“Aprehendidos infraganti, mátenlos en caliente.”

Orden de Porfirio Díaz para eliminar una rebelión en su contra 

“Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario.”

Ernesto “Che” Guevara

Los dictadores piensan que tienen derecho a mandar matar a sus semejantes sin juicio previo, a quienes consideran sus enemigos. Sucedió en el siglo XIX cuando Porfirio Díaz envió un telegrama al general Luis Mier y Terán para eliminar a sus adversarios.

En pleno siglo XX, quien se convirtió en un ídolo de jóvenes rebeldes, Ernesto Che Guevara, mandaba fusilar y asesinar a quienes se habían opuesto a la Revolución cubana. Pensar diferente era motivo suficiente para que el Che sacara la pistola y asesinara.

Luego vendrían genocidios en países como Camboya, donde mataron a al menos 2 millones, y en Ruanda otro tanto, por conflictos tribales. La historia del poder absoluto conlleva, la mayoría de las veces, crímenes despiadados o genocidios. Vladimir Putin envenena a sus enemigos; Kim Jong Un, de Corea del Norte, cobra la vida de miles, entre ellos a familiares.

Lo que no se entiende es que, en el país más rico del mundo, donde se supone que la ley debe prevalecer y los derechos humanos se defienden por muchísimas organizaciones, haya fusilamientos en el mar abierto. Al avistar a cualquier presunto traficante de drogas, la Marina norteamericana lanza un cohete que aniquila sin piedad. Lo hace porque su Supremo Comandante da la orden. Luego lo exhiben como lo hacían hace dos siglos en el viejo oeste. Ahora se hace en redes sociales.

Es claro que, si quisieran, podrían detener a los presuntos narcotraficantes —ahora calificados de terroristas—, decomisarles las drogas y llevarlos a juicio. Ese sería el camino correcto y el resultado sería similar. Si no permitieran el paso de embarcaciones de narcos y los llevaran a las cárceles de Estados Unidos, también detendrían el flujo de drogas sin necesidad de convertir a sus marinos en asesinos.

En un film llamado “Ojos en el Cielo”, se describe cómo pilotos remotos operan drones a medio mundo de distancia para ejecutar a terroristas en África. Desde una oficina oculta en Nevada, miembros de fuerzas especiales destrozaban a líderes islámicos que, en ocasiones, iban acompañados de sus familiares. El resultado también es un enorme daño en la mente de quienes jalan el gatillo para asesinar por una orden superior. Quienes matan “en caliente” no salen sin daño.

Si los narcotraficantes son “terroristas” y hay que eliminarlos a balazos o con cohetes, ¿por qué no hacen lo mismo con los distribuidores grandes y pequeños de las calles de Nueva York, Los Ángeles y Chicago, por ejemplo? Imaginemos a la policía o a la Guardia Nacional fulminando a cuántos “dealers” descubran. El fundamento sería el mismo que usan para destrozar lanchas tripuladas.

Cuando difunden las explosiones, sentimos que toda la riqueza, las instituciones y los valores de Estados Unidos se hunden en la barbarie. Condenar a alguien a la muerte sin juicio previo en una sociedad desarrollada va en contra de todos los principios que predicó nuestro vecino durante décadas.

En México corremos el riesgo de que las rutas de los traficantes pasen por nuestros mares territoriales. Estados Unidos tiene derecho a reclamar el tránsito de lanchas rápidas que no son interceptadas por la Armada de México, pero no a disparar desde nuestro espacio aéreo. Eso provocaría un nuevo conflicto entre dos países que han mantenido una relación de respeto mutuo.

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