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Actuando sobre un dato de una irritada vecina, dos comediantes vestidos como ‘drag queens’ enfrentaron a oficiales de un estacionamiento a plena luz del día.

El par quería saber por qué los oficiales, que hacían valer tan despiadadamente los límites del estacionamiento, nunca habían siquiera dado una advertencia al vendedor local de fruta, cuya destartalada Ford Explorer yacía estacionada ilegalmente todo el día, todos los días, en el vecindario de alta clase de Polanco.

“Así que al parecer, este auto está protegido por el dios de la fruta”, gritó Arturo Hernández, el fundador de los Supercívicos, grupo activista de comediantes cuya misión es avergonzar a los malos actores de la sociedad mexicana con humor riguroso. “Vaya, qué saludable corrupción tenemos en marcha aquí”, dijo.

Los comediantes, quienes habían llevado un equipo fílmico con ellos, tenían toda la intención de armar una escena. Uno de los oficiales se rió en respuesta, hasta que le recordaron que el video sería subido y visto, en el último conteo, por casi 200,000 personas.

“No me diga eso”, dijo, dejando caer la cabeza.

La mala conducta en México, como en muchos lugares, a menudo no es castigada. En el ejemplo más serio de esto, algunos estiman que 98 por ciento de los asesinatos aquí termina sin solución. Más infracciones menores – como estacionarse ilegalmente, negarse a sacar la basura y molestias públicas – típicamente son soportadas con admirable determinación.

Sin embargo, un grupo de mexicanos está acogiendo una nueva forma de hacer valer el frágil estado de derecho: la vergüenza pública.

Epitomizados por los Supercívicos, una diversidad de moradores urbanos, activistas e incluso funcionarios gubernamentales han emprendido el hábito de avergonzar a personas que se estacionan ilegalmente, oficiales de policía corruptos y malos vecinos que se salen con la suya frecuentemente.

Un ex alcalde en el estado de Nuevo León puso una enorme valla publicitaria con la cara y nombre de un residente que se negaba a sacar su basura incluso después de haber sido multado tres veces. Enfocada para parecer una toma de fichaje, el letrero se refería al hombre en términos de cochino. El anuncio explicaba más adelante que la ciudad removía 25 toneladas de basura cada día.

El ex alcalde fue reconvenido por la Comisión de Derechos Humanos del estado, siendo obligado a retirar la valla publicitaria.

“Ellos hablan de respetar los derechos de la gente, pero les pregunto, ‘¿Qué hay de los derechos colectivos de tener una ciudad limpia?'” preguntó el ex alcalde, Pedro Salgado.

A finales del mes pasado, una toma en video de un administrador activista de la ciudad apareció mostrando al jefe del estado mayor del Presidente Enrique Peña Nieto dirigiéndose a un gimnasio en Ciudad de México, mientras sus guardaespaldas se estacionaban ilegalmente afuera. La aplicación de video con que fue publicado, Periscope, se ha vuelto tan prevalente que la Comisión de Derechos Humanos sugirió hace poco que su uso podría ser una violación a los derechos.

Los adherentes de la vergüenza pública comparten la creencia de que, en una sociedad ampliamente tradicional y conservadora, apelar al sentido bruto de la humillación es un efectivo medio de alentar a la gente a regirse por las reglas.

“Es una mezcla de ridículo y protesta que revela el nivel de fatiga en la sociedad”, dijo Lorenzo Meyer, historiador y analista político en México. “Sin embargo, esto también contiene el mensaje en el sentido que las cosas no son inalterables. Es una llamada de alerta para rebelarse, para actuar, para expresarse”.

Para muchos mexicanos, mejorar la vida pública no es cosa de risa. Cárteles de drogas y pandillas dominan partes del país donde las autoridades han desenterrado docenas de cuerpos sepultados en tumbas colectivas sin indicación alguna.

De cualquier forma, muchos mexicanos acogen totalmente el humor sardónico para responder a escándalos, sea de corrupción en la oficina del presidente o el escape del notorio capo Joaquín (El Chapo) Guzmán.

Los medios sociales estallan con memes, publicaciones en Twitter o fotos manufacturadas para provocar risa, y es esa vena de humor que grupos como los Supercívicos están esperando explotar.

“Lo que estamos intentando hacer es consolar a la gente con nuestra propia naturaleza mexicana, nuestro ‘gen’ corrupto, y lo hacemos con la comedia”, dijo Hernández. “Enfrentamos las absurdas situaciones que surgen de la ausencia del estado de derecho con ironía y sarcasmo”.

Sentado en un café cerca del vehículo del vendedor de fruta, Hernández ajustó el tirante de su vestido y dio una estirada a sus medias negras. Sacó un montículo de arañas de plástico de una bolsa de plástico, utilería adicional para la presentación.

En español, la palabra araña puede referirse a prostitutas, mujeres vulgares y los candados de rueda que oficiales encargados del estacionamiento en la capital usan para inmovilizar vehículos. Hernández decidió que un juego de palabras valía la pena la fanfarria de arreglarse y aplicarse maquillaje.

Hernández empezó con los Supercívicos después de que acabara un programa de televisión en el que estuvo. En el programa, mezcla de comedia y política, a menudo desafiaba el statu quo, lo cual lo puso en aprietos con los productores.

Los Supercívicos se han vuelto muy conocidos en las calles de la ciudad por sus diversas rutinas. En una, simulaban que eran mexicanos mayores, cayéndose y lesionándose solos conforme intentaban navegar en sillas de ruedas las muchas aceras dañadas de la ciudad.

En otra, acosan a individuos en el metro que se sientan egoístamente en asientos para discapacitados, gritando en un megáfono que Jesús debe haberlos curado milagrosamente. A veces, las cosas se ponen violentas; hace poco, Hernández recibió un puñetazo en la cara de alguien que no tomó amablemente que lo filmaran. Fue golpeado nuevamente esta semana.

“Ridiculizar a alguien es la forma más cruel de castigo social, y también la más efectiva”, destacó Alejandro Marín, uno de los cofundadores de Supercívicos que vestía un vestido púrpura mientras estaba sentado al lado de Hernández en un café. “Si se experimenta ese pequeño trauma de ser expuesto y avergonzado, es muy improbable que violes la misma regla dos veces”.

Hernández habló de un incidente esa mañana, mientras los dos estaban sentados en el mismo café, esperando a los oficiales del estacionamiento. Un camión de entrega de agua se había detenido en un andador, obstruyendo el paso al otro lado de la calle, mientras el chofer empezaba a descargar tanques de cinco galones.

Visiblemente molesto, Hernández tomó su teléfono y filmó un video de sí cruzando la calle, donde abrió la puerta del pasajero del camión, caminó en posición casi hincada a través de la cabina, saliendo después por la puerta del lado del chofer.

Lo hizo varias veces. Cuando el chofer regresó, Hernández lo enfrentó.

“Yo solo intento hacer mi trabajo”, dijo el chofer. “¿Qué, quieres que yo esté en las calles robándole a la gente?”

Pasmado, Hernández regresó a su asiento.

“¿Por qué esa pregunta?” preguntó. “¿Es ya sea entregar agua y estacionarse mal, o robarle a la gente en la calle?”

Media hora más tarde, él detectó a los oficiales de estacionamiento y corrió al lugar de los hechos. Para cuando las cámaras empezaron a filmar, se había reunido una muchedumbre. Los comediantes colocaron arañas de plástico sobre los vehículos, la policía y ellos mismos.

Brincaron por ahí y enfrentaron también al vendedor de fruta, quien casi no dijo nada salvo por: “A mí no me importa un demonio nada de esto”.

Con la vista hacia un costado, en medio de la muchedumbre de varias docenas que se había reunido, estaba Odette Sandoval. Cuando se le preguntó qué creía de las tácticas de los humoristas, ella ofreció una débil sonrisa.

“Yo fui la que les informó acerca de esto”, dijo.

La mujer dijo que había probado con oficiales de transporte sobre la Ford del frutero, repetidamente, y nunca supo nada de ellos. Así que envió un mensaje de correo electrónico a los Supercívicos, y aquí estaban, haciendo lo que el gobierno no había logrado, dijo: Impartir justicia, de algún tipo.

“Sencillamente no es justo que se apliquen las leyes selectivamente y cuando es conveniente”, dijo sobre los oficiales de la ley, quienes estaban ocupados intentando huir de las cámaras. “Eso es corrupción y me alegra que esto haya pasado para que ellos no lo vuelvan a hacer”.

 

 

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