Son montañas que representan el sufrimiento futuro del país. Comienzan planas como discretas cuerdas de esas que se usan para brincar. De repente crecen con un “pico” al dispersarse la pandemia. Tenemos que verlas aunque asustan.
El Instituto para la Evaluación y las Métricas de la Salud (Institute for Health Metrics and Evaluation), de la Universidad de Washington, pronostica lo que sucederá en México en pocas semanas. La institución mide a muchos países y aquí analiza estado por estado. Si vemos la curva, parece que estamos en la pata de un elefante, la explosión de contagios y fallecimientos apenas comienza.
Guanajuato tiene 299 fallecimientos a un ritmo promedio de 10 diarios. Para finales de julio tendríamos 139 fallecimientos diarios y habríamos llegado a 2,493 fallecimientos. Aunque el trazo de la curva termina el 4 de agosto, no sabemos en realidad qué sigue.
Si fuera una curva simétrica en la bajada, al principio del otoño podríamos llegar a 5 mil fallecimientos y unos cien mil contagiados. La curva de todo el país es aterradora: a principios de agosto tendríamos 50 mil fallecimientos con 400 mil infectados. Eso sin contar la apertura acelerada de las actividades sociales y productivas.
Para el sector salud será una pesadilla de la que se despierta para entrar a una realidad que hará a los médicos y enfermeras querer regresar a la pesadilla anterior. Las cifras pueden cambiar para peor o mejor. Nunca podemos conocer el futuro cuando la movilidad y la propia naturaleza de la epidemia es desconocida.
En Italia descubrieron que a los 90 días el Covid-19 perdía hasta el 99%de su potencia infecciosa. Pero eso fue al norte del país europeo y son observaciones puntuales y no generalizadas. En China vuelven a cerrar mercados de Pekín por un segundo brote y en Estados Unidos esperan que la marea baje al comienzo del otoño, cuando tendrían ya las primeras vacunas. La nueva normalidad volverá, pero no pronto.
Lo extraño es que estemos esperando aún dos tercios de los contagiados y fallecidos cuando López Obrador sale con un remedio de salud pública en un decálogo de buenas intenciones, de recomendaciones tipo “abuelita”. La realidad rebasará de nuevo a los funcionarios públicos y pondrá en entredicho sus vaticinios iniciales.
Uno de los descubrimientos más importantes fue sencillo: los cubrebocas son el instrumento más poderoso para evitar contagios cuando dos personas que los usan están frente a frente. Primero Hugo López-Gatell negó su utilidad, luego López Obrador nunca lo usó y al parecer no se encuentra en su decálogo.
En Guanajuato vamos a la mitad del ritmo nacional en fallecimientos por cada cien mil habitantes. Dicho con más claridad: mientras en el país llegamos a más de 17 mil muertos registrados por Covid-19, en nuestro estado tenemos 300.
Guanajuato tiene justo una veinteava parte de la población del país. Ese número puede variar pero ojalá lo haga hacia la baja. El uso de cubrebocas puede evitar miles de víctimas. Más que multar o amonestar a quien infringe la regla, se podría entregar mascarillas a todos los transeúntes en camiones urbanos y en plazas y lugares públicos. Es una inversión relativamente baja para el beneficio que otorga. La guerra sigue, no podemos bajar la guardia.