Arturo Ramírez nos dejó en estos días. Fue, antes que matemático, un hombre de bien, que puso su sapiencia al servicio de buenas causas. Ahora lo recuerdo, vívidamente, bajándose de su bocho, afuera del cuartel de campaña del PAN, en León, el 19 de agosto de 1991, un día después de las elecciones. Unas horas antes me había llamado por teléfono para interrogarme sobre el resultado electoral de la gubernatura, en donde el candidato del PRI empezaba a presumir un importante caudal de votos a su favor, no obstante que el ambiente de triunfo de la oposición, encabezada por Vicente Fox, se palpaba en el estado. ¿Qué estaba sucediendo?
Arturo se formó en el Centro Universitario México (CUM) para luego pasar a la UNAM a estudiar matemáticas. Al terminar su licenciatura tuvo una larga estancia en Harvard, para luego continuar con sus estudios de maestría y doctorado en la propia UNAM. Antes de 1980 no había ningún otro lugar en el país para estudiar matemáticas que no fuese la Universidad Nacional. Por ello se sembró la idea de abrir un nuevo centro de conocimiento fuera de la Ciudad de México. El lugar escogido fue Guanajuato y el académico encargado de dar vida al proyecto fue uno de los investigadores más disruptivos en el ambiente científico mexicano: el joven doctor Arturo Ramírez. Peleado con la formalidad, nuestro matemático de confianza deambulaba por los claustros universitarios y la ciudad en shorts, playera y sandalias playeras, mientras que su potente cerebro meditaba en como romper la inercia de solo dedicarse a hacer ciencia básica. México requería de proyectos de ciencia aplicada, que traerían un cambio radical a la nueva institución a punto de nacer.
La constitución del Centro de Investigación en Matemáticas (CIMAT) era una acción retadora. Había que romper paradigmas, abrir sus puertas a jóvenes talentos y fomentar el estudio de nuevas materias de punta. Más, cuando esa nueva entidad debería establecerse en la provincia, al lado de una universidad publica estatal. El experimento descentralizador fue un éxito gracias a la conducción de Arturo y un puñado de investigadores temerarios. En muy poco tiempo, los extraños matemáticos fueron adoptados por Guanajuato. La UG sacó provecho, se nutrió de grandes maestros para sus ingenierías, con módulos de probabilidad y estadística, y abrió la licenciatura en matemáticas.
Aún recuerdo una interesante plática con Arturo, sobre mi angustia por no entender, la ciencia de los números. Emocionado me explicó que, a diferencia de otras materias, esta nos entra a paso lento en el cerebro. Desde la infancia se requiere repasar para comprender cabalmente las operaciones más sencillas. Cuestión de paciencia. Sabía bien que los profesores no tenían los conocimientos didácticos para enseñar la materia. Por eso el CIMAT instauró un proyecto de matemáticas educativas y posteriormente la organización de la Olimpiada Mexicana de Matemáticas.
En la elección del 91´yo fungía como director jurídico de la campaña, ya acumulaba dos días sin dormir, mientras se sumaban casos de irregularidades procesales de la elección, que estaba a punto de perderse. Frente a mi, Arturo fijó la mirada en mi escritorio, me pidió un acta de casilla que estaba a la mano y procedió a analizarla. Me hizo algunas preguntas, nunca había visto un documento parecido, inquirió sobre los números consignados: número total de boletas, votos emitidos, votos nulos, boletas no usadas, etc. Meditó un poco, me miró y esbozó una sonrisa traviesa.
Luego exclamó: ¡Esta acta está mal, la suma final no coincide con las boletas entregadas! Me sorprendí, tomé un puñado de nuevas actas y empezamos a sumar. Resultado: más del 60% de las actas presentaban anomalías. Prácticamente toda la elección debería sujetarse a verificación para checar que coincidieran el número de boletas, los votos depositados, la anulación efectiva (sí la hubo) de votos nulos, el conteo de votos no utilizados y los resultados consignados. Frente a la discrepancia, la elección estaba en vilo. Mientras más aritmética y estadística se le aplicara, más se enlodaba la elección.
A un par de días de las votaciones ya contábamos con un análisis aritmético de la elección. Las inconsistencias estaban a la vista. Los comparativos de los sufragios de gobernador contra las demás elecciones, daban un montón de incoherencias estadísticas. Arturo me enseñó que las matemáticas no se equivocan. El caudal de datos pronto estuvo en manos de Fox y de ahí se compartieron con Don Luis Álvarez y Diego Fernández de Cevallos. Carlos Castillo Peraza llegaba a Guanajuato a apoyar. Frente a mi, hablaba con su coterráneo, Emilio Gamboa Patrón, para comentarle sobre la vergonzosa elección guanajuatense. Sépanlo, tras la vilipendiada concertacesión hubo números duros, que Salinas no podía refutar.
Así cayó Guanajuato. Gracias Arturo.