Historia 205

Esta es la historia 205 de 450 que te contaremos sobre León

Durante décadas, entrar a El Gato Negro fue casi un ritual en el Centro de León. Ahí se reunieron periodistas, toreros, artistas, cantantes y generaciones enteras de leoneses que encontraron entre botanas, cerveza y conversaciones una parte de la vida nocturna de la ciudad.

Hoy, mientras muchas cantinas tradicionales desaparecieron tras la pandemia y el paso del tiempo, El Gato Negro sigue resistiendo en la esquina de Reforma y Justo Sierra. Más pequeño que antes, pero todavía vivo, el bar fundado en 1926 se mantiene como uno de los últimos sobrevivientes de una época donde las cantinas eran también puntos de encuentro, historias y memoria del León antiguo.

El Gato Negro sigue resistiendo en la esquina de Reforma y Justo Sierra. Foto: Mary Ochoa

Un bar que cambió con la pandemia

Antes de la pandemia de COVID-19, en 2020, el bar ocupaba prácticamente toda la esquina. Ahora su espacio es más reducido y el acceso permanece únicamente por la calle Reforma, un poco escondido entre los negocios del Centro.

En la entrada todavía puede leerse un gran letrero que presume su historia: “Fundado en 1926”. Debajo aparece otra frase que resume su esencia: “Una cantina con historia”.

Francisco Javier Quiroga López, presidente de la Asociación de Bares y Cantinas de Guanajuato, considera que El Gato Negro es uno de los bares de época más representativos de León y un negocio que ha logrado sobrevivir durante casi un siglo.

La crisis que dejó el COVID causó problemas financieros y muchos bares tuvieron que cerrar sus puertas, pero El Gato Negro se ha mantenido. Al frente sigue Francisco Rivas, que lo ha sabido llevar a buen puerto”, señala.

Las cantinas que desaparecieron

La historia del bar también remite a una época donde el Centro de León estaba lleno de cantinas tradicionales que marcaron generaciones. Entre ellas estaban El Mazatlán, el Bar Chema —cerca del Parque Hidalgo—, el Bum Bum, en Barrio Arriba; el Círculo Leonés, en la calle Madero, y La Faena, de Luis Zamora, además de muchos otros negocios que desaparecieron con el tiempo.

A diferencia de muchos de ellos, El Gato Negro sigue vivo y actualmente es atendido por su propietario, Francisco Rivas, acompañado por Bárbara Aguirre Corral y Naomi Sánchez Saiz, quienes destacan que hoy el ambiente del lugar es mucho más familiar.

El bar de artistas, periodistas y toreros

Paco Rivas recuerda que durante décadas el bar fue punto de reunión de periodistas, artistas y cantantes. Entre sus visitantes más recordados menciona a José Alfredo Jiménez, Pedro Infante, Adalberto Martínez “Resortes” e incluso Cantinflas.

El Gato Negro siempre ha pertenecido a la familia Rivas. Desde don Benjamín Rivas, padre del actual propietario, don Francisco Rivas, quien adquirió el terreno y los permisos en la esquina de Reforma y Justo Sierra”, cuenta Naomi, encargada de atender la barra.

Entre sus muros, decorados con cuadros y litografías de gatos negros, el bar conserva buena parte de la memoria nocturna del León antiguo.

Sus muros se encuentran decorados con cuadros y litografías de gatos negros. Foto: Mary Ochoa

Botanas y tradición

Mientras tanto, Bárbara se encarga de servir algunas de las botanas tradicionales que todavía distinguen al lugar: carne tártara, papas al horno con mantequilla, caldo de camarón, duro, patitas en vinagre y cecina.

Además, su ubicación ayudó durante años a convertirlo en un sitio concurrido. El Gato Negro se encuentra a una cuadra de donde estuvo la plaza de toros El Coliseo, en Reforma y Comonfort, y a pocas cuadras de la Plaza México, ubicada donde hoy se encuentra el Descargue Estrella. Por eso, en las tardes de corridas era común ver entrar a aficionados taurinos y toreros.

Hace un par de años el lugar fue remodelado. El espacio se redujo y algunas mesas desaparecieron, pero la barra, las botanas y gran parte de su esencia permanecen intactas.

La barra, las botanas y gran parte de su esencia permanecen intactas. Foto: Mary Ochoa

El León que todavía resiste

Y aunque el Centro de León cambió, las grandes cantinas desaparecieron y las nuevas generaciones viven la noche de otra manera, El Gato Negro sigue ahí, resistiendo detrás de su barra.

Todavía hay clientes que llegan solo para recordar viejos tiempos, otros que escucharon historias del lugar por sus abuelos y algunos más que descubren por primera vez una cantina donde el tiempo parece avanzar más lento.

Porque más allá de las bebidas y las botanas, El Gato Negro conserva algo cada vez más difícil de encontrar en la ciudad: la memoria viva de un León que todavía sobrevive entre conversaciones, fotografías antiguas y una barra que lleva casi 100 años viendo pasar generaciones enteras.

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