Si hay un año que se vivió en la ciudad de León con especial euforia en materia deportiva, es el de 1990.
Los leoneses habían tenido tres años con una austeridad de emociones bastante peculiar. El Club León sumaba entonces tres temporadas inmerso en la Segunda División tras su descenso en 1987.
Por su parte, en el beisbol de la Liga Mexicana, los Bravos de León luchaban por mantener su organización con todas las implicaciones administrativas que conlleva un club profesional.
Tanto el futbol como el beisbol han sido deportes muy practicados en el ámbito amateur de nuestra ciudad. Una buena cantidad de campos y de personas practicando estas disciplinas a lo largo de la semana es prueba de ello.
En ese sentido, siempre ha representado un factor de inspiración para niños, jóvenes y grandes el hecho de que los equipos profesionales de una ciudad marchen triunfantes en sus respectivas ligas.
Los Panzas Verdes enfrentaron la Temporada 89-90 de la Segunda División con muchos contrastes como la falta de pagos, un director técnico que fue cesado a media temporada y jugadores que vivían literalmente en una bodega del estadio.
Eso sí, el equipo contaba en sus filas con una excelente generación de jóvenes futbolistas leoneses, entre otros como Martín Peña, Alfredo Murguía, Beto González y Juan Andrade que, apuntalados con otros jugadores de experiencia y por la conducción de Víctor Manuel Vucetich, recobraron el brillo y la atención de una afición hasta entonces lastimada.
En mayo de ese año se jugó la Liguilla y los aficionados volvieron a poblar el estadio León levantando el castigo moral que le habían impuesto a su propio equipo.
Se llegó la final por el ascenso contra el Inter de Tijuana, misma que ganó el León de forma categórica tras dos partidos disputados.
El 3 de junio de 1990 el Club León volvía a ser de Primera División y la afición se volcó a las calles para celebrar el regreso.
Casi a la par, en el beisbol, los Bravos de León consolidaban una temporada destacable teniendo como manager a Paquín Estrada, quien comandaba a jugadores como Jaime Orozco, Willie Aikens, y Jack Pierce.
Los Bravos de esa temporada le dieron vida al estadio Domingo Santana y terminaron como tercer lugar de la Zona Sur de la Liga Mexicana. En las rondas finales, vencieron a los Diablos Rojos del México y a los Piratas de Campeche, dos potencias en el beisbol de nuestro país.
La mirada de los leoneses volteó entonces al beisbol. En la gran final, los Bravos derrotaron, también categóricamente, a los Algodoneros del Unión Laguna en cinco juegos.
El 4 de septiembre de 1990, tres meses después de la alegría que dio el futbol, ahora era el beisbol el que ponía a sonreír a toda una ciudad. La afición leonesa celebró a sus Bravos en las calles con pancartas y lonas.
La celebración de cada uno de estos títulos reflejó la dimensión social de estos logros.
Los campeonatos del León y de los Bravos no fueron únicamente un trofeo que levantaron, sino una experiencia compartida con toda una ciudad, un motivo de identidad.
Los ánimos de la gente leonesa, en aquel 1990, fueron especialmente jubilosos.
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