El brote de cólera trastornó la vida de los habitantes en la Huasteca hidalguense.
Desde hace cuatro semanas los indígenas viven en alerta permanente y rodeados por médicos, enfermeras y brigadistas que encalan todo para matar a la bacteria.
En las escuelas los niños se lavan las manos antes de desayunar y toman agua solamente del filtro que les llevaron tras la contingencia por el vibrio cholerae.
Las mujeres son permanentemente aleccionadas sobre cómo cuidar a su familia para evitar enfermedades gastrointestinales y son las primeras que se forman en las clínicas para demandar atención para ellas o para sus niños.
Roberta Nava es de Macustepetla, una de las comunidades más afectadas por el brote de cólera. Aunque su familia no enfermó, sigue puntualmente las instrucciones de las brigadas de salud porque ya vio la magnitud de la enfermedad.
“A la hija de mi vecina le dio, se la llevaron en la madrugada al hospital. No pudieron controlarle el vómito ni la diarrea, y la doctora la detuvo tres días porque la muchacha se puso bien mala”, relató Roberta.
Después de ese caso, toda la colonia fue ocupada por médicos y enfermeras que les llevaron filtros para el agua, cloro y que no los han dejado en paz.
“Ya nos cansamos. Todos los días están aquí las autoridades y nos dicen lo mismo. Nosotros ya sabemos qué hacer para no enfermarnos, pero no dejan de venir y de regar cal”, dijo la mujer indígena.
Además, todos los días llega gente extraña a levantar censos y cuestionarios sobre las enfermedades que les afectan.
Las brigadas, conformadas por un médico, una enfermera y dos promotores de la salud, van de casa en casa aplicando un cuestionario y entregando un kit con plata coloidal y vida suero oral.
Previamente, cuadrillas ya pasaron colocando cal en perímetros de escuelas, viviendas, ríos, arroyos, depósitos de agua y letrinas.
En medio de ese ambiente atípico, los pobladores se preparan la fiesta más importante y tradicional de la región.
Para el Xantolo o fiesta de los muertos, pobladores y autoridades confían en que, como cada año entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, lleguen unos 35 mil turistas para admirar los altares y degustar los platillos tradicionales de esta región de la Huasteca.