El sábado por la tarde, en el centro de la ciudad, era vivir en dos mundos distantes. Llegamos poco después de las 4 de la tarde para asistir a la marcha convocada por múltiples causas. Para algunos, era un reclamo de paz; para otros, era honrar la memoria de Carlos Manzo, el joven y valiente alcalde de Uruapan, asesinado a principios de mes. También había opositores a la 4T, la mayoría moderados y algunos radicales. Muchos llevaban el dolor de familiares desaparecidos; todos gritaban por un cambio.

En la calle 5 de Mayo había mucha gente que iba y venía entre las tiendas a la búsqueda de ofertas del “Buen Fin”. La Plaza de la Tecnología, la tienda “Del Sol” y otras estaban llenas; parecía que “estaban dando”, como se dice popularmente. En los pasajes, donde muchas mujeres se arreglan las uñas a la moda, todo parecía un día de fiesta normal, uno de los mejores del año para el comercio. La fila para tomar el autobús era larga y el tráfico avanzaba lentamente. Caminábamos con dificultad. Llegamos a la Plaza Principal, donde había nacido el cambio democrático, que había partido en 1991, y donde se albergaba la manifestación con un templete y tres tribunas provisionales. Habría unas 2 mil personas reunidas; muchas llevaban sombrero, que hoy representa la memoria de Manzo; otras con pancartas alusivas a la 4T o a la presidenta Claudia Sheinbaum.

Era clara la diferencia entre los visitantes del lugar. En la manifestación predominaba la clase media; en los comercios y los servicios, quienes habían llegado en autobús, totalmente ajenos a los discursos y consignas frente al Palacio Municipal. Eran familias completas con miembros de todas las edades. Cada grupo iba preocupado y ocupado en asuntos distintos. Si quienes poblaban la plaza con fines de paseo o de compras compartieran las inquietudes de la minoría en la manifestación, el espacio seguro no habría sido suficiente.

Algo similar sucedió en muchas ciudades del país: millones de personas salieron a la calle de compras, pero solo una minoría lo hizo por motivos políticos. Sin embargo, el domingo y seguramente hoy, la conversación en los medios y en las redes se centra en lo sucedido en el Zócalo de la CDMX, justo donde amurallaron el Palacio Nacional, donde estalló una confrontación entre radicales y “granaderos” y surgió el profundo desencuentro entre una parte de la sociedad y el gobierno.

Desde el oficialismo dijeron que al Zócalo llegaron solamente 17 mil personas; desde la oposición y los representantes de la Generación Z, la historia no fue de números, sino de entusiasmo por la lucha libertaria. Quienes caminaron desde Reforma hasta el Palacio Nacional lo hicieron en paz. Llegaron los radicales a provocar con violencia y la gendarmería respondió igual o peor. Mucho se hablará de lo que quedó registrado en múltiples grabaciones de video. Los voceros del gobierno, los bots replicantes, quisieron desestimar la manifestación porque no era precisamente de jóvenes de la Generación Z, esos que van de la pubertad a los 28 años.

Para quienes vivimos la conquista democrática del pasado, la manifestación es de mayor importancia, porque el país no es ni puede convertirse en un bloque de dogmas de izquierda o derecha, sino en un mosaico variopinto de ideas y creencias. Podemos retroceder temporalmente, pero sabemos que nuestro destino siempre será una democracia en la que todos podamos caber.

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