Morar en medio de urbanizaciones recientes y edificadas sobre terrenos antes campiranos permite convivir al residente de ahora con una flora y fauna de un pasado saliente y otra flora y fauna de un futuro entrante. El detalle es, desde luego, enriquecedor para la persona observante. Si bien los matorrales o los pastizales verdes del cerro de Arandas en Irapuato, por ejemplo, tienen la gran capacidad para invadir territorios de escases humedad, ahora, por la exquisitez de la ciudad, son sustituidos por otros diversos y finos pastos que embellecen las áreas abiertas de los nuevos y proliferantes jardines domiciliarios, claro, con sus necesidades imperiosas de lo que se llama un mayor costo. A medida que los tiempos van trocando de lo campestre a lo citadino se van quedando también atrás roedores como: conejos, liebres, ardillas, zarigüeyas, tlacuaches y hasta ratas, cediendo desde luego el paso para los perros de pedigrí, una que otra ave cautiva o los enigmáticos y noctivagos gatos

Personas nacidas en las inmediaciones del siglo que pasó muy seguramente, en su niñez y adolescencia, tuvieron tareas domésticas sencillas asignadas por sus padres, como: mantener y limpiar a los animalitos hogareños, regar los espacios ajardinados, tender sus camas y hacer sencillos mandados. Sin embargo, volviendo a lo que se trata en el primer párrafo, anotaré que con agrado conservo de manera espiritual el cuidado del jardín domiciliar. Y ahí, sí, en esa área cordial de cualquier casa señorial, por las noches pasa de todo: entran los gatos, que al fin felinos, van tras la caza de aves dormidas y sólo dejan el desplume como notoria señal de una batalla acaecida; pasa la ardilla que tiene un feroz apetito y ataca con singular alegría los frutos de una higuera, un árbol de granado y otra plantita de ornato que la literatura especializada llama camote. Y, claro, soliendo abrazarse la negrura de la noche, se presienten los posibles duelos gatunos sostenidos sobre sus eternos contrincantes: los animales que roen. Lo sustentado en este final de párrafo lo infiero por tener ocasionalmente que recoger y tirar los pequeños cuerpos de los bichos encontrados y yertos.

Confieso, por terminar, que me impresiona encontrarme con la desfachatez de un gato agazapado a la mitad de la calle cuando camino, antes de romper el alba, observándome con sus ojos azules y su único movimiento corporal del cuello, la riesgosa espera de mi aproximado paso para tomar la determinación de huir o seguir en su letargo, por supuesto, de demandarlo así su instinto.

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