La diferencia entre el tiempo real, medido por los relojes o calendarios, y nuestros sentidos puede ser enorme en ocasiones.
Esto sucede porque en muchos aspectos somos arquitectos de nuestro sentido del tiempo, escriben las neurocientíficas Muireann Irish y Claire O’Callaghan en ‘The Conversation’.
La percepción del tiempo individual está fuertemente influenciada por nuestro nivel de concentración, el estado físico y disposición de ánimo.
Igual que una olla vigilada nunca hierve, cada vez que nos concentramos en un evento el tiempo parece pasar más despacio de lo habitual. Esto sucede también cuando estamos aburridos: el tiempo, al parecer, va tan lento que no corre, se arrastra, informa RT en su portal.
La calidad emocional de un evento también afecta nuestra percepción temporal. Los estados negativos, como la tristeza o depresión, tienen el efecto de desacelerar el tiempo en nuestra percepción.
El efecto del miedo es particularmente poderoso, haciendo frenar nuestro reloj interno. Por el contrario, los eventos divertidos y felices parecen pasar en un momento.
Además, la percepción del tiempo puede distorsionarse con el envejecimiento. Las personas de 60 años y más frecuentemente se quejan que el tiempo se ha vuelto más variable. La Navidad parece llegar más rápido cada año, mientras que la rutina cotidiana parece prolongada y lenta.
Dichas anomalías en la percepción temporal vinculadas a la edad podrían depender de una cantidad de importantes procesos cognitivos, incluido el grado de atención que prestamos a una tarea particular y lo eficaz que podemos dividir nuestra atención entre varias tareas a la vez.
Los recuerdos y experiencias que recogemos en la vida nos permiten crear nuestra cronología personal. La llamada ‘teoría proporcional’ acondiciona nuestra percepción del tiempo a la duración de la vida: el presente llega a percibirse como cada vez más corto en comparación con la vida entera. Por eso un año para una persona de 75 años pasa más rápido que para alguien que tenga 10.
Las experiencias más vívidas en nuestra memoria habitualmente son de entre los 15 y 25 años, una década asociada con el incremento de recuerdos de autodefinición. El tiempo se acelera en nuestra percepción a medida que nos movemos más lejos de este periodo importante.
La receta para desacelerar el tiempo consiste en mejorar las habilidades cognitivas, en particular la atención y la memoria, que podrían ayudar a ajustar nuestro metrónomo interno. La meditación y concentración nos ayudarán a sentirnos aquí y ahora.