Con el poder, Morena se acerca al alineamiento total con las llamadas “fuerzas vivas” del país. Las cúpulas empresariales se reúnen con la presidenta para prometer inversiones; el SNTE, el sindicato de maestros, el más grande de México, apoya a Morena; los petroleros también, y los sindicatos de la gran burocracia saben dónde ubicarse.

Si Morena es el nuevo PRI, podríamos decir que los mexicanos preferimos en el gobierno a partidos hegemónicos y dominantes; esto quiere decir que la idea del tlatoani, o jefe máximo, permanece a lo largo del tiempo. Nuestros ancestros lo heredaron de los emperadores aztecas y de los reyes de España.

El fenómeno también ocurre en otros partidos en los que el alineamiento con el líder se da por descontado. En Guanajuato nadie cuestiona el liderazgo de la gobernadora sobre el PAN. El presidente del partido fue nominado por el exgobernador Diego Sinhue Rodríguez y el poder fue heredado a Libia García. Los líderes de la mayoría jamás tuvieron voz propia e independiente; aceptaron todo lo que proponía el gobernante. Sucede hoy con Jorge Espadas, quien no toma una decisión importante sin consultar a la gobernadora. Lo hace porque quiere ser alcalde de León y, de nuevo, la designación del próximo candidato a la presidencia de León será decidida desde la Presa de la Olla. Así que ni chistar.

Si volteamos al Partido Verde, por ejemplo, sabemos que es una rémora de quien ocupa el poder, que su destino depende de la familia González y que se administra como un negocio, siempre a la venta. Movimiento Ciudadano es patrimonio de Dante Delgado, quien, aún convaleciente, delega en Jorge Álvarez Maynez su poder. El PT, o Partido del Trabajo, también es un negocio familiar. Su dirigente permanente, Alberto Anaya , goza siempre de la cercanía de la presidencia, independientemente del partido que gobierne. Lo usaron como medio plurinominal para personajes como Manuel Bartlett o Gerardo Fernández Noroña.

Alguien decía que “todos somos el PRI”, en referencia a la proclive tendencia de los mexicanos a obedecer a los poderosos. Se necesitan expertos sociólogos para determinar si esto es así, pero con la pura observación, sabemos que la democracia en nuestras instituciones es la excepción.

Sin embargo, no todo tiene que ser así siempre. Los cambios en las comunicaciones impiden que un partido se adueñe de la narrativa o que exista una “verdad oficial” inmutable. En ocasiones, vemos que la presidenta acusa a particulares de invertir grandes sumas de dinero en las redes sociales para oponerse a su gobierno. Debe tener información sensible, pero no hay forma de detenerlo. El PRI controlaba la venta de papel periódico y las concesiones de radio y televisión; Morena no puede hacerlo porque no hay forma de censurar los contenidos de YouTube, Instagram, Tiktok o X. También observamos una gran libertad en la programación de radiodifusión como Radio Fórmula, Aristegui Noticias y muchos otros medios independientes; qué decir del enemigo público número uno para el régimen: TV Azteca y los medios de Ricardo Salinas Pliego.

En eso sí hemos cambiado mucho. El poder total del PRI sobre la narrativa política la rompió Vicente Fox en el 2000 porque finalmente habíamos logrado la libertad de prensa, la libertad de informar sin riesgos. El futuro depende de que las nuevas generaciones no quieran ser el PRI y adopten la democracia como una política superior.

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