Ofrenda a Brigitte Bardot (1934-2025)

Relato basado en hechos reales

Cuentan que hubo un inquieto joven guanajuatense, que desde niño mostró su hiperactividad cuando jugaba con amigos escondiéndose entre los sinuosos callejones de la ciudad. Al paso del tiempo, su sentido para identificar jolgorio y bullicio se afianzó en su personalidad. Por ello, de inmediato sus sentidos se pusieron alertas, al escuchar murmullos de gente hablando y explicando cosas en el vestíbulo de la Universidad de Guanajuato, donde estudiaba su carrera profesional. Nervioso, se tomó del barandal para mirar hacia abajo con el fin de distinguir el origen del ruido.

De inmediato se lanzó escaleras abajo hasta llegar al patio inferior del edificio. Allí tres personas ofrecían trabajo a jóvenes estudiantes como “extras” para la filmación de una película que tendría como escenario a la ciudad de Guanajuato. Interesado nuestro joven estudiante en la propuesta laboral, y notando los contratistas su perspicacia y facilidad de comunicación, se miraron divertidos y le lanzaron una oferta que no podría rechazar: 50 pesos diarios por ser el asistente de la productora. ¡Era un dineral en el verano de 1965!

Así fue como aquél guanajuatense de Guanajuato, como él mismo se asumía, sustituyó sin dudarlo unas semanas de clase, por la incorporación a la producción cinematográfica francesa de alto nivel. Algo sacaría como enseñanza.

Expliquemos lo que pasaba: la ciudad de Guanajuato había sido escogida por el famoso director francés Louise Malle para filmar importantes escenas de su película “¡Viva María!”. La producción había contratado no a una, sino a las dos actrices más destacadas y taquilleras del cine en Francia, las “sex symbols”: Brigitte Bardot y Jeanne Moreau (María et María en la película).

Brigitte había sido lanzada a la fama en 1956, por su esposo el director Roger Vadim en una cinta de escándalo, “Y Dios creó a la mujer”, célebre por sus atrevidas escenas, que hoy serían clasificación “adolescentes y adultos”. Pero en su tiempo fue blanco de tremendas críticas por sus atrevimientos. Y resultaba que la actriz y modelo estaría en Guanajuato estelarizando una comedia de aventuras, interpretando, entre ella y la Moreau, a dos bailarinas de vodevil involucradas en un movimiento revolucionario, ocurrido en un país bananero.

El trabajo de nuestro joven estudiante consistía en facilitarle la vida en la ciudad a Ana María, una ejecutiva española, asentada en París. Su delicada función consistía en supervisar el correcto gasto del presupuesto asignado al rodaje. Se trataba de una funcionaria de primer nivel que se alojaba en el exclusivo hotel “Castillo de Santa Cecilia”, el mejor de su tiempo, reservado para el elenco estelar de la película.

No habían pasado muchos días de sol y calor, dedicados a tomas de batallas calle a calle y tiroteos entre revolucionarios y tropas del dictador por derrocar, cuando nuestro joven estudiante fue citado por su jefa en el hotel, para revisar detalles administrativos. El jovenzuelo llegó puntual a su cita. Pero en la entrada lo detuvieron. No había paso. Insistente, pidió que se comunicaran con Ana María. Después de sostener un intenso alegato, el acceso le fue franqueado. Avanzó rumbo al área del hotel destinada a las habitaciones, debiendo pasar a un lado de la alberca. Cuando oyó el chapoteo, miró los tonos azules de los reflejos del agua y el sol lo deslumbró. Se llevó la mano a la frente en forma de visera y poco a poco recobró la visión. Del otro lado de la piscina se encontraba ella, la más famosa actriz de esa década, saliendo de la alberca completamente desnuda. Estupefacto, quedó algunos impávido, hasta que reaccionó al llamado de Ana María que se encontraba en el dintel del vestíbulo del hotel. Su jefa reaccionó con una ligera sonrisa. “Si te portas bien- le dijo, – te citaré mañana a la misma hora, pero por el momento tenemos mucho trabajo”.

Cuentan las malas lenguas guanajuatenses que por varios días la cita se cumplió con exactitud. A esa hora la diva, con puntualidad religiosa, terminaba de nadar, salía lentamente del agua, se secaba y luego se tendía en el camastro para broncearse plácidamente. Para entonces el joven cuevanense ya se había agenciado unos lentes obscuros para divisar mejor el panorama y disimular bien su interés visual. Estaba consciente de su suerte. Superaba a millones de hombres que pagaban entradas para ver a la venus francesa lucirse en pantalla. En contraste, frente a sus ojos, la Bardot mostraba su esbelta figura sin traje de baño ni pudor. Las voces de la cañada al enterarse del voluptuoso evento musitaron: ese joven y la ciudad de Guanajuato, fueron suertudos. Los dioses los premiaron compartiéndoles brevemente a Afrodita.

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