“Estaba en el escenario de la ceremonia del Premio Nobel y me preguntaba si no habría cambiado esto por dinero. Si me ofrecieran 10 mil millones de dólares por el Nobel, diría que no”.
Demis Hassabis
Al terminar de leer la biografía de Demis Hassabis, titulada La máquina infinita: Demis Hassabis, DeepMind y la búsqueda de la superinteligencia, del periodista Sebastian Mallaby, puedo apuntar pinceladas de su pensamiento. La historia converge en dos caminos: la historia personal de Hassabis y su lucha por cambiar el mundo a través de la IA, y la carrera enloquecida, la competencia sin precedentes entre las empresas de alta tecnología.
En 2015, Google compró la empresa DeepMind, que Hassabis y otros genios habían fundado en Londres, para conquistar el campo de la IA. Pagaron 500 millones de dólares. El científico y sus socios obtenían no solo el pago, sino también el apoyo del gigante informático para realizar investigación sin presión económica. Durante algunos años, el éxito del aprendizaje reforzado, RL, dio frutos con el dominio del mundo de todos los juegos, desde el GO hasta StarCraft, uno de los videojuegos más complejos, hasta llegar a la descripción del doblez de todas las 200 millones de proteínas conocidas. Eso les valió el Premio Nobel a Hassabis y a su compañero de investigación, John Jumper.
Al tiempo, Google se vio rebasada por la llegada de OpenAI, creadora de ChatGPT. Sus científicos de datos y de IA no podían competir con GPT, a pesar de su tamaño y sus recursos económicos. Tuvieron que recurrir a DeepMind para unir toda su fuerza de investigación y desarrollo en IA bajo el mando de Hassabis, quien hoy coordina los proyectos de IA de Alphabet, la empresa matriz de Google. De ahí surgen Gemini, Nano Banana y, seguro, un caudal de nuevos productos.
Albert Einstein, Marie Curie, Max Planck, Richard Feynman y otros ganadores del Nobel vivieron en la clase media, sostenidos por universidades o instituciones de investigación gubernamentales. Jamás acumularon fortunas, ni era su motivación hacerse ricos. La plenitud de vida les llegaba a través de jornadas de investigación, de descubrimiento. Curie falleció por la radioactividad. Ser científico, hasta hoy, significaba trabajar con discreción en laboratorios que nadie conocía y en asuntos tan oscuros como la edición genética o la física cuántica.
La IA reúne a una constelación de genios que todas las semanas sacan un modelo nuevo y más poderoso: Sam Altman, Dario Amodei, Mustafa Suleyman, Ray Kurzweil, David Silver, entre otros, serán recordados como los fundadores de una nueva ciencia: la de la “superinteligencia”.
Nuestra época está marcada por la valoración extrema del talento científico. A John Ive, exdiseñador de Apple, responsable de la genial simplicidad del iPod, iPhone e iPad, Meta le compró su empresa (su talento personal) por 6,5 mil millones de dólares. En 2026, las cuatro grandes, Amazon, Alphabet, Microsoft y Meta, invertirán unos 650 mil millones (billions) de dólares en investigación, desarrollo y nuevos productos. Falta considerar a Apple, Samsung y a los chinos, cuyas inversiones son más difíciles de aclarar.
La carrera por la IA genera una guerra por el talento, en la que genios como los mencionados pueden cambiar el destino de una empresa valorada en 4 millones de millones de dólares, como Alphabet. También pueden cambiar el destino de países enteros o del mundo, como lo ha hecho Elon Musk, el genio más rico, quien ganará un millón de millones de dólares con Tesla en los próximos diez años. La contratación más alta de la historia.
La superinteligencia está a la vuelta de la esquina.