Para vivir de forma decorosa y digna hay que conocer lo que el mundo nos exige como necesario. Lo que nos pide hacer sin manifestarlo sobre anuncios luminosos de gas neón. Es ese advertir sobre la vida: “saber lo indispensable”. 

El pensamiento apareció en medio de un extravío fugaz de páginas que, fuera de meditación alguna, no sólo me pareció sensato y cierto sino hasta irrefutable. Lo leído me remontó a la inteligencia y la perduración de los ancestros que, años atrás, estaba estrechamente ligada a las interpretaciones que ellos hiciesen de los fenómenos naturales y las muy escasas interrelaciones sociales que acompañaban sus vicisitudes y sus días. 

Tras crecer el género humano, llegó una más cerrada vecindad, una mayor socialización y un ensanchamiento de lo que antes había sido considerado como conocimiento de lo esencial. Sin embargo, un pequeño colmo se vive ahora: un nomadismo de entes y tecnologías que han cambiado de forma ineludible y súbita la necesidad de hacer crecer día con día los acotamientos que se daban a un legado antes estrecho.

Durante mucho tiempo se llegó a considerar que las personas dejaban de aprender cuando, con cierto ego, se percataban de saber más que la gente colindante. Era hasta común la falta de respeto del joven preparado en alguna carrera profesional en contra de aquellos que no tuvieron oportunidad de acceder a una educación de esmero. Pero entre todo, más vale recordar la cita atribuida a Isaac Newton, que plasmó lo siguiente: “Si he visto más, es poniéndome sobre los hombros de gigantes”. Pues sí, así, nuestro entorno, después de dejar una almohada ensoñadora y matinal, debe de introducirnos al mundo pleno de los pensantes, al sondeo constructivo y embrollante de lo que acompaña la feliz y actual estancia del ser.  A la necesidad inmediata de participar o adecuarse en el nuevo “deber ser” de cualquier imperiosa instancia. Algo así como la inmediatez de lavarse la boca y dejar el tufo de horas atrás.

Sí, sin duda, los tiempos han cambiado indefectiblemente para felicidad de la persona novel y la reticencia de la persona pasadita en años. La revolución del conocimiento que, obcecadamente, tocó nuestras puertas, borró las fronteras de sólo “saber lo indispensable”, estamos en un tiempo de aprender obligadamente todo. 

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