Un acto totalmente carente de racionalidad es esencialmente impredecible, pero la invasión a Ucrania, sin duda, nos afecta. Rusia es sólo 1.7% de la economía mundial, pero es uno de los mayores exportadores de gas y petróleo. El senador John McCain los definía como “una gasolinera con armas nucleares”.

45% del gas consumido en Europa y 25% del petróleo provienen de Rusia. Se ha vuelto evidente el error estratégico de Angela Merkel al cerrar las plantas nucleares alemanas, lo cual los puso en una peligrosa dependencia que aumentaría con el gasoducto Nord Stream 2, que les llevaría gas del ártico ruso.

La interrupción en el abasto ruso es inoportuna, pues el precio del petróleo ya iba fuertemente al alza. La demanda aumentó por la fuerte recuperación postpandemia y, además, los productores de shale de EU decidieron no agregar oferta proporcional, privilegiando rentabilidad. Buscan precios más altos que, por cierto, le dan a Rusia con qué pagar su criminal incursión. Además, muchos proyectos de exploración, que requerirían de años de enorme inversión, dejan de tener sentido económico si el mundo aspira a cero huella de carbón en 2050.

Las alternativas para suplir la oferta rusa son todas malas. EU, Catar y Australia están exportando más gas licuado. No bastará y, además, Europa tiene poca capacidad para regasificarlo. Por otro lado, levantar la prohibición a que Irán venda 80 millones de barriles almacenados le daría a ese país recursos para acelerar su programa nuclear, lo cual garantiza un conflicto militar con Israel.

Rusia exporta paladio, platino, níquel, aluminio, titanio y otros metales especiales que se usan para armar aviones, baterías para automóviles, además de otros insumos que detendrán cadenas de valor que empezaban a normalizarse. Ucrania y Rusia producen 1/3 del trigo mundial, además de otros granos. Habrá graves problemas de abasto en Europa, Medio Oriente y África. Se encarecen fuertemente los fertilizantes y el tema de seguridad alimentaria vuelve a ser relevante para todos.

Este conflicto introduce presión inflacionaria e incertidumbre cuando menos las necesitamos, repercutirá en menor consumo, inversión y crecimiento. Europa entrará en recesión. El crecimiento chino se desacelera y se ve afectado por el arribo del Ómicron en un país cuyas vacunas no sirven para esa variante, y donde la inmunidad es baja porque ha habido pocos contagios. El arribo de la estanflación global (estancamiento con inflación) parece inevitable.

La gran disyuntiva para Occidente es incrementar o no las sanciones para Rusia. Hasta ahora, éstas han sido relativamente inocuas. Necesitarían sacarlos del sistema Swift, impidiéndoles enviar y recibir dinero de otros países, frenando todas sus exportaciones. Pero esa medida daña a Europa y eleva precios.

México resultará seriamente afectado. La recuperación en la industria automotriz, uno de nuestros pocos motores de crecimiento, se frenará, entre otros motivos, por la escasez de aluminio y porque Ucrania y Rusia exportan casi la mitad del neón del mundo. Éste es necesario para procesos litográficos imprescindibles para producir semiconductores. Además del menor crecimiento global, un menor crecimiento en EU, y tasas más altas, matarán nuestras ya magras perspectivas de recuperación. Podríamos incluso decrecer este año. Eso golpeará a la recaudación, y el carísimo subsidio a las gasolinas -dado el fuerte encarecimiento en su importación- presionará finanzas públicas sin margen de maniobra. Dada la brutal ineptitud de Pemex, México ya es importador neto de petróleo. Sólo producimos 1.6 millones de barriles diarios, “gracias” a la miope política energética estatista de la 4T. El daño fiscal será severo.

Lo que está en juego va mucho más allá de lo económico, implica la defensa de la democracia liberal y del derecho de un pueblo a determinar su destino. La tibia condena de AMLO a esta invasión, y su renuencia a unirse a las sanciones de países civilizados, lo pintan de cuerpo entero. En la historia, queda del lado de tiranos autoritarios a los que, penosamente, emula.

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