Los días pasan envueltos en una rutina que nos absorbe por completo, haciéndonos actuar como si siempre tuviéramos tiempo para todo. Nos aferramos al presente cumpliendo compromisos y responsabilidades, muchos de ellos como parte del trabajo de hoy para alcanzar los anhelos del futuro. Sin darnos cuenta, el tiempo avanza sin detenerse, y nosotros, casi en automático, seguimos su ritmo, a veces postergando momentos por falta de tiempo o interés. Pero, ¿cuántas oportunidades dejamos pasar creyendo que siempre habrá un mañana?, lo que hoy parece seguro, podría convertirse en inalcanzable. Tal vez el verdadero desafío no sea solo cumplir con lo que se espera de nosotros, sino también darnos permiso para vivir plenamente, sin dejar para después lo que nos hace felices hoy.

Pero, ¿y si mañana no llega? No se trata de alarmismo ni de miedo, sino de reconocer que el tiempo es un recurso no renovable y que en ocasiones procrastinamos sin medida, nos contamos la mentira de que después será mejor, que no es el momento, que no es prioridad, como si fuéramos a vivir mil años.

El psicólogo Daniel Kahneman, en su teoría de la ‘experiencia y la memoria’, explica que recordamos no tal como vivimos, sino como interpretamos después. Es decir, no son los días rutinarios los que quedan grabados en nuestra memoria, sino los momentos significativos, aquellos que nos marcaron de alguna manera. Sin embargo, si vivimos en automático, postergando lo que realmente importa, corremos el riesgo de mirar atrás y solo encontrar tareas cumplidas, pero sin recuerdos memorables. Entonces, ¿qué estamos haciendo hoy para construir una memoria digna de ser recordada? Parece que las exigencias laborales justifican por completo nuestra ausencia en casa, reuniones familiares o encuentros con amigos. Ni siquiera nos permitimos un merecido descanso, como si el tiempo de ocio fuera un lujo en lugar de una necesidad. Pero al final, todo se reduce a prioridades de cada uno.  Porque el éxito laboral puede ser gratificante, pero jamás compensará que dejamos pasar los momentos que realmente importaban, que, además, se viven plenamente, sin distracciones, con la mente y el corazón anclados en el presente, en ese preciso instante que merece ser disfrutado sin prisa ni interrupciones. Nos hemos acostumbrado a estar en mil cosas a la vez, perdiendo la oportunidad de conectar con lo esencial.

La neurociencia moderna refuerza el concepto de “mindfulness”: vivir el presente con plena conciencia, lo cual, no solo mejora la salud mental, sino que también amplifica nuestra capacidad de disfrutar lo que realmente importa. Así lo sugiere de manera similar la teoría del “Flow” o “experiencia óptima”, de Mihály Csíkszentmihályi (pronunciado “Mijái Chik-sent-mijái”), explica que la verdadera felicidad surge cuando estamos completamente inmersos en una actividad, cuando nos olvidamos del tiempo y de nosotros mismos porque estamos profundamente concentrados en el presente. Es ese estado en el que todo fluye con naturalidad y en el que la mente deja de divagar, sin presiones de ningún tipo, lo describió como ese punto en el que el desafío y nuestras habilidades se equilibran, ese ritmo perfecto donde todo encaja y simplemente somos, es el fluir de la vida,  y aunque muchas veces es una fase espontánea, deberíamos de darnos a la tarea de fomentar más momentos así por decisión propia, con intención, provocándolos, porque dentro de cada uno de ellos hay una dosis de bienestar que nos genera vivir con intensidad, no en el pasado ni el futuro, sino en el ahora.

Al final, todo se trata de soltar, estar en sintonía y dejarnos llevar con el flow de la vida.

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