En contra de los llamados de la comunidad internacional y desafiando la posición de los organismos multilaterales, las tropas invasoras no dudan en iniciar el bombardeo de pueblos y ciudades mientras sus ejércitos se adentran velozmente en el país. Para cualquier observador neutral, las razones para la guerra resultan espurias y evidentemente falsas, pero ello no impide que una retórica ferozmente nacionalista acompañe las operaciones; detrás, no queda sino la más obvia voluntad de resguardar zonas de influencia y de aprovecharse al máximo de los recursos naturales de los vencidos. Las primeras imágenes de los campos de batalla despiertan la indignación de multitudes a lo largo de todo el planeta, cuyas peticiones no impiden el ataque indiscriminado a objetivos civiles o el éxodo de millones de víctimas en esta batalla desigual.

Es el 20 de marzo de 2003 y Estados Unidos, acompañado de unos cuantos aliados en una coalición desautorizada por Naciones Unidas -y en la que participan, por cierto, algunas unidades ucranianas- apenas tarda en apoderarse de Irak, arrasando a las muy inferiores fuerzas de Saddam Hussein. Los motivos de la invasión -la destrucción de armas de destrucción masiva que nunca serán halladas, la destitución de un tirano o la implantación súbita de la democracia- no esconden sino una defensa de la seguridad nacional estadounidense a miles de kilómetros de sus fronteras. En muy poco tiempo, la resistencia iraquí comenzará su labor de hormiga, al tiempo que las violaciones a los derechos humanos por parte de los invasores -por ejemplo en la prisión de Abu Ghraib- desatarán la condena universal. A la postre, las milicias de Estados Unidos poco a poco abandonarán el país y el 15 de diciembre de 2011 acabará formalmente la invasión que, con las guerras civiles provocadas entretanto, no puede ser vista a la distancia sino como un fracaso inmenso.

Vivimos en una era de corta memoria: no ha transcurrido más que una década desde este episodio atroz y ya nos parece que la invasión de Rusia a Ucrania es algo inédito o jamás visto. En el parpadeo histórico del último cuarto de siglo, sin embargo, ambas decisiones deberían ser analizadas en paralelo como consecuencias de los ajustes de cuentas posteriores a la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Es probable que desde entonces nos hallemos en lo que hoy muchos denominan Segunda Guerra Fría: un nuevo periodo de reacomodamiento de los intereses de Rusia en su afán por recuperar la influencia perdida a partir de 1991 frente a Estados Unidos.

No cabe duda de que las acciones de Vladímir Putin representan un nuevo y brutal retorcimiento del orden internacional que es necesario condenar con toda energía y claridad, pero los argumentos usados en su contra -su desprecio a la legalidad, su demagogia y su desdén hacia los derechos humanos- deben ser equivalentes a los empleados al analizar la conducta de Estados Unidos en los últimos años. Por desgracia, el imperialismo puede ser practicado tanto por un tirano contra un líder democráticamente electo -Putin vs. Zelensky- como por un líder democrático contra un tirano -Bush Jr. vs. Hussein-, sin que en ninguna de las dos circunstancias nos fijemos en lo que realmente importa: los millones de víctimas civiles afectadas por los caprichos e intereses de las dos superpotencias.

La hipocresía se impone en épocas de conflicto: hay que acentuar las sanciones contra Rusia y celebrar que la Unión Europea acoja con rapidez a los refugiados ucranianos, pero todas las vidas humanas son equivalentes y habría que exigir la misma apertura para los exiliados sirios, iraquíes o subsaharianos, así como para los centroamericanos que Estados Unidos y México encierran contra su voluntad u obligan a regresar a diario a sus violentísimos países. La invasión a Ucrania es hoy la cara más visible del autoritarismo y la barbarie, pero no debe tender una cortina de humo sobre los millones de víctimas de otros conflictos irresueltos a lo largo y ancho del planeta.

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