“¡Termine el trabajo, Presidente!”
Nikki Haley a Trump.
Después, sí, lo podemos hacer después. Podemos procrastinar frente a los retos que enfrenta el país, que ahora estará anestesiado durante el Mundial. Los pendientes crecen. Encabeza la lista la relación con Estados Unidos, principalmente debido a la exigencia de enviar a políticos mexicanos a las cortes norteamericanas para ser juzgados por sus presuntos nexos con el narcotráfico.
El segundo pendiente es la política interna. No vemos, dentro del gabinete de la presidenta Claudia Sheinbaum, a los operadores políticos con la inteligencia o el carácter necesarios para frenar o enfrentar a la CNTE y para reconciliar al gobierno con muchos grupos que demandan ser escuchados.
El tercer asunto, que Palacio no toma en cuenta, es la relación con los medios de comunicación, a quienes califican de miembros de la “ultraderecha” y de asociados con países extranjeros para debilitar a la 4T. Recorremos las opiniones de editorialistas en prensa, radio, televisión y redes sociales; encontramos una gran oposición a las políticas públicas del gobierno. Nadie apoya a Rubén Rocha Moya y a sus compañeros extraditables; los rumores sobre listas cada vez más extensas de prospectos en la mira de los juzgados de diferentes estados de la Unión Americana se multiplican todos los días.
El clima nunca había sido tan hostil para la presidencia por parte de medios como TV Azteca o Radio Fórmula; qué decir de nuevos canales digitales como Latinus o Atypical TV. Periodistas de prestigio como Anabel Hernández aportan datos creíbles. Investigadores como Ramón Alberto Garza y Raúl Olmos publican el santo y seña de todo el huachicol fiscal, el fraude más grande de la historia.
Pareciera que hay una conspiración, un ataque orquestado contra el oficialismo. La realidad no es así. Con un poco de autocrítica, sus asesores podrían aconsejar a la presidenta Sheinbaum que cambie de rumbo, que acepte que el país es plural y que la disidencia ideológica no implica conspiración. La ventana de oportunidad se acorta. Donald Trump está metido en una guerra que, según las informaciones de ayer, se agudizará, enturbiando más el Medio Oriente. Tarde o temprano esa guerra terminará y la idea del vecino es seguir con México mediante incursiones terrestres en contra de los cárteles o de los narcopolíticos.
El tanque de gasolina de la 4T se acaba porque no hay más dinero para extender programas sociales, porque el país no crece y la transformación prometida no tiene pies ni cabeza.
Llama la atención una declaración de Nikki Haley a Bloomberg, la exembajadora de Estados Unidos ante la ONU, recomienda a Trump, que “acabe el trabajo”, que derrote de una buena vez a Irán. Con una inflación del 4 % y el desasosiego de una guerra que se prolonga, en la que cada día que pasa es una ventaja para Irán, no dudamos de que Trump quiera acelerar el paso.
Ese mismo consejo pueden darlo los políticos republicanos, quienes ven en el horizonte una derrota segura en las elecciones de noviembre. En agosto, a más tardar, puede llegar la respuesta “fúrica” de Trump contra México. El problema no es económico sino político. La prisa de Nikki Haley tiene que ver con el desastre de los republicanos si no suman puntos con su política exterior.
Como en todos los problemas de la vida, la mayoría de las veces, al procrastinar, aumentamos el tamaño del problema. No percibimos un sentido de urgencia en el gabinete. Están tomando tiempo prestado.