León.- Nada mejor que escribir 75 años de historia con los gritos eufóricos de un gol.

Esta Fiera, que hoy festeja siete y media décadas de vida, está hecha de grandes emociones delineadas por la alegría de las victorias, el llanto de los tropiezos y el orgasmo de los títulos que la ponen entre los clubes más significativos del país.

Inmersos en esta estirpe felina, clavados están en la mente de millones aquellos segundos de éxtasis que cimbraron el alma esmeralda con dianas que supieron a campeonato, a gloria. Sobre todo, en las generaciones que vivimos las últimas tres coronas conquistadas por el León, porque detrás de estas hubo años de sinsabores.

Como aquel balón que fue filtrado al área y que en su viaje llevaba consigo minutos de angustia y nerviosismo en la final contra el Puebla, hace 27 años. Una guerra fría era lo que describía aquel duelo entre fieras y camoteros, hasta que Pablo Larios salió en falso y el destino, providencial es cierto, puso a Carlos Turrubiates en el lugar preciso y el momento oportuno para rematar a gol.

El León campeón de 1992.
El León campeón de 1992.

La locura. El estadio estalló como olla de presión mientras “Turru” corría hacia la banda gritando el gol a todo pulmón. De las gradas emergieron las banderas que por la tensión del juego habían estado discretas. Un esplendor esmeralda.

Después vino el tiro de Tita al área, desviado por los zagueros poblanos. Gol y título. Inolvidable la imagen de Paco Uribe y otros esmeraldas cobijándose con la red de la portería celebrando el fin de 36 años de sequía y nubarrones.

Fue un gol que se extendió hacia las calles de nuestra ciudad, aficionados corriendo, autos que avanzaban a vuelta de rueda y que no podían acelerar si no tenían pintada la leyenda “Vuce para presidente”.

Esas imágenes siguieron vivas por 21 años. Los héroes quedan presentes hasta que otros toman su lugar en la vigencia del aficionado.

Existe un ADN especial en el futbol, ese que se lleva en las entrañas y que te tiene reservado un lugar y un momento para anotar. Un ADN como el de Ignacio González.

Lo de Nacho es para hacerle una placa, mejor dicho, un busto que resalte su cabeza, esa cabeza prodigiosa.

Por aquel gol contra Correcaminos que le dio vida a una Fiera noqueada en la Final de Ascenso. No fue el tanto definitivo, pero sí considero que el más importante de aquel duelo, porque con ese el León espantó los fantasmas de otros fracasos y de ahí se agigantó para lograr un regreso que los leoneses saboreamos igual que un título en el máximo circuito.

Año y medio después, el mismo Nacho impactaría el esférico, de la misma forma, con la cabeza para poner de cabeza al Azteca. Era la sexta estrella.

Nacho, el más querido, sentenciaba al más odiado.

Y como fiera insaciable, el mismo zaguero fue el protagonista de otro gol dorado para la historia del León. Un torneo delante de aquel Apertura 2013, otra vez de visita, otra vez de cabeza, otra vez Nacho.

Minuto 5 del segundo tiempo extra, centro al área desde el tiro de esquina para que “Corazón de León” enviara la pelota al fondo y cayera así un tornado esmeralda sobre la Bella Airosa.

Este gol le dio su último título al León y al mismo tiempo, sembró la semilla para que en el momento que se alineen los astros, reluzca una octava estrella en el escudo leonés.

Los goles son amores y el amor hacia un club hace historia.

No cabe duda que el León tiene muchos goles que le resultan inolvidables, que lo pusieron a la usanza del mismo festejo de Nacho: parado con firmeza, los puños en alto, los músculos marcados y emitiendo un rugido estremecedor.

Fiera, felices 75.

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