Irapuato.- Este 15 de febrero, se cumplen 479 años de la fundación de Irapuato, y en el marco de esta fecha, AM/Al Día buscó junto con el Archivo Histórico Municipal cuáles fueron los primeros apellidos registrados en la ciudad durante el siglo XVI.
De acuerdo con los documentos más antiguos, el apellido Sánchez aparece como uno de los primeros en asentarse en la región. En 1548, Hernán Sánchez de Mancera era propietario de la hacienda de La Calera, según una relación de personas que habitaban y poseían tierras en Irapuato.
Junto a Sánchez, también figuran en los registros de la época los apellidos Aranda (apellido de Martín de Aranda, dueño de la hacienda Carrizal en 1563); también destaca el apellido Santoyo, por Alonso de Santoyo, dueño en 1588 de la hacienda El Copal, que forma parte de las primeras familias españolas establecidas en este territorio.
Aunque la historia de esta zona, ya en la época hisṕánica conocida como Irapuato, se remonta mucho antes de la llegada de los españoles, hacia el año 1200 d.C., los primeros pobladores pertenecían al grupo étnico chichimeca. Posteriormente, los tarascos (procedentes de Michoacán) denominaron a la región Xiriqüitzio o Iriquitzio, vocablo que los castellanos pronunciaron como “Jirucuicho”. Con el tiempo, el nombre evolucionó a Jiricuato, que significa “casas o habitaciones bajas”.
En 1446, según el cronista franciscano padre Bealmont, Irapuato era una de las fortalezas del reino de Michoacán, utilizada para defenderse de tribus chichimecas y de las incursiones del imperio mexica, que nunca logró dominar ese reino.
En el sitio donde hoy se asienta la ciudad existía una enorme laguna formada por los ríos Guanajuato y Silao. Los primeros asentamientos humanos se ubicaron en sus orillas, como lo demuestran vestigios arqueológicos hallados en el cerro de Arandas y en Rancho Grande.
Con el paso del tiempo y los ciclos de desecación e inundación, la población fue desplazándose, dando origen a la configuración asimétrica que aún caracteriza a la ciudad.
Las primeras mercedes y el nacimiento formal
En 1546 se entregó la primera estancia en Guanajuato a Rodríguez Vázquez, y dos años después, el 14 de agosto de 1548, el virrey Antonio de Mendoza otorgó, mediante merced real, tres estancias de ganado a Hernán Sánchez Mancera, considerado el primer colonizador español de Irapuato. Las estancias fueron: La Calera, Lo de Sierra (Carrizales) y Temascatio (Aldama). Además, se concedió un sitio para ganado mayor.
En 1589, en cumplimiento de la Ley de Congregaciones, la estancia adquirió la calidad de Congregación, aunque no fue reconocida formalmente como ciudad sino hasta 1893, cuando el Congreso del Estado de Guanajuato la elevó a esa categoría mediante decreto 29.
Para 1631 se realizó el primer censo en la entonces villa de Irapuato, registrando 12 vecinos españoles y 10 indígenas casados, lo que refleja el tamaño reducido del asentamiento en sus primeros años.
Con el paso de los siglos, las estancias y sitios de ganado mayor dieron paso a ranchos y haciendas, concentrando la propiedad de la tierra en manos de familias españolas peninsulares.
En este contexto, la horticultura y la floricultura se convirtieron en actividades clave, especialmente para la población indígena empleada en las grandes propiedades.
Uno de los hitos que marcaron la identidad económica de la ciudad fue la introducción de la fresa. La planta fue traída de Francia a México en 1849 y llegó a Irapuato en 1852 por iniciativa de don Nicolás Tejeda, quien importó 24 plantas colocadas en un almácigo a orillas del río Guanajuato.
Fue hasta 1858 cuando inició formalmente su cultivo, logrando excelentes resultados, especialmente en la huerta de San Antonio de Retana, donde la comercialización intensiva de la fresa se consolidó gracias a Carlos Drogge y Joaquín Chico González, quien realizó embarques hacia la Ciudad de México con el apoyo del Ferrocarril Central.
A casi cinco siglos de su fundación, Irapuato no solo celebra su historia y evolución urbana, sino también la memoria de aquellas primeras familias (Sánchez, Aranda, Santoyo y Hernández) cuyos apellidos quedaron inscritos en los documentos coloniales y forman parte del origen documental de la ciudad fresera.
AAK