Hasta ahora el desarrollo de la expresión oral, su registro y su lectura han llegado a ser tres herramientas fundamentales para lo que tiene de armónico el crecimiento de la especie humana.

Partiendo de que la inteligencia de las personas puede identificarse como la capacidad de entender, asimilar, elaborar información para resolver de buena forma el espacio vital, vale la pena aclarar que todo está ligado a funciones mentales de percepción y memoria que se tengan sobre la naturaleza o la información ya procesada de individuos pensantes.

En las proximidades al cierre del siglo que pasó, los japoneses pusieron en boga el arte de copiar el conocimiento de punta ya establecido para no tener que avanzar con tropiezos en las áreas de menor avance.

El éxito no tardó en aparecer: El continente asiático de ahora se mueve muy apegado a ese principio emulativo y, con diferentes pensamientos y numerosas manos pobres, reproduce exitosamente uno y mil satisfactores de primera, segunda o tercera necesidad.

El globo terráqueo necesita pues dejarse escarbar más y, la gente de vanguardia, por supuesto, no debe callar para hacer que este planeta camine sobre la ruta de lo deseado.

Vamos, todo tiene que seguir siendo una manifestación, un registro y una lectura, para si no se es un genio, poder de cualquier forma poder avanzar. Y bueno es anotar que, todo, tiene su orden y su gracia.

Y parece no equivocarse quien piense que la lectura es una fase fundamental del desarrollo planetario porque ese proceso es el gran multiplicador de los sucesos novedosos y creativos.

Es justo ahí donde se generan nuevos centros de innovación que llegan a convertir al vulgo en un interesante hacedor, elevando, en consecuencia, el nivel genérico de la especie.

Sí, se puede pensar que el hombre que lee, último eslabón, después de la secuencia de expresión y registro, multiplica las maneras de ir a más allá y tener la posibilidad de cambiar la faz de la tierra.

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