Después de haber leído de forma casual el muy meditable cuento corto de Franz Kafka titulado “El silencio de las sirenas”, escribo bajo el convencimiento pleno de que no se tienen que atender al pie de la letra las míticas consideraciones de esas personitas identificadas como mitad damitas y mitad pez, para cambiar nuestras orientaciones y destinos. Es verdad que, en el curso de la vida, como humanos, estamos supeditados, sea de manera sonora, discreta o sorda, al posible engaño inmisericorde de la circundancia. Lo sabido desde la remota manifestación escrita por Homero es que Ulises, para protegerse del canto de las sirenas tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de su nave. Sin embargo, milenios después, lo anota Kafka: “las sirenas poseen un arma mucho más terrible que su canto: su silencio”. Así pues, en medio de lo audible y lo inaudible cuidemos permanecer astutos como Ulises para evitar que los dioses de un destino indeseado penetren en nuestro fuero interno.

Y bueno, aprovechemos la línea y sigamos por ei mundo intrincado que Kafka nos dejó sobre sus páginas literarias. Muy seguramente usted y yo, estimado lector, hemos vivido tiempos de profunda reflexión sobre nuestro modo de vivir o hemos estado sujetos a los hechizos simples de los cantos de sirenas. Así, escudriñando sobre el rodar de ambos, sepamos que el primero nos lleva a ser por sí mismos y el segundo parece arribar por otro incierto camino: “Cuando Gregorio Samsa se despierta una mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.  

Exagerar quizás sería decir que la gente ha llegado a un nivel de desencanto que Kafka ya había identificado y registrado entre los tiempos de sus páginas escritas. Sin embargo, la situación que se vive entre las múltiples pobrezas, lejos de ser esperanzadoras, rayan los límites de lo surreal: el narcotráfico, el robo, la indolencia, el vicio y la pereza, como ejemplo, no son más que manifestaciones que nacen entre un canto de sirenas y llegan hasta una metamorfosis no deseada, hasta bregar sobre la nocividad absoluta de las sociedades universales. Todo, ahora, exige, pues, un nuevo orden de ideas y, para ello, es bueno recordar el sendero de las buenas conciencias y costumbres.

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