De Usbek a Redi. “Solo dos especies de guerra hay justas; una que se hace por repeler a un enemigo que acomete, y otra por socorrer a un aliado acometido. No fuera justo hacer la guerra por insultos peculiares del príncipe, a menos que fuese tan grave el caso que mereciese la muerte del príncipe o del pueblo que le ha acometido. De suerte que no es lícito a un príncipe de declarar la guerra porque le han negado una prerrogativa que se le debe o porque han tratado con poco decoro a sus embajadores, o por otras causas semejantes”.

Esta afirmación se halla en la XCV Carta persiana de Montesquieu -en la traducción al español de J. Marchena de 1818-, supuestamente firmada el 4 de la luna de Zilhagé de 1716: es decir, más o menos a principios de marzo de aquel año, hace justo 310. En esta novela epistolar, Uzbek, un persa que ha viajado a París junto con su amigo Rica, describe con agudeza las contradicciones de la sociedad francesa de la época, al tiempo que él mismo exhibe las suyas: aunque se pretende moderno e ilustrado, en su Isfahán natal tiene un serrallo que gobierna con mano de hierro y pronto las mujeres se rebelarán en su contra. El resultado será el suicidio de Roxana, su favorita.

Es claro que, hoy, el régimen iraní, heredero directo del persa, no acometió acción alguna contra Estados Unidos ni sus aliados: la guerra desatada por Trump y Netanyahu no podría ser, en estos términos, sino calificada como injusta. Aun así, no deja de asombrar que Montesquieu ya distinguiera, tres siglos atrás, la doble cara de las élites de la región: una y otra vez la brutal República Islámica ha aplastado con mano de hierro a cualquiera que se oponga a sus dictados, y con especial saña a las mujeres. Miles de Roxanas han sido detenidas y asesinadas desde entonces.

¿Qué posición adoptar frente a una guerra claramente injusta, pero cuyo objetivo declarado es acabar con la tiranía de los ayatolás, que tanto daño les ha hecho a sus ciudadanos y a toda la región? ¿Es posible sentir satisfacción ante la muerte de Jamenei y a la vez repulsión por la manera como fue asesinado? ¿Condenar los bombardeos -que, como de costumbre, ya han provocado “bajas colaterales”, el eufemismo para hablar de civiles inocentes, incluidos en este caso justamente algunas de esas niñas y mujeres que se dice querer salvar- y ansiar que permitan que el propio pueblo iraní deponga a sus injustos gobernantes?

La idea de Montesquieu, al valerse de unos observadores extranjeros, era permitir un desplazamiento de la mirada, como si solo pudiéramos saber quiénes somos nosotros mismos a partir de los juicios ajenos. En este ejercicio, los persas que analizan las costumbres francesas permiten un distanciamiento -y, por supuesto, una burla- de los otros, revelando asimismo sus propios puntos ciegos. Quizás esto es lo que deberíamos emprender ahora: observar el autoritarismo de Estados Unidos desde la óptica de los iraníes -sobre todo de aquellos que se resisten a vivir en una teocracia y están dispuestos a rebelarse contra ella a un precio muy alto-, pero que tampoco querrían ver su patria bombardeada por unos enemigos que no tienen la menor intención de mirarlos de frente.

En contra de todas sus promesas, Trump ha vuelto a meter a su país en una guerra asiática cuyo desenlace nadie es capaz de predecir. Tras su vertiginoso triunfo en Venezuela, ha hecho lo que tantos demagogos antes que él -como Hitler, quien creyó que la invasión de la Unión Soviética iba a ser tan sencilla como la de Polonia o Francia-: lanzarse en un laberinto debido a su hybris. Pero los líderes religiosos iraníes en nada se parecen a los corruptos maduristas y a Trump no le resultará tan fácil intimidarlos o comprarlos. Por el contrario: llevan décadas preparándose para una guerra definitiva contra Occidente, que es justo esta.

Tal vez nos hallamos, paradójicamente, ante un punto de inflexión cuyas secuelas podrían ser levemente esperanzadoras. El mejor escenario imaginable consistiría en el derrumbe de la Revolución islámica, pero también en el desgaste simultáneo de los dos déspotas que, en aras solo de salvarse a sí mismos, han provocado este nuevo desastre: Trump y Netanyahu.

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