El vitral, sea religioso o civil, es una manifestación artística polícroma, traslúcida y excelsa que, por lo general, entrega imágenes bi o tri dimensionales entre pisos, muros, techumbres e incluso utensilios que de una singular y hasta etérea manera entregan significado al espacio que ocupan y a la mirada humana de su vecindad. 

Su nacimiento bien puede atribuirse, sin meter las manos al fuego, al desarrollo artesanal forjado allá por la lejanía del imperio romano; y su prevalencia, por belleza y méritos propios, se ha mantenido hasta nuestros días. Se dice que las catedrales de Colonia, de León y de Chartres son algunos ejemplos sobresalientes de grandes obras maestras de lo que aquí se trata. 

También se cuenta que entre la riqueza artística de México se posee la vidriera considerada como la mayor del mundo, se trata, claro, del Cosmovitral ubicado en el jardín botánico de la ciudad de Toluca, en el Estado de México. Y bueno, entre tantos posibles lugares y espacios, no habrá que hacer a un lado lo que se dice de los vitrales temáticos del Santuario Diocesano de Nuestra Señora de Guadalupe en Zamora, Michoacán, que ocupan un espacio asignado y superior a los mil cuatrocientos metros cuadrados.

Pero bueno demos un vuelco de lo lejano hacia la proximidad que ahora se puede admirar en la vecindad irapuatense. En la parroquia construida en advocación a Santa Margarita María Alacoque de Villas de Irapuato, existen dos enormes áreas limítrofes cubiertas por emplomados entre las luces del oriente y del poniente que centran la brillantez diurna en una especie de sala cromática de sublime misticismo. 

En las visitas familiares, dominicales y piadosas que se hacen al recinto no se vive sólo eucarísticamente el sacro momento, sucede, también, que existen ratos de absoluta divagación sobre la reiterada búsqueda de los secretos empleados por el artífice para las mayúsculas obras vítreas. La indagación oculta y callada se va mucho hacia las partes orilleras de los transparentes materiales. 

Sí, porque es ahí donde se concentra la multiplicidad cristalina de los trozos rectangulares vítreos y ocres en variedad de tamaños y tonos que llegan, con facilidad, a simular en las mentes observantes e imaginativas del fiel, paisajes urbanos de una aridez mediterránea o enormes canteras de piedra natural o geométricos rompecabezas. Sin embargo, de pronto, llegan los tiempos de depositar el óbolo piadoso o de santiguar el fin de la ceremonia, regresando, desde luego, con devoción, al propósito espiritual del principal momento. 

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