Hace 10 años publiqué esta reflexión sobre el desbalance demográfico entre hombres y mujeres en nuestro querido país. Esas líneas surgieron, por observar cada vez más cotorros en esta ciudad de León. Sí, por ver a esas Psitácidas (nombre científico, no apodo), familia de aves llamadas comúnmente loros o papagayos, que incluyen a los guacamayos, las cotorras y los periquitos, que poseen una gran capacidad craneal, siendo uno de los grupos de aves más inteligentes y capaces de imitar la voz humana y otros sonidos. 

Aquí en el centro de la ciudad, en el parque Chapalita, se refugian muchos, que por las tardes buscan refugio para descansar. Solo que cuando hay desequilibrios en el crecimiento de aves (hay pocos depredadores y ellos tienen alimento), en algunas partes de México el loro monje, por ejemplo, son consideradas como plaga, pues cuando se reproducen, compiten con aves endémicas de la región, a las que disputan espacio y alimento, por lo que estas últimas van muriendo y se va perdiendo la especie.

Pero también llamamos en México “cotorro” o “cotorra” a quienes decidieron no casarse o simplemente no pudieron lograrlo. Esto me llamó la atención hace años, pues solo en el padrón electoral, los guanajuatenses al igual que el resto del País, tenemos un listado de electores donde hay más mujeres que hombres. Es decir, casi 3 %, que son 3 millones en todo el País y casi 200 mil “guanajuatensas” más que guanajuatenses. Durante los primeros años de vida (de 0 a 19 años), nacen y viven ligeramente más varones; sin embargo, a partir de los 20 años, la tendencia se invierte y las mujeres se vuelven mayoría. 

Veamos el contexto: en nuestro hermoso País, los jóvenes postergan cada vez más casarse; si la generación de un padre de familia de quien es hoy universitario, se casaba en promedio entre los veinte y veinticinco años, ahora lo hacen los jóvenes entre los treinta y treinta y cinco, es decir, los jóvenes a mayor escolaridad, deciden postergar o de plano rehuir, el casarse. Por razones como las económicas, la libertad, la crisis misma del matrimonio, pero nomás no los convencemos de entrarle al estilo de vida que es el matrimonio. 

Entonces, si no todos se casan, ¿hay más “cotorras” que “cotorros”? Sí, desde hace 40 años se empezó a notar un ligero incremento en la cantidad de mujeres respecto a los hombres de acuerdo al INEGI. He preguntado las causas a demógrafos y a médicos y las únicas pistas que tengo, es que la raza humana desarrolló más a la mujer para resistir el parto y los primeros años de vida y que el hombre está expuesto en la edad productiva a más riesgos de trabajo y de estrés. La esperanza de vida es de 73 para el hombre y 78 para la mujer guanajuatense.  En resumen, es que los datos duros de la demografía nos reflejan la realidad de la “feminización” de nuestra vida diaria.

Pero me refiero a la que es crítica: los cotorros, son originarios de sudamérica, llegaron a México hace años como mascotas, y tras escapar o ser liberados, formaron colonias reproductivas; están acabando con la fauna nativa de León, comprometiendo especialmente al zanate, al invadir sus nidos y convertirlos en espacios comunitarios; su reproducción ya es desmedida: Tienen una alta tasa de reproducción (pueden poner de 1 a 13 huevos por postura), lo que facilita su rápida propagación por toda la ciudad. 

Causan daños a infraestructura, pues en postes de luz y transformadores, provocan cortocircuitos e incendios; hay riesgo sanitario pues transmiten enfermedades tanto a otras aves silvestres como a los seres humanos, como la psitacosis. 

La recomendación es no comprar estas aves como mascotas ni liberarlas, ya que su presencia masiva desequilibra el ecosistema local. Con 10 años de trabajar en la rehabilitación del parque Chapalita y su tejido social, iniciamos actividades de observación de aves y enriquecidos por los puntos de vista de especialistas con las primeras actividades de observación, me hacían ver el crecimiento del nido enorme de cotorros australianos y que son realmente una plaga y esto nos llevará a buscar disuadirlas para que vayan hacia otros hábitats pues crecen en detrimento de las especies mexicanas. 

Así, que esto que comenzó siendo una anécdota sobre el crecimiento de la población de las Psitácidas en la ciudad, terminó, amigos, siendo una estadística sobre la decisión cada vez mayor de los jóvenes de quedarse, como decían las abuelitas, como “cotorras” y “cotorros”.

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