Gente querida: pocas veces escribo encanijado e impotente ante las realidades del poder y de la condición humana. Desde hace 10 años me enamoré del proyecto de restaurar el Parque Chapalita porque está inmerso en una zona urbana popular y conflictiva y, además, porque es la última reserva natural que tiene la ciudad en el centro de la zona urbana. La historia la conoce esta columna, porque he dado cuenta de los avances y retrocesos, desde los recursos federales que conseguimos la ciudadanía con SEDESOL del año 2017 con el apoyo de Pilar Ortega, pasando por las obras de control de erosión y reforestación, los eventos culturales y deportivos, la conservación de la fauna, la recuperación de los niveles del lago, hasta el plan maestro construido con participación ciudadana en el 2021.
Con la visita de Ale Gutiérrez el primer fin de semana de su gobierno y su anuncio de que sería el primer parque gratuito y la posterior inversión en el año 2023, comenzó a traducirse en un hermoso espacio que tenemos ahora y que es un punto de encuentro de la comunidad. Formamos una asociación civil con representantes de colonos y con participación de las instituciones educativas circundantes al parque, para ampliar la participación social y hacer “tejido social”. La gente comenzó a regresar; antes eran años en que daba miedo entrar al parque. Vandalizado por años en instalaciones y equipamiento, se registraban siempre robos. Digamos, que en ese lugar “todo se perdía”. Pero la gente comenzó a tener un uso amplio al saber que la reforestación cambió el ecosistema; la flora y la fauna se reprodujeron; la naturaleza hizo su maravillosa parte y ahora se disfrutan los microclimas. Los trabajadores municipales de la COMUDE se entusiasmaron cada vez más y las jornadas de reforestación comenzaron a atraer a cientos de voluntarios.
Pero el parque tiene todavía tres problemas estructurales grandes: el primero, es que ha tenido dos intentos fallidos de contar con una planta de tratamiento (de lo cual en otro artículo daré cuenta). El segundo, que el lago se ha secado y el tercero, que en dos áreas importantes que aportan agua de venero, los particulares han aprovechado que las autoridades municipales no tienen el coraje para defender la propiedad comunal y a eso me refiero ahora. Perdieron en un litigio de años, un predio sobre la Campeche y de donde brota un venero, el más importante y que por décadas tira agua de manantial al drenaje como muchas generaciones lo han visto. Y digo que lo perdieron sin pudor, pues cuando hay abogados y notarios coludidos, aparecen escrituras para hacerse de lo ajeno y más cuando no se recurre a la ley nacional de aguas, que establece la posesión federal sobre veneros.
Pero el que es más escandaloso, es el despojo, la invasión con escombro, que un particular hace desde hace dos décadas, del predio sur del parque. Esta enorme montaña hecha con residuos de construcción, es un monumento a la impunidad y a la inacción de la autoridad municipal. Junto con el área de control patrimonial del municipio, encontramos las escrituras de los predios que formaron el parque Chapalita hace décadas. La posesión del predio, la tiene el municipio desde hace 50 años y es ahora administrada por la COMUDE y ahora, defendida por los comités ciudadanos que formamos la asociación civil. Por eso, hace 5 años pusimos una denuncia ante la PAOT por arrojo de residuos y esto detuvo temporalmente el arrojo de escombro. Sin embargo, a mediados de este mes, y dado que SAPAL realiza obras sobre la calle Chiapas Norte, se le hizo fácil al contratista que introduce tubería, arrojar todo el escombro con el permiso del particular del predio y volver a cometer este ilícito. Las rejas municipales se rompieron desde hace años; los árboles murieron y el venero que por décadas infiltraba su agua hacia el lago, murió.
Qué tristeza la condición humana del particular que invade el predio municipal. Nosotros seguiremos exigiendo que la autoridad municipal, pase de la inspección -que amablemente hizo al enviar un oficio al dueño del predio-, a la acción, para defender la propiedad colectiva, por más poderoso que sea el dueño. Si como sociedad no actuamos en casos como estos, nuestra descendencia seguirá perdiendo ecosistemas y seguiremos presenciando hechos como éste, que son monumentos al egoísmo ciudadano y a la inacción del municipio, provocando que el lago, espacio de convivencia ciudadana, se seque.