Aquí estamos otra vez con la esperanza de un milagro tricolor. 

Se llega la hora para saber si moriremos ahogados por la realidad de una selección inflada o gozaremos por fin con el surrealismo de un entrenador inentendible.

Es Alemania el rival, el actual monarca y cuatro veces campeón del mundo, el equipo que siempre se niega a perder, el fabricante de hazañas y la máquina de buen futbol.

Es tan solo el debut en el Mundial de Rusia y, a falta de unas horas, ya estamos con el rezo deseoso de una campanada para nuestros oídos y suplicando no sufrir con un campanazo en el rostro. 

Que nadie nos moleste y que no se hable de otra cosa que no sea sobre los once verdes en la cancha. Y ahí estaremos, otra vez, con la mirada en el televisor, la oreja a la radio y la reflexión en el periódico para cuestionar a Osorio y a sus volantes jugando como laterales y a los defensas como contenciones. 

De nueva cuenta nos postraremos pendientes para mover la cabeza negativamente si alinea Giovanni o si dejan al Chucky en la banca, o de manera afirmativa si por obra del cielo le cae al Predicador la cordura táctica para enfrentar a este gigante histórico.

Ya pasaron otros cuatro años y todo es igual cuando se habla de la Selección Nacional con la que siempre nos aflora este sentimiento en el que nada nos convence y todo nos ilusiona.

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Porque es un hecho que ante Alemania estaremos conformes con un empate como aquel con el que se sorprendió ante Francia en el primer partido del 66 en el Mundial inglés.

Porque si bien hemos criticado la falta de contundencia del Tri en sus últimos juegos, con un gol valioso gritaríamos eufóricos con los brazos en alto como el ‘Sheriff’ Quirarte cuando anotó en el debut del México 86.

Porque dentro de este masoquismo futbolero quizá convenga iniciar como víctima y no como victimario, total, ya hemos vivido decepciones como cuando parecía fácil ganarle a Noruega en el 94, pero se perdió y nos quedó el recuerdo en el que aún resuenan las palabrotas que le exclamamos a Zague y su increíble falla a unos centímetros de la red.

O como de la misma manera creíamos que en el 2010 Sudáfrica sería un rico y dulce postre, pero fue un chile tan irritante como la bilis que provocó el empate con ese débil anfitrión.

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Hoy imploramos que estos tricolores sean matones como Luis Hernández ante lo coreanos en la justa francesa del 98, sobrios como el ‘Temo’ frente a los croatas en el 2002 y que tengan un arranque bravo como el apellido de Omar y sus dos goles ante Irán en 2006.

Alemania no es el Camerún al que se derrotó hace cuatro años, es el rival que hemos tenido en la mente por más de seis meses y ante el cual nuestro presupuesto triunfal en verdad que no es mucho. 

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Pero también es una realidad que siempre dejamos ese resquicio esperanzador que nos hará levantarnos temprano este domingo para vestir de verde nuestra ilusión. Qué le vamos a hacer, es el Mundial, es el Tri, son nuestros colores y es nuestra pasión.

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