Historia 119

Esta es la historia 119 de 450 que te contaremos sobre León

Adriana Padilla García camina todos los días entre dos mundos: la fábrica donde producen botas industriales y los talleres donde se confeccionan sueños de princesas.

De un lado está Botas Padilla, la fábrica que heredó de su padre, donde se producen botas de construcción sólida, suela resistente y piel curtida para soportar jornadas rudas. 

Del otro, el gran taller de Jakuna que comenzó como un sueño y hoy diseña calzado y artículos para niñas: vestidos, bolsos, libretas, flores, pulseras, collares y juguetes.

Las dos empresas, Botas Padilla y Jakuna, tienen la misma raíz. Es la cuarta generación de una familia zapatera.

En inicio

Adriana tenía cinco años cuando veía zapatos recién hechos sobre la mesa de la cocina de sus bisabuelos. Su bisabuelo Rafael Padilla fabricaba 12 pares a la semana en la misma casa donde vivían. Entre el olor a tinta negra y la comida que preparaba su bisabuela, el taller era también cocina y la cocina, taller.

Me sentaba en las piernas de mi bisabuelo, tomaba los zapatos y aspiraba profundo el olor de la piel. Él me decía: así como hueles con pasión; hazlo en tu vida, lo que hagas, hazlo con pasión”. 

Luego aprendió el oficio su hijo Emeterio Padilla Álvarez -abuelo de Adriana-, quien elevó la producción a 60 pares semanales. Los ingresos mejoraban, pero todavía entre las paredes del hogar.

Emeterio Padilla Álvarez, abuelo de Adriana. Foto: Cortesía de Adriana Padilla

La tercera generación tomó otro rumbo. Efraín Padilla González, nieto de Rafael y padre de Adriana, aprendió primero a vender. En 1965 viajó a Mexicali para ayudar en la zapatería Dos Hermanos. Allí conoció a Silvia García, se casaron y nació Adriana.

Efraín Padilla, papá de Adriana. Foto: Cortesía Adriana Padilla

El negocio cerró y la familia emigró a San Francisco, California. Él trabajó en la construcción; ella, limpiando edificios. 

En Estados Unidos observó algo que le cambiaría el destino: los trabajadores usaban botas especiales para la obra. En México no era común el calzado industrial. Aquella necesidad se convirtió en proyecto.

Trabajó y ahorró durante seis años. Regresó a León en 1973 con tres hijos y 18 mil pesos. Compró máquinas, puso a un hermano a pespuntar, a otro a centrar y él salió a conseguir clientes. 

Inició con calzado infantil bajo la marca “El Exorcista”, luego fabricó bota de trabajo “Callejero”. Con apoyo de Galo Gutiérrez, de Calzado Sandy, compró a crédito una máquina de inyección directa al corte en PVC. Las ventas crecieron. En cinco años ya abastecía empresas.

Descubre otro éxito

Un viaje a Mexicali volvió a marcar la diferencia. Cruzó a Calexico, vio una bota con sistema Goodyear Welt y regresó decidido a producirla en León. Consiguió suela de hule antiderrapante y plantillas de cuero. Fue de los primeros en fabricar bota industrial con ese sistema. El modelo tuvo éxito. También produjo botines.

La empresa que nació con 18 mil pesos se consolidó como Botas Padilla. 

Efraín murió a los 79 años, cuando la fábrica cumplía 48 años de historia.

El camino de Adriana

Adriana creció entre hormas, pieles y suelas. A los 17 años dejó la escuela al terminar el primer año de preparatoria, para trabajar de tiempo completo en la empresa familiar. 

Aprendió cada paso del proceso: seleccionar piel, supervisar cortes, diferenciar acabados. Permaneció 17 años en la fábrica.

A los 34, casada y con tres hijos, tomó una decisión que cambió su rumbo: independizarse.

Su esposo, José Antonio, la acompañó en la aventura, “no era zapatero, pero –dice Adriana entre risas– ya superó a la maestra”.

Mi papá, al principio, nos vio batallar muchísimo. Sentía que me había equivocado en tomar la decisión de dejar la empresa, pero yo sí quería algo de mi esposo y mío para nuestros hijos”.

Tuvieron tres hijos varones. Adriana se quedó con la ilusión de una niña.

Una tarde, al salir de ver El Rey León, ambos quedaron encantados con la palabra ‘Jakuna” y decidieron que sería el nombre de su empresa.

Adriana Padilla creó Jakuna, una marca enfocada en niñas. Foto: Cortesía Adriana Padilla

La apuesta estaba decidida: calzado de alta calidad para niñas, diseños que combinan belleza, ternura y firmeza. Adriana afirma que volcó en el proyecto el amor que no pudo depositar en una hija.

“Vamos a pensar en las princesas, que estudien, que se pongan unos zapatos que las hagan sentir súper poderosas… que sean valientes, empáticas”.

Sin estudios de diseño, comenzó a crear modelos. Jakuna se presentó en 2003 en SAPICA con 40 muestras. La pareja hizo cuentas: con un pedido de 500 pares podrían sobrevivir. El resultado fue otro: 5 mil pares.

De esa feria dependía todo. Si no gustaban, el proyecto terminaba. Pero gustaron. “Gustó la calidez de los diseños y el detalle de los pespuntes.

El nacimiento de Jakuna

Jakuna nació formalmente en 2003 con 40 modelos, una máquina de pespuntar y un diseñador. Hoy cuenta con tres tiendas en León, produce varios artículos -muchos de ellos en talleres de Zapotlanejo- para complementar la experiencia de marca. Un universo para niñas que no se limita al zapato.

“Muchos años batallamos. Es muy difícil empezar un negocio sin marca. No sabía la gente ni pronunciar Jakuna ni escribirlo. Me aventaban el zapato ciertos empresarios, pero yo sabía que valía”.

Cuando parecía que la historia de Adriana estaba definida, llegó otra sorpresa.

Antes de morir, Efraín observó con orgullo la perseverancia de su hija. Contra lo que ella esperaba, le heredó Botas Padilla.

La niña que olía zapatos en la cocina ahora dirige la fábrica que inició con 18 mil pesos.

Botas Padilla continúa produciendo botas de trabajo, con sistema Goodyear Welt, pensadas para labores rudas. La familia participa incluso en el curtido de la piel porque requiere características especiales, incluso las plantillas.

“Queremos darle más al cliente. Es importante que el trabajador esté cómodo… las botas no se acaban, te acompañan”.

En la empresa trabaja con su hijo mayor, Antonio. En Jakuna están su esposo y Adrián. El menor, Alan, está por concluir la carrera. Los cinco integrantes de la familia comparten una coincidencia: sus nombres comienzan con A. Ya planean la creación del corporativo A5.

Los trabajadores, otra familia

Adriana habla de sus trabajadores como si se tratara de su familia. “Tenemos que escucharlos, tienen sueños”.

En ambas empresas insisten en la misma idea: calidad y dignidad. La bota que acompaña al obrero y el zapato que calza una niña comparten el mismo principio: deben estar bien hechos.

Cuatro generaciones después, aquella frase de su bisabuelo en una cocina sigue marcando su rumbo: hacer las cosas con pasión.

DAR

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