual para la convivencia familiar, logrando reunir en ocasiones a unas 700 personas.
“En la República no se veía que se juntaran tantos parientes por tres o cuatro días cada año; eso servía para conocernos y platicar, y nos queremos todos”, señala el médico.
Esteban reconoce de su esposa, Carmelita Guzmán (t), la gran labor que realizó como madre, siendo siempre amorosa con sus doce hijos.

A Carmelita la conoció a bordo de un tren, donde coincidieron mientras viajaban de México a Zacatlán, ella trabajaba en la capital en una pastelería de “El Molino” y él estudiaba en la Facultad de Medicina; a él le fascinaban las güeritas y fue “La Güerita” Guzmán quien robó su corazón.
Yo llevaba a mis amigos de la Facultad de Medicina en ese tren y ahí iban Las Guzmán; llegamos a Zacatlán y hubo un evento en una huerta y esta güerita, mi señora, tocaba la guitarra y se puso a cantar “Dos arbolitos”, y yo dije -Esta güerita va a ser mía-“, evoca con franca sonrisa.
Juntos procrearon a Susana, Carlos, Esteban, Jaime, Carmen “Chiquis”, Gilda, Silvia, Rosa, Felipe “Pipo”, Beatriz, Luis y Natalú, quienes les dieron la dicha de ser abuelos de 33 nietos y 29 bisnietos.

“Mi papá y mi mamá nos enseñaron a respetarnos como hermanos, nos peleamos y nos perdonamos como hermanos, los rencores siempre los dejamos atrás, él siempre nos dice -A ver chiquitos, no se estén peleando-. De los doce hermanos, aunque somos todos diferentes, todos nos tenemos mucho cariño y respeto”, comparte “Chiquis“.
Los Gómez Guzmán se dieron a la tarea de mantener vigente la “Gomiza” y aunque la pandemia la ha puesto en pausa los últimos dos años, el doctor Gómez siempre está al pendiente de su familia.
“Yo a mi papá le admiro su ecuanimidad, está muy al pendiente de todos sus hijos, yo vivo en el extranjero y él me llama para preguntarme ¿cómo estás hija?, está muy pendiente de todos”, agrega Gilda.

Trabajo, deporte y buena alimentación
La entrega en su trabajo, hacer ejercicio todos los días, la disciplina en su alimentación y mantener una actitud positiva, han sido la fórmula para llevar una buena vida.
“Mi desayuno es bien fuerte, casi todos los días como huevitos y fruta, la comida también es fuerte y no ceno mas que una copita de vino con unos cacahuates o nueces, o bien un plátano”, comparte el pediatra.
Añade que el trabajo y el deporte, han sido fundamentales en su vida.
“De mis actividades, un 30 o 40 por ciento es el deporte, juego golf una vez a la semana, antes lo practicaba jueves, sábados y domingo, jugaba con mis amigos”, agrega.

Además de la alimentación, algo muy importante para mantenerse bien es que nunca fue adepto a tomar o fumar. Y aparte del buen estado físico, también procura su salud emocional y mental, lo que ha logrado gracias a su convicción espiritual, su rutina diaria y buena actitud.
“Espiritualmente a mí me gusta leer la vida de los católicos, la vida de San Pablo, San Agustín, San Lucas, San Francisco y San Pablo (a quien más admira, por ser el que desarrolló el Nuevo Testamento), todos los días leo algo de eso, así como de otros temas.
Diario hago mi crucigrama a las 8:30 o 9 de la mañana, después veo un poco de noticias y luego bajo a tomar mi copita de vino y leo el periódico AM, siempre leo el artículo de Rolando (Fuentes Berain, su yerno)”, explica.
Cabe destacar que el doctor no es ajeno a la tecnología, ha sabido adaptarse al uso de los teléfonos inteligentes para estar en contacto con su familia, envía mensajes por Whatsapp, se comunica con su hija que vive en el extranjero por Facetime, toma fotos y le pregunta a Siri lo que necesita.
La alegría de la vida
Su familia coincide en que su característica más destacable es su buena actitud, lo que hace de él una persona feliz.
El doctor tiene una muy buena actitud siempre, para mí esa es su característica más destacable, siempre de buen humor y contento, con una sonrisa y feliz, cuando falleció su esposa se supo sobreponer a esa falta, después de tantos años juntos, y también supo cómo y cuándo retirarse de la profesión.
“Es muy ordenado, muy disciplinado, tiene un sentido religioso muy acendrado, sigue con sus valores cristianos muy al pie de la letra y no descuida su cuerpo, hace deporte y no cae en exceso”, define su yerno, el doctor Rolando Fuentes Berain.

El pediatra, tras un siglo de vivencias, comparte un mensaje a los jóvenes para que tengan una buena vida.
“Lo principal es cuidar la alimentación y dar gracias a Dios que amanecieron con el amor de la vida, que siempre digan la verdad, no mentir, si te ofenden perdónalos, no tomar, no fumar, hacer deporte y estudiar“.
Y a los médicos les recomienda que sean honrados, que traten al enfermo como a sí mismos, como si la enfermedad fuera suya; no odiar a los colegas, seguir siempre adelante y ser amorosos con todos.
Mi vida ha sido de trabajo, de satisfacciones, de siempre estar en una forma positiva, nunca tener diferencias con nadie, y si las hay, que sean bien presentadas, porque yo no voy a rebatir nada”, concluye al preguntarle cómo han sido estos cien años de vida.

MGL