El migrar en búsqueda de una mejor condición de vida es una ancestral y rutinaria práctica planetaria de toda especie, incluida, claro, la humana. Mucho parecen impactar ahora las significaciones que tienen las divisiones hemisféricas establecidas delante de las diversas lenguas y las variadas topografías. El hecho es que las maneras de peregrinar entre fronteras abiertas o cerradas siguen hoy siendo, justamente, las comunes prácticas para buscar en dónde poder estar mejor. Sin embargo, el paso de quienes por necesidad migran, no cesa de estar impedido por autoridades cartográficas en medio de aire, mar o tierra. Así pues, los espacios acotados por el crítico concepto del vivir o el morir de personas con indescifrables alfabetos o paupérrimas necesidades son potestades de fuerzas y poderes establecidos que luchan denodadamente por defender el ansia desesperada de todo migrante que asoma en el horizonte en medio de una inverosímil conjunción de azares. por tanto, ¿cómo negar en nuestros días que una práctica natural no pueda ganar vigencia para encontrar un acogimiento social razonable entre la multiplicidad de inhumanos extravíos que bogan sobre los bordes de las fronteras instituidas?
En estas, nuestras líneas limítrofes, la historia sigue sin poder encontrar territorialmente cómo hacer del país un lugar preponderante de generosa bondad. Sea por escaseces intelectuales o absurdas contraposiciones económico-sociales, después de dos siglos de vida independiente no hemos aprendido a hacer de nuestro suelo un lugar de dignidad hegemónica. Raya en lo absurdo los volúmenes de la emigración de nuestros connacionales que, por millones, vagan universalmente en busca de mejores condiciones de vida. También caen en el sitio de lo disparatado las oleadas de inmigrantes que inundan las aceras sobre lugares en donde ni siquiera tienen el más mínimo propósito de lograr un arraigo. Y, desde luego, la verdad, a fin de cuentas, es que la pobreza del país se mueve en el orden del cuarenta por ciento, con serios vaticinios de crecimiento y con imaginarias descomposiciones provocadas por los inminentes, indeseados y próximos desamparos. Las evidencias son contundentes: las limosnas, solicitadas ahora en montón, se piden familiarmente de esquina a esquina. Los fraudes sugeridos telefónica o digitalmente ocupan buenos espacios de la comunicación esperada o habitual. Sí, estimado lector, hay degradación en la actual manera de transitar el día.
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