No se trata de que viviera en otro planeta, simplemente no sabía qué eran pero yo veía unos monitos muy curiositos. Los vi por primera vez en casa de mis abuelos cuando fuimos a pasar unos días de vacaciones con ellos, tendría unos cinco años, desperté algo atontada y con sed. Cuando me senté en la cama para ponerme las chanclas e ir por un vaso de agua, lo vi, el monito corrió muy rápido y comencé a gritar.
Mi abuela fue a ver qué tenía, le conté que algo pequeño y oscuro con una capa café se metió debajo de la cama y que otra de esas cosas hizo lo mismo cuando ella prendió la luz y ya no estaban. Me dijo muy quitada de la pena, son duendes, por lo que comprendí que solo yo podía verlos. Y desde entonces, cuando despertaba por la noche veía esos dos pequeños seres caminar junto a mi cama y aunque mi abuela me aseguró que no hacían nada, dormía siempre con miedo de que algún día me quisieran hacer daño.
Después de eso fuimos unas cuantas veces pero ya no estaban. Ya más grande los volví a ver; fuimos unos días con la abuela por su cumpleaños: es una casa grande, vieja pero normal, sin techos altos, sin paredes gruesas, calientita en invierno y fresca en verano, sin historias de tesoros ocultos o aparecidos por lo que no comprendía el por qué de los duendes que veía correr en el cuarto y eso era todos los días que despertaba ya noche.
Es lógico que cuando uno duerme en cama ajena no duerma bien. La primera noche fue un ruido casi imperceptible, como si alguien estuviera hurgando en una bolsa de celofán, algo que se desgarra o se rompe; finalmente aquel ruido me obligó abrir los ojos, no me quería enderezar, pero como me moví, el ruidito se detuvo, cerré los ojos y el sonido empezó casi instantáneamente, me enderecé; no prendí la luz, pero lo alcancé a ver, el pequeño ser con capa corrió debajo de la cama.
Vi la envoltura de las galletas que me había comido en el suelo junto a mis chanclas, la levanté sin pensar en el monillo que vi correr y la solté de inmediato ya que de reojo vi a otro meterse abajo del ropero. Cuando le dije a la abuela que había visto a los seres diminutos que había visto de niña, no me hizo caso. Cuando le dije al abuelo que tenían ratones, me dijo: te los pago a veinte.
Ya teníamos ahí dos días y el tercero fue una tarde de tormenta. Me quedé sola en casa ya que mis padres, hermana y abuelos se fueron de fiesta, yo había decidido quedarme viendo la televisión. Todo el día había estado lloviendo, estaba agripada y de pensar que me iba a mojar me daban escalofríos, no tuve ganas de salir a mojarme. Llámese coincidencia, pero siempre que hay tormenta, en la tele ponen películas de terror: canal tras canal salían hombres lobo, monstruos, además muertos que caminan. Así que dejé un canal cualquiera de ruido de fondo para no sentirme sola, cogí mis libros y me concentré en la tarea.
De pronto, un grito me hizo desviar la mirada del libro que estaba leyendo hacia la tele. Una muchacha estaba bajo la sombra negra de Nosferatu, veía sus manos largas de afiladas garras en la pared sobre su cabeza. Esperaba un segundo grito y… din, don, dan, din, don, dan, más nueve campanadas: en el pueblo significa que ya era algo noche; mis padres, hermana y abuelos que se fueron a una comida seguían sin llegar. La película no me daba miedo, tenía once años, ya estaba algo crecidita para tenerle miedo a los vampiros, pero la mirada de terror de la muchacha me dejó con un poco de inquietud, así que mejor le cambié de canal y fui a mi cuarto por el celular para llamar a mi papá; sonó hasta que me mandó a buzón y colgué.
Será que viene manejando, imaginé y opté por llamar a mi mamá, y sucedió lo mismo. Volví a mirar el reloj que ya marcaba las nueve de la noche. Comenzaba a inquietarme cuando un ruido en la cocina llamó mi atención; tac, tac, volvió a sonar me paré, pero me quedé indecisa, iba o no iba a ver qué sucedía. Si serás tonta Dafne, no tienes que reunir valor, con que prendas el foco se va lo que sea que esté ahí. (Continuará)
Patricia Norma Rosiles Aguado ha vivido en Irapuato desde hace 17 años. Cofundadora de dos talleres independientes de Construcción Literaria, el primero ya desaparecido, el segundo, La Égida, sigue de pie y es miembro activo del mismo. Ha publicado en numerosas antologías editadas en el estado de cuento, microcuento y poesía. El día de San Juan, es su novela histórica, editada por el Instituto Estatal de la Cultura. Este cuento aparece en el libro A cinco tintas.
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