Por una noche, el pop causó los estragos del rock en la pista de la Arena Ciudad de México, con Miley Cyrus como detonante de tal fenómeno.
Y si la cancha lucía a media capacidad, una enorme explosión de gritos y efervescencia adolescente se dejó sentir en cuanto apareció la artista.
El inmueble parecía un manicomio, la locura empezaba a hacerse patente. La seguridad en las vallas trató de calmar los ánimos, sin éxito. Algunos papás de fans veían el alboroto desde el perímetro del área baja, a veces con caras de sorpresa.
Unos chicos lloraban, otros gritaban con toda su garganta e inmortalizaban todos los detalles con sus celulares.
Algunos cayeron desmayados, pero la rápida reacción de paramédicos y protección civil evitó desgracias.
En las pantallas gigantes y en el entablado, dibujos animados se mezclaban con perreo, o “twerking”, y cuerpos semidesnudos.
Miley salió por un momento con una prótesis de trasero gigante y habló de su salvaje forma de beber tequila.
Nunca dejaron de lloverle regalitos de todo tipo, como peluches, pulseras, playeras, flores y hasta un huipil.
“Gracias por la playera, me encantó”, expresó.
Hubo quienes sí pudieron refrescarse con alcohol y cerveza, pero la gran mayoría, menores de edad, se conformaron con dulces, frituras y enormes vasos de refresco.
En pista, las frases de Miley no se oían tan bien; su acento, muy similar al de los vaqueros de las películas, impedía escucharla con claridad.
Todos aguantaron de pie y la celebraron, pero un éxito de The Beatles, “Lucy in the Sky with Diamonds”, no fue tan coreado como su repertorio.
Un detalle negativo fue que nadie pudo conservar su boleto, ya que antes de ingresar al pie del escenario, el personal de la Arena recogió todos y, en su lugar, colocó dos sellos en los brazos de cada fan.
“Perfecto, tú eres mi dulce corazón”, decía la marca de los sellos, mismos que quizás muchos no lavarán.