Me acerqué a la puerta del comedor que daba a la cocina, solamente metí la mano y accioné el apagador, me asomé, después de mirar varias veces en todas direcciones y comprobar que no había nada, entré. Fuera de su lugar solamente estaba tirada en el suelo la envoltura de las papitas que había dejado sobre la mesa de la cocina. Iba a recogerla cuando se movió, se movió solita, estaba a punto de subirme a una silla cuando la bolsa se movió otra vez, iba lento, balanceándose de un lado para otro y yo me quedé absorta.
Me dio un brinco el corazón cuando escuché a mi espalda: tac, tac, volteé hacia la ventana, esperaba ver algo terrorífico y volvió a sonar el tac, tac. ¡Qué mensa había sido! Me había dejado llevar por los nervios, lo que hacía ruido era la ventana mal cerrada movida por el viento, la cerré, sentí algo raro y medio volteé; vi que los dos seres pequeños salían de la envoltura de las papas y corrían hacía abajo del refrigerador. No quise averiguar nada más y me fui casi corriendo para la sala. Duendes, duendes, no podían ser otra cosa aquellas pequeñas figuras, que apenas veía porque corrían muy rápido.
La casa de la abuela estaba infestada de duendes. Para entonces ya estaba nerviosa, vi el reloj, ya marcaba las diez. Pensé en esperar unos minutos más y si no intentaría volver a llamar a mis padres. Afuera la lluvia se había vuelto más fuerte y en la televisión, un muchacho corría delante de un grupo de zombis que lo perseguían para comerse sus sesos.
De repente cayó un rayo y se fue la luz. Me quedé parada a media sala porque si quería una vela o la linterna tenía que ir a la cocina y no pensaba hacerlo para no ver otra vez a aquellas cosas. En eso estaba cuando un relámpago iluminó toda la casa y me dejó ver al fondo, junto a la puerta de entrada, dos siluetas. En la oscuridad no podía distinguir muy bien lo que eran, tan sólo que estaban como agachadas y cubiertas por una capa, voltearon a mirarme, les vi sus chispeantes ojos rojos, grité de terror, corrí hacia el cuarto y empecé a buscar en dónde esconderme: en el ropero no cabía, en todas las películas de terror se esconden en el closet, pero ahí no había; debajo de la cama tampoco, ahí se esconden los duendes que creí habían crecido para lastimarme.
Los segundos pasaban y seguía sin encontrar un buen escondite. Decidí ponerme detrás de la puerta, antes de hacerlo jalé la lámpara del buró, tal vez no me iba a servir de mucho pero pensaba que si les daba un buen golpe, tendría unos segundos para intentar salir corriendo de la casa. Los relámpagos iluminaban el cuarto, yo sudaba: plaf, plaf, las pisadas empezaron a sonar detrás de la puerta y aquellas cosas empezaron a empujarla. Temblaba e intentaba aguantar la respiración para que no me descubrieran, agarraba con fuerza la lámpara, tanto que me dolían los dedos.
De repente la puerta se abrió del todo y al mismo tiempo la luz volvió, entró por la puerta abierta iluminando un rectángulo del piso del cuarto y pude ver la sombra de aquella cosa en el suelo, caminaba hacia dentro, tomé aire, cerré los ojos, le iba a soltar el golpe cuando escuché: Dafne… Era la voz de mi mamá, volteó a verme y tras ver mi cara de terror me quitó la lámpara que aún mantenía sobre mi cabeza: ¿no me digas que tienes miedo?, me preguntó. No le pude contestar ya que el grito de mi abuela retumbó en todas las paredes de la casa, sin más, las dos corrimos para la cocina; la abuela bailaba y a cada brinco que daba decía: ay, ay. Por fin se detuvo y en el suelo estaban los cadáveres aplastados de los dos pequeños seres con capa café que yo veía correr. Eran… eran…, en realidad no sabía qué eran ya que nunca los había visto bien. Cuando me acerqué a ellos para verlos mejor, la abuela me dijo: trae el recogedor para que tires esas cucarachas a la basura.
Patricia Norma Rosiles Aguado ha vivido en Irapuato desde hace 17 años. Cofundadora de dos talleres independientes de Construcción Literaria, el primero ya desaparecido, el segundo, La Égida, sigue de pie y es miembro activo del mismo. Ha publicado en numerosas antologías editadas en el estado de cuento, microcuento y poesía. El día de San Juan, es su novela histórica, editada por el Instituto Estatal de la Cultura. Este cuento aparece en el libro A cinco tintas.
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