Hay refranes de sabiduría popular que parecen de fondo inofensivos, hasta que uno entiende que en ciertos sistemas ya no son dichos, sino manuales operativos. Uno de ellos es “la ocasión, hace al ladrón”.
Parece obvio (y debería serlo) que en teoría nadie entra al sistema de salud con la intención de dañar pacientes. Nadie entra con la intención de distribuir medicamentos falsificados. Nadie firma contratos con la intención de lastimar personas. Sin embargo, tampoco nadie parece preguntarse ¿qué pasa cuando se diseña un sistema donde hacerlo es fácil, barato y sobre todo invisible?
La primera vez que ocurre, hay esa sensación de duda o temor. Alguien recibe un lote “raro o peculiar”, con un empaque que no es perfecto o el proveedor no es el habitual. Aparece una incomodidad, una sospecha y la gente se pregunta ¿lo reporto? ¿detengo el proceso? Sin embargo, la presión de surtir, de cumplir, de evitar hacer olas, mueve las cosas hacia adelante. Además, parece que en el papel todo cuadra y esa tranquilidad administrativa termina por aceptarlo. Al final del día, no pasó nada… aparentemente.
En la segunda ocasión, el mismo mecanismo se repite: el producto entra, se registra, se distribuye, nadie cuestiona, porque, si en la primera vez no hubo consecuencias ¿por qué habría de haberlas ahora? Pasa entonces que las sospechas iniciales se diluyen y se sustituyen por una lógica mucho más práctica que es “así funcionan las cosas”. Ahora, el sistema no solo permite estas circunstancias, sino que las valida y las normaliza.
Cuando pasa por tercera vez… ya estamos frente a un hábito. Ya no hay dudas. El proceso fluye sin fricciones y se aprecia que el proveedor cumple, el almacén recibe, la farmacia dispensa, es decir, se aprecia que “todo está en orden” (al menos en los registros) y se tiene esa sensación de que nadie está falsificando nada, porque incluso pensarlo sería demasiado burdo. Las personas siguen los procedimientos como marcan sus instituciones, pero el problema es que estos nunca fueron diseñados para detectar lo que ahora circula dentro de ellos.
Al final, esta circunstancia se vuelve cultura. El problema se vuelve invisible y es aquí donde comienza la tragedia, pues ya no se trata de una persona o de un evento aislado, ya que todo el sistema está operando bajo una ilusión de control: médicos que prescriben confiados, pacientes que reciben creyendo e instituciones que reportan cumplimientos. Y, en medio de todo esto, ahí están los medicamentos que no curan, que no hacen efecto y que fallan en silencio.
Pero bueno, “todo está en regla”, pues se tienen registros, lotes, firmas y rastros documentales impecables que garantizan que, según esto, nadie hizo nada mal. Sin embargo, la biología no opina lo mismo. Los pacientes no mejoran, sufren eventos adversos e incluso mueren o quedan con secuelas importantes.
Es en este punto donde aparece “la sorpresa”: ¿cómo es que nadie se dio cuenta? Y la respuesta es incómoda, pues literalmente es que el sistema no está hecho para enterarse. No está hecho para sospechar ni verificar, solamente está hecho para operar, fluir y cumplir indicadores. No tiene barreras para resistir esa ocasión (la que hace al ladrón) que de a poco deja ser la excepción y se convierte en la norma.
En efecto hay villanos de gran calado detrás de todo este tema, pero también se debe aceptar que tenemos puertas sin seguro y cadenas rotas en donde todos parecen cumplir su parte, pero realmente nadie está integrado a un sistema robusto de protección de la calidad.
Es increíble que los pacientes reciban medicamentos falsificados, pero es peor cuando los reciben en instituciones que según están sujetas a auditorías, verificaciones sanitarias, certificaciones y acreditaciones. Es trágico que haya vidas que se apagan por recibir una estafa. Pero eso sí, las autoridades dirán “es que no sabemos qué pasó, porque el sistema estaba funcionando ya que nuestros datos así lo dicen”. Increíble, pero cierto.
* Dr. Juan Manuel Cisneros Carrasco, Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.