Ya no son los destinos, sino la autenticidad de las experiencias en ellos las que mueven a los viajeros de un lugar a otro. Por eso, Indonesia es uno de mis favoritos, porque con sólo cerrar los ojos percibo de inmediato el aroma de los cigarrillos con clavo, mezclado con el barullo que proviene del mercado. Frutas y vegetales que aún no sé nombrar se desparraman por las estrechas calles en las que igual transitan changos y chivos que motocicletas y marchantes. Sobre las piedras de los templos crece una alfombra vegetal. La humedad lo viste todo con helechos y flores exóticas. Y en el horizonte se dibuja la silueta de un inconfundible volcán con un infinito laberinto de terrazas en las que crece arroz en sus faldas. Tan intrincada es su forma, tan imposibles sus pendientes, que revelan la manera en que lo imposible se vuelve realidad.
Difícil decir adiós
Llevo un par de pétalos de azahar rociados con agua de río sobre las orejas, y uno más sobre la coronilla, a la usanza local. Visto largos faldones decorados con los patrones y colores de mi aldea: Amlapura. Vamos tres sobre la misma motoneta. Extiendo mis brazos, pues ya le perdí el miedo al camino. Los grillos anuncian el atardecer. Es mi última noche en Bali, la isla que se convirtió en mi hogar durante algunas semanas. Me esperan las bailarinas que se contonean al ritmo de la orquesta de gamelán (típica de Indonesia), así como un amanecer en la cima del templo budista más grande del planeta. Pero antes debo recibir la iniciación del médico brujo que me aceptó como su aprendiz y luego comer el corazón de un perro frito en aceite de coco. Es difícil despedirme de mi familia adoptiva entre música y lágrimas, mucho más que sortear 20 horas en barcos y camiones que me esperan para alcanzar Java, la isla vecina y la principal de este archipiélago en el sureste asiático.
Java es habitada por el 60% de la población total del país. Además de ser el corazón político y cultural, su tierra volcánica es tan fértil que ha permitido el desarrollo de diversas culturas, desde las primeras cortes hinduistas y sultanatos musulmanes hasta la república actual. Y una de sus joyas más preciadas es la ciudad de Yogyakarta, desde donde planeo llegar hasta la cima del volcán Merapi. La expedición inicia de madrugada para apreciar el amanecer desde lo alto y luego desayunar plátanos cocinados en su misma lava. La vista es imposible de olvidar.
El mismo amanecer
A la mañana siguiente habrá que emprender un largo camino por la selva con rumbo al santuario budista más grande del mundo: el templo de Borobudur, construido hace más de 12 siglos siguiendo el plano de un mandala y orientado según los puntos cardinales. La cumbre de esta especie de pastel está rematada por 72 estupas pequeñas y una gran estupa central.
Aún recuerdo cuando miré este mismo templo por primera vez, hace más de 15 años, justo cuando ascendí antes de que el sol levantara el telón. Pasé la noche entera caminando por la selva y siendo devorado por los mosquitos, después el hambre y la sed dominaban mi cuerpo, me pareció estar realizando una travesía a la intimidad de la mente y el corazón.
Años más tarde regreso a Borobudur. En esta ocasión, en lugar de cruzar la selva de noche y dormir en el lodo de los plantíos de tabaco y plátano, descanso en el resort Amanjiwo, ubicado sobre un anfiteatro natural rodeado por bosques tropicales. Aquí, se duerme en camas como de malvavisco y el amanecer llega con el olor de pan dulce recién horneado y un suculento café local.
Afuera de mi habitación me espera Ganesh, un elefante sumatrano miembro del Proyecto de Arte y Conservación de los Elefantes Asiáticos. Me pasea por la selva sobre su cabeza y me lleva a admirar el amanecer sobre la cima del templo budista, antes de mostrarme los hermosos trazos que logra eligiendo los colores y tomando el pincel con su trompa. Y aún cuando no podía ser más diferente la experiencia, es el mismo amanecer. Muchas han sido las experiencias viajando a lomo de elefante. Ya serán suyas. Mientras tanto, gracias y hasta la próxima.
Guía práctica
El Proyecto de Arte y Conservación de los Elefantes Asiáticos fue creado en 1998 por una pareja de artistas y sobrevive gracias a la venta de obras de arte creadas por elefantes en países como Sri Lanka, Camboya e Indonesia. www.elephantart.com
Amanjiwo significa “alma pacífica” y es una expresión de la doctrina budista en busca del nirvana. Es también un famoso resort de lujo creado por el reconocido hotelero indonesio-holandés Adrian Zecha. www.amanresorts.com
Escalar el volcán Merapi, uno de los más activos y sagrados en Indonesia, se realiza desde el poblado de Selo, desde donde la cima se alcanza en tres horas. No lo recomiendo por su peligrosidad, pero quien esté interesado debe asegurarse que es una temporada de baja actividad en el volcán y en compañía de un guía, pues las rutas cambian con cada erupción.