Que haya una guerra prolongada en Medio Oriente implica para México riesgos extraordinarios para la economía. Al subir los precios del petróleo, el gobierno tiene dos alternativas: bajar el IEPS de la gasolina y del diésel para estabilizar sus precios o dejar que sus precios suban. La inflación aún no está donde la desea el Banco de México, cuya función principal es mantenerla baja. 

En estos días se esperaba una baja en la tasa de interés, pero la guerra puede retrasar la decisión. Eso significa detener el crecimiento del país. Estados Unidos y sus aliados del Medio Oriente, como los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Arabia Saudí, no pueden esperar mucho. Tienen sus cielos cerrados, sus ventas de gas y petróleo atoradas por el riesgo en el estrecho de Ormuz. 

En Dubái, el aeropuerto con mayor tráfico del mundo, se suspendieron los vuelos. Emirates, la línea con la mayor cantidad de aviones de doble ancho, sufrirá pérdidas en el año. Lo mismo pasará con la línea Etihad, de Abu Dabi, y con Qatar Airways, de Qatar. También será un trastorno para Arabia Saudita. Por eso el presidente Donald Trump anuncia el refuerzo con más armamento y tropas.

Irán no tiene una sola posibilidad de ganar la guerra; lo que importa es cuánto tarde su rendición o un acuerdo favorable para Israel y Estados Unidos. Los países ricos de Medio Oriente, como Kuwait, Qatar, EAU y Arabia, tienen ejércitos que entrarán en acción como lo hizo Qatar, tumbando dos bombarderos iraníes. Al pelearse con todos, las posibilidades de Irán de sostener una lucha prolongada también son mínimas. El problema para el resto del mundo es el tiempo. Entre más dure la guerra, mayor será la inflación en todo el mundo debido al alza de los precios del petróleo. Lo peor, mayores serán las muertes. 

En otra época, cuando México era exportador neto de energía, la guerra entre Irak e Irán llevó a José López Portillo a decir la mayor sandez: “Hay que administrar la abundancia”. Esa frase se quedó grabada en nuestra generación. Quien juró defender el peso como “un perro” terminó su sexenio en la mayor desgracia económica desde la Revolución. Hoy, el país importa más energía de la que produce; dependemos del gas y de la gasolina de Texas. Por eso es mejor que nuestros diplomáticos se mantengan calladitos, sin decir “esta boca es mía”. Sabemos que la ONU no para guerras; sabemos que Trump es contradictorio y volátil. Ahora sí, lo que nos sale mejor es la Doctrina Estrada. No meternos en otros conflictos. Podemos decir que las guerras no son buenas, que dañan a todos, pero jamás tomar partido, y menos aún de una dictadura asesina como la de Irán. 

Tres de cada cuatro norteamericanos están en contra de la guerra. Si Trump no logra resolver pronto el problema, es probable que pierda las elecciones de noviembre. A la fecha, unos 10 soldados norteamericanos han muerto, pero, como dijo el propio Trump, serán más. Eso es veneno puro para su popularidad. 

Si los ayatolás entran en razón y ven que no pueden triunfar, que pueden perder el poder ante una población cansada de sus guerras, sin dinero y sin abastos, podemos esperar un acuerdo pronto en Ginebra. Algo que conviene a todo el mundo. La paz es inteligente; la guerra es estúpida. 

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