Por motivos vacacionales pasamos familiarmente unos cuantos días en la ahora impresionante ciudad de Mazatlán. Ubicada sobre la costa del Océano Pacífico su zona urbana ha crecido a lo largo de 17 kilómetros de área costera con impresionantes edificaciones turísticas de excelsos diseños y extensas dimensiones. Sin diferir mucho del modelo de crecimiento de otras zonas metropolitanas nacionales su evolución citadina ha conservado un centro histórico digno y bullicioso, un espacio geográfico intermedio con modos apegados a la vida quieta del pasado reciente y una circundante y espaciosa área litoral que abunda en muestras de su ahora notable arquitectura.
Lo que bien podríamos considerar como un cartabón para las ciudades de la nuestra conspicua proximidad suelen permanecer indeleblemente en el ámbito de nuestras percepciones: Irapuato tiene un centro lindo, una zona intermedia que dista algo de ser bonita y una amplitud periférica abierta y moderna. Igual sucede con otros muchos centros de población aledaños. Es obvio que las necesidades de comerciar en los municipios van desde los lugares tradicionalmente visitados por las comunidades rurales cercanas, hasta los urgidos espacios por las clases medias o también las escogidas áreas de la élite, claro, aquella que adquiere sus mercancías bajo el rigor de las marcas en boga.
Entre las tres zonas de comercio dirimidas en el párrafo anterior, las ahora ya vetustas ciudades indígenas, las coloniales y hasta relativamente modernas que tienen un sello románticamente antiguo, se ve que no imaginaron el crecimiento individual, vehicular o situacional de los siglos que avisaban su llegada. A los centros de las ciudades, de no ser los recintos ocupados por las autoridades civiles y eclesiásticas, debemos que se conserven embellecidos. Las partes de la medianía urbana con sus muros desmoronados de adobe y sus costos, por heredad, estimativamente altos, se comercializan bajo la exigencia de inimaginables cifras monetarias que incluyen la obligada y conveniente demolición de lo antiguo y la inmediata ejecución de una nueva y costosa edificación. Y, allá, en lo orillero, lugar que fue de predios campesinos en tiempos aún recordables, con consideraciones estratégicas y audaces, se califica como predios de nuevos moradores, personajes distintivos y promisorios que ocupan solemnes espacios y bienestares jamás vistos.
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