Bajamos apresuradamente del coche, en Avenida del Imán, temerosos de detener el pesado tránsito que se acumulaba a esa hora de la tarde. Desde que sufrió un infarto un lustro atrás, a mi madre cada vez la cuesta más trabajo sostenerse y caminar. Se yergue con fragilidad, la sostengo del brazo y, en cuanto atravesamos la calle, trastabillando, un hombre mayor, de playera roja -no se me ocurrió preguntar su nombre-, que de seguro esperaba en la puerta a algún pariente, se acerca a nosotros y con enorme diligencia nos ayuda a llegar hasta donde comienza la fila, unos cien metros más allá. Mi madre se aferra a él como lo hubiera hecho de mi padre, y avanza, entre espantada y abrumada -hace un año que no ve tanta gente reunida-, y sigue el peregrinaje de otras tantas mujeres y hombres, algunos de su edad, otros ligeramente mayores, sin entender muy bien qué hace allí.

No tardamos ni diez minutos en llegar a la zona de registro, donde de inmediato alguien nos ayuda a sentarla -un voluntario de la Ciudad de México, vestido de verde, que desde entonces no se nos despegará- en tanto yo me apresuro a dar sus datos. A partir de allí, nuestro ángel guardián consigue una silla de ruedas -mi madre siempre se ha rehusado a usarla, pero es evidente que aquí acelerará el proceso-, con la que paseamos por el estacionamiento y subimos la rampa del Centro de Exposiciones de la UNAM, que yo asocio con la Feria del Libro Universitario que organizábamos allí antes de la pandemia y que ahora luce a la vez vacío y abarrotado, un hormiguero donde cientos de adultos mayores, acompañados por parientes o amigos, y personal auxiliar y médicos y trabajadores de la Secretaría del Bienestar, se congregan con la esperanza de volver a una vida un poco más libre.

Nos encaminamos a la zona dedicada a las personas con movilidad reducida, seis o siete filas de ancianos y ancianas en sillas de ruedas que se miran unos a otros, atónitos o asombrados o resignados, mientras sus acompañantes esperan instrucciones. No pasa ni media hora antes de que nos corresponda trasladarnos a la zona de vacunación. Otra vez, instrucciones ágiles y claras, y una enorme eficacia a la hora de aplicar la primera dosis de Pfizer-BioNTech que ha correspondido a Coyoacán. Mi madre apenas se da cuenta del piquete, no le irrita ni le lastima, nos dirigimos entonces a la zona de espera, el único lugar donde tenemos contacto con una empleada de la Secretaría del Bienestar -una Sierva de la Nación- que se limita, otra vez amable y precisa, a introducir los datos en su celular y a darnos el comprobante.

Veinticinco minutos después, estamos afuera, de vuelta a casa de mi madre.

No puede obviarse que en México esta semana llegamos a las 200 mil muertes oficiales a causa del Covid-19 -que, según los cálculos del matemático Raúl Rojas, en realidad deben ser 500 mil-, testimonio horrísono del fracaso de la estrategia del subsecretario López-Gatell para atajar la pandemia, ni que la campaña de vacunación no ha sido lo veloz que se nos prometió -algo que ha pasado en decenas de países además del nuestro-, pero ha sido también el día en que pude atestiguar un episodio no solo de eficiencia y organización milimétricas, que debe reconocérsele al gobierno de Claudia Sheinbaum, sino de solidaridad y esperanza compartida: uno de esos raros momentos que nos devuelven la confianza en nosotros mismos y en la humanidad.

Un par de horas después, mi madre ya no recordaba qué hizo durante aquellas horas -su memoria va y viene, como acordeón-, pero hoy el leve escozor en el brazo la llevó a recordar, con levedad y fascinación, el tiempo que pasamos ayer en la UNAM: todos esos jóvenes reunidos allí para atender paciente y amorosamente a sus ancianos -la base de la civilización- deberían recordarnos los esfuerzos que, en vez de insultarnos y recriminarnos sin tregua en la arena pública, deberíamos tramar juntos para salir adelante de este y tantos otros desafíos en estos oscuros y dolorosos tiempos de pandemia.

@jvolpi

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