Comunidades rurales en pobreza extrema en México han resultado ser una cantera de talentos; sin embargo, descubrirlos no sería posible sin el trabajo de instructores y profesores que se arriesgan por una visión diferente de la educación.
Sergio Zúñiga apostó hace tres años por conformar un equipo de basquetbol infantil en una de las regiones más pobres del País.
Sin embargo, advierte, el modelo que utiliza para entrenarlos tardó 10 años en desarrollarlo.
“Me fui de migrante a Estados Unidos, estuve ahí trabajando un tiempo y fui aprendiendo en una escuelita de Georgia y vi cómo era esto del basquetbol”, recuerda.
“Empecé a estudiar todo esto del liderazgo, de lo que es risoterapia, psicología infantil, competitividad, alto rendimiento, la estructura de un preparador físico. Quería hacer algo grande, que un niño fuera capaz de demostrarle al mundo que esto era posible.
“Qué mejor que un indígena nos ponga el ejemplo de que se puede salir de abajo y el estudio sí es algo mejor ante la vida”, expresa.
Como jugador profesional de la “Ola Roja”, Zúñiga visitó en una ocasión la comunidad de El Vergel, en el municipio de Yosondúa, ahí vio por primera vez a niños descalzos jugando basquetbol.
“Caminamos tres horas y de repente veo a niños descalzos, sucios, sin comer, estaban agarrando unas hierbas de la tierra. Parecía que estaba en África, yo no sabía que existía esa parte de México, y me nace esta idea”.
El preparador reclutó a los niños triquis tras recorrer cuatro años las comunidades de esa región.
Zúñiga organizó la “Fiesta del estudiante indígena”, donde reunió a casi mil niños, de los cuales seleccionó primero a 500, luego a 300, y, al final, sólo 50.
“Físicamente son niños más bajos, más delgados, y por supuesto, en estatura el proceso va a seguir así, los niños de la ciudad van a estirar más rápido, ellos más lento.
“Lo que hacemos es convertir todo ese físico en velocidad, masa muscular, resistencia, resorteo, más potencia; y ahorita nos ha resultado muy bien y los niños están aprendiendo a jugar a otro ritmo y a otro nivel, y eso es lo que contrarresta la estatura y el físico”, sostiene.
Las condiciones de juego a la intemperie, a la que está acostumbrado este equipo, los ha hecho resistentes.
En los entrenamientos permanecen durante horas bajo los rayos del sol, pero mantienen el ritmo de juego, no muestran agotamiento.
“Durante tres años se les ha trabajado la parte mental, que no tengan complejos. Antes eran niños con complejos: su aspecto, su forma de pensar, su ideología, sentían que si hablaban triqui era una vergüenza, si hablan español también, no pensaban que pudieran ganar, que fueran exitosos, que tuvieran derecho a soñar, a este tipo de vida.
“Los niños están entendiendo que esto es por lo que hemos trabajado durante tres años; y ya el niño no tiene complejos, habla triqui donde sea, anda descalzo”, dijo.
Uno de ellos, Germán Ramírez Merino, presumió que en su reciente visita a Argentina a algunos de los jugadores de aquel País les gustó su estilo sin tenis e intentaron hacer lo mismo.
“No pudieron, nosotros ya estamos acostumbrados. Me gusta jugar descalzo porque brinco más”, expuso.
Corren, se escabullen, sorprenden con su agilidad. Nadie para a la selección triqui, invicta a nivel nacional e internacional, pero marcada por la pobreza que la rodea.
“De satisfacciones no se vive, necesitamos un respaldo económico para los entrenadores y que podamos hacer esto a nivel nacional. En el extranjero lo quieren, pero les digo que no, que primero en México y luego vamos a donde quieran”, expone Zúñiga visiblemente orgulloso.

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