Teoría parecería ser la de que personalmente se eligen las enfermedades que en un tardío momento pueden aparecer bajo condiciones de  evidencia plena. Ejemplos, la silicosis que afecta a los mineros, la fatiga visual causada por lectura continua de documentos, el dolor de espalda por diseños ergonómicos deficientes en los lugares de trabajo, las tensiones de un trabajo que suelen llegar más allá de lo soportable hasta provocar el infarto del miocardio u otras molestias que, sin consideración, atrofian o causan decesos. Detalles, todos, que de alguna manera beneficiaron por buen tiempo los requerimientos de la llamada vida productiva. Michael Schumacher, piloto insigne de la fórmula uno, expresaba: “Sí, he pilotado al máximo, pero sólo al máximo del coche, al máximo de mis capacidades no”. Después de la declaración, finalmente, en 2013, Michael, arrobado por su pasión a la velocidad sufrió un accidente mientras esquiaba en Los Alpes franceses que le produjeron la muerte.

Un caso especial y tal vez no tan directo como los comentados atrás se dio con Federico Nietzsche, en el ilusorio libro de Irving D. Yalom, ahí, Federico dice: “Mi trabajo produce tensión. Exige que me enfrente al lado oscuro de la existencia. El ataque de migraña que me provoca, por terrible que sea, puede ser una convulsión purificadora que me perite continuar. De igual manera creo que me beneficio con mi problema de la vista., desde hace años que no puedo leer los pensamientos de otros pensadores; así, separado de los demás, lucubro mis propios pensamientos. En otras palabras, desde el punto de vista intelectual debo de alimentarme de mí mismo. Tal vez sea bueno. Quizá por eso he llegado a ser un filósofo sincero. Escribo sólo a partir de mi propia experiencia. Escribo con sangre y la mejor verdad es la verdad que se baña en ella.

Vida y salud (parece que esta última buena o mala), llegan a ser, pues, dos componentes de creatividad y presencia humana. A su orden y acomodo hay que buscarles el mejor provecho de acuerdo al ánimo y la ansiedad del ser. Pueda ser que Ludwig van Beethoven, cuando la sordera y su introspección se hicieron  absolutas, le fue propicio el componer su Novena Sinfonía. O se puede dar el también el suceso de que el Vincent Willem van Gogh, el Paul Gauguin o el Amadeo Clemente Modigliani llegaron a la profundidad de sus desasosiegos regalándonos, sin llegar a darse cuenta, los encantos de sus obras.

 

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