“Al gusano que royó primero las frías carnes de mi cadáver dedico con recuerdo añorante estas Memorias póstumas” con esta curiosa dedicatoria, y completamente inusual si pensamos que se trata de un texto del siglo XIX, comienza esta novela de ruptura. A partir de ese momento, Machado de Assis no es el novelista que trabaja dentro de moldes más convencionales de su época, sino quien ensaya una voz irónica, digresiva, fragmentaria y descaradamente autoconsciente.
Como muchas grandes novelas de su época, Blas Cubas comenzó a publicarse como folletín en la Revista Brasileira, un periódico literario e intelectual bajo la tutela de Nicolau Midosi, de gran prestigio en la Corte del emperador Pedro II. Por entonces, hablamos de marzo de 1880, Machado era un alto funcionario de la Secretaría de Agricultura; y había pasado a desempeñarse como oficial de gabinete del ministro.
Al año siguiente, los 160 capítulos que la conforman, en su mayoría muy breves, fueron revisados e impresos como libro en Río de Janeiro por la Typographia Nacional. La acogida inicial en Brasil no constituyó un éxito fácil o inmediatamente unánime. El propio Machado, en el prólogo de una edición posterior, dice con discreta ironía que la obra “parece” haber hallado “alguna benevolencia” en el público. Su audacia formal había descolocado tanto al público como a la crítica de su época. El reconocimiento llegaría en los años posteriores en el ámbito lusófono y ya bien entrado el siglo XX en los de lengua francesa e inglesa.
Una prueba de esta irreverencia y juego exquisito que recorre los breves capítulos Blas Cubas se plasman en estos dos fragmentos (uno de ellos es un capítulo completo) que ojalá sirvan de convite a su lectura:
“Vea el lector la comparación que mejor le cuadre, vea y no se quede ahí torciéndome la nariz, sólo porque todavía no llegamos a la parte narrativa de estas memorias. Ya llegaremos. Creo que prefiere la anécdota a la reflexión, como los demás lectores, cofrades suyos, y me parece que hace muy bien. Pues ya llegaremos a eso. Sin embargo, importa decir que este libro está escrito con pachorra, con la pachorra de un hombre aliviado ya de la brevedad del siglo, obra eminentemente filosófica, de una filosofía desigual, ahora austera, luego juguetona, cosa que no edifica ni destruye, no inflama ni congela, y que es sin embargo más que el pasatiempo y menos que el apostolado.”
XVI Una reflexión inmoral
Se me ocurre una reflexión inmoral, que es al mismo tiempo una corrección de estilo. Creo haber dicho, en el capítulo XIV, que Marcela moría de amores por Javier. No moría, vivía. Vivir no es lo mismo que morir; así lo aseguran todos los joyeros de este mundo, gente muy al tanto de la gramática. Buenos joyeros, ¿qué sería del amor si no fuera por vuestros dijes y vuestras ventas a crédito? Una tercera o quinta parte del universal comercio de los corazones. Ésta es la reflexión inmoral que pretendía hacer, la cual es todavía más oscura que inmoral, porque no se entiende bien lo que quiero decir. Lo que quiero decir es que la frente más hermosa del mundo no es menos hermosa si la ciñe una diadema de piedras preciosas; ni menos hermosa, ni menos amada. Marcela, por ejemplo, que era muy bonita, Marcela me amó…
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