Haga memoria, estimado lector. “El riesgo es muy bajo”, “No hay motivo de alarma”, “Son eventos raros”. Esas frases, socorridas por los burócratas sanitarios, son el reflejo de creer que la epidemiología consiste en administrar percepciones mientras la realidad de la biología hace lo que le viene en gana.

Luego, de pronto, apareció “el primer caso”. Un enunciado pequeñito, que encierra una realidad profundamente humillante. Pues el “primer caso” no significa que algo comenzó, es algo peor, pues evidencia que el sistema perdió la capacidad de seguir fingiendo que no estaba ocurriendo.

Al hablar sobre el primer caso humano de gusano barrenador en la Ciudad de México, no hablamos únicamente de una anécdota clínica. Es, de nuevo, una humillación epidemiológica, institucional y moral. Es el recordatorio brutal de que la realidad alcanza siempre a los sistemas de salud que se construyen sobre simulación, fragmentación, incompetencia y negligencia estructural. Durante décadas se repitió que el gusano barrenador era un problema del rancho, tropical, de carácter veterinario y, sobre todo, “erradicado”. Esa palabra que a las instituciones mexicanas les encanta porque produce una sensación de victoria permanente. Erradicado se traduce a “archivado”, “resuelto” o “terminado”. Como si la biología respetara los comunicados gubernamentales.

Pero, de nuevo: la biología no vota, no es militante de ningún partido y no hace caso de las directrices del gobierno. Y es ahí donde el problema escapó del ámbito rural, encontrando nichos urbanos, atravesando reservorios animales, para terminar alcanzando a seres humanos en una de las ciudades más grandes del planeta. Y, aun así, la cantaleta es la misma: “el riesgo es bajo”. Pues sí, también era “bajo” el riesgo de la expansión de enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue, Chagas o rickettsiosis. También eran “casos aislados” aquellos que daban las primeras señales de resistencia antimicrobiana y también se minimizó durante años la vigilancia epidemiológica, la destrucción de las capacidades diagnósticas y la precarización del sistema de salud mexicano.

Lamentablemente, la realidad dejó de pedir permiso e hizo evidente una verdad incómoda: México tiene una capacidad extraordinaria de ignorar lo relevante. Y esto no es por accidente o mera ignorancia. No. Es porque el sistema aprendió que políticamente es más rentable administrar narrativas, que resolver problemas. Es ahí donde la “anomalía” se ha normalizado: el hospital saturado, el laboratorio rebasado, el brote inexplicable, el desabasto, la muerte evitable o la improvisación permanente.

Cuando estamos frente a un entorno así, lo peligroso no es, como hemos comentado, la aparición de nuevos fenómenos epidemiológicos. Lo aterrador, así, con este adjetivo, es ese deterioro progresivo de la capacidad colectiva para reconocer su importancia. 

De nuevo, aparece esa frase de “la inocurrencia de lo improbable”. Ese estado mental profundamente mediocre, donde algo se considera tan “imposible de ocurrir”, que las instituciones lo toman a rajatabla. Pero, cuando ocurre, se reacciona con sorpresa casi teatral, reclamándole a la realidad y preguntándose siempre “¿Cómo diablos pasó?”. Muchos ya entendimos que el clima, los reservorios biológicos, la movilidad, las ciudades y las interacciones humano – animales cambiaron. Reconocemos que los sistemas de salud cambiaron. Desafortunadamente, algo que no cambia es la arrogancia burocrática en salud y siguen sin ver que “no entienden, que no entienden”.

Ese primer caso de gusano barrenador, tiene una enorme fuerza simbólica, pues marca el instante en que la realidad destruye la narrativa oficial de estabilidad. Representa el momento en que el fenómeno alcanzó tal magnitud como para hacerse visible incluso en un sistema acostumbrado a minimizar y retrasar acciones, mientras normaliza el deterioro.

Aquí aparece lo más inquietante: si un sistema sanitario tan acostumbrado a ignorar señales ha logrado ver este evento, probablemente signifique que el fenómeno llevaba tiempo creciendo debajo de la superficie. Pues el “primer caso” visible rara vez es el primero que ocurrió, sino que es el primero que ya no pudo permanecer escondido dentro del ruido. 

Esa es la tragedia del sistema de salud mexicano, que va más allá de su fragilidad técnica, y es esa maldita costumbre institucional de esperar a que la realidad se vuelva imposible de negar, antes de reaccionar. Siempre vamos tarde, siempre vamos rebasados y siempre vamos “sorprendidos” por problemas que llevaban años anunciándose solos. Una tragedia. Así de simple.

Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

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