La escultura de Juan Pablo II, instalada en el atrio de la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, guarda historias de amor, fraternidad, esperanza, pero sobre todo, de solidaridad de los feligreses que quisieron con este monumento demostrar el aprecio hacia Karol Wojtyla, el Papa que hoy será convertido en santo.
“Para mí ya es un santo, no hace falta que lo canonicen porque fue un ser humano extraordinario, distinto al resto de nosotros que estamos muy lejos de él”, dice Juan Rodríguez Martínez, trabajador de la Basílica. “Yo he escuchado historias de gente que reza, le pide fortaleza para resolver sus problemas morales, y ahora pienso que nosotros los mexicanos debemos pedirle que interceda ante Dios para que nuestro país sea mejor, desaparezca la violencia”.
Carmen Mendiola Fuentes, considera por su parte, que “México necesita mucho de ‘su santo padre’, ojalá que esté donde esté no se olvide de nosotros, lo necesitamos porque vivimos en una crisis moral y económica de la que los más responsables son los poderosos, también la gente pobre, pero en menor escala”.
“Yo sé que la imagen, la presencia de Juan Pablo II seguirá siendo vital para México, y tengo confianza en que nos ayudará a resolver nuestros problemas como nación”.
Frente a la escultura, Jorge Ramírez Rojas asegura que Wojtyla fue un gran evangelizador; “como apóstol de Cristo, anduvo muchos caminos, fue un andariego, un hombre muy querido por sus acciones, que no se conformó con estar sentado en un trono, vivió con la gente de la calle, antes y durante el tiempo que fue Papa”.
Pensamientos como estos y los milagros acontecidos en la vida de un escultor se fundieron para quedar plasmados en el monumento de bronce que se aprecia en este templo.
La historia es sencilla: José Antonio Haghenbeck relata que 2 personas muy relacionadas con él -un amigo y una pariente- fueron secuestradas. Durante un tiempo, el artista oró hasta que ambas regresaron a sus casas totalmente a salvo.
“Esto fue un verdadero milagro, una acción de la Divina Providencia; yo le pedí al Santo Padre que intercediera ante Dios por estas personas, y me concedió el milagro, es algo que nunca olvidaré”. El escultor sintió que la mejor forma de agradecer este hecho era perpetuar la figura de Karol Wojtyla; “me acerqué al abad Juan Rodríguez Alba para plantearle el proyecto y se entusiasmó”.
“Surgió la idea de recolectar piezas de bronce, como llaves y otros objetos, la respuesta fue extraordinaria, el pueblo de Guanajuato fue muy generoso, la ayuda llegó por montones; personas de todas las condiciones sociales se acercaron, recuerdo por ejemplo, a un joven estudiante….me parece que se llama Jesús Ricardo Gallo, que en ese entonces estudiaba arquitectura, él diseñó el pedestal; también colaboraron mucho los dueños de una radiodifusora y de un canal de televisión”.
“Yo no quiero omitir nombres, pero fue mucha gente la que intervino; el pueblo, la hermosa gente de Guanajuato hizo posible que se lograra este sueño”.
José Antonio dice también que el apoyo de su esposa Claudia, de su hija Astrid, y de algunos voluntarios fue “el gran impulso” para la elaboración de algunos detalles.
“Toda esa fuerza, esa voluntad de la gente nos motivó, primero para hacer el diseño -el dibujo-, luego elaborar una estructura de alambre, rellenarla de plastilina para hasta darle la forma deseada, luego hacer el molde -de yeso- para después llevarlo al taller de fundición, finalmente, darle los últimos detalles, fue un proceso minucioso, pero muy motivante”.
Haghenbeck asegura haber tenido la oportunidad de “estar muy cerca” de Juan Pablo II durante su primera visita a México; “yo apenas era estudiante y sentí que ese hombre pronto sería un santo; derrochaba mucha simpatía, generosidad; es un gran júbilo que hoy lo canonicen y reconozcan los milagros de ese ser humano que es un ejemplo para todos”.

‘Fortaleció mi vocación’

Isidro Nicasio Zamora, sacerdote de la Basílica, guarda un recuerdo “extraordinario”: “cuando yo era seminarista tuve la oportunidad de verlo muy de cerca en su último viaje a México; esto fue en el Autódromo Hermanos Rodríguez, donde hubo una misa; nunca voy a olvidarlo, me ayudó para toda la vida, a fortalecer mi vocación”.
“San Juan Pablo II es un testimonio de vida, es una muestra de que sí se puede alcanzar la santidad a la que todos estamos llamados”, dice el sacerdote.
“Mira, por lo pronto yo invito a todos a orar, a acercarnos a Dios, a proteger al prójimo, ese es el primer paso para seguir el camino de Juan Pablo II”.

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