Ante la gran expectativa de un año nuevo, el cual ya ha avanzado un par de días, lo que llega no lo hace con estruendo, viene en silencio mientras la vida sigue su curso, los pendientes continúan abiertos y las emociones se acomodan lentamente.

Avanza el calendario con sentimientos encontrados y algo se mueve por dentro. En efecto, no todo queda atrás, se retoman cosas que viajan con nosotros, incluso aquellas que no priorizamos pero que nos hacen ilusión llevar a cabo y las pusimos en pausa, por falta de tiempo, de dinero, de actitud, pero, qué mejor oportunidad que dar inicio al 2026 que reconsiderar y darle la importancia para arrancar ese sueño inconcluso, reconociendo lo que salió bien, lo que dolió y lo que nos mantuvo de pie.

A veces basta con admitir que hicimos lo mejor que pudimos con lo que teníamos.

Enero no exige listas interminables ni declaraciones solemnes. No pide promesas dichas al aire ni metas forzadas por la euforia de la fecha.

Depende solo de nosotros que toda intención llegue a la acción, ofrecer espacio para acomodar lo vivido y observar con mayor claridad lo que merece continuidad, de hecho, esas doce campanadas que nos apresuran a pedir 12 deseos se abrazan buenos designios y está bien, porque en el camino olvidamos llevar a cabo propósitos que no dictan el rumbo de nuestros días.

Hay una presión silenciosa por comenzar fuerte, por demostrar desde el primer día que esta vez será distinto. Creo que iniciar sin prisa también es una forma de avanzar.

Escuchar el propio ritmo, reconocer el cansancio acumulado y permitir que el entusiasmo aparezca sin empujarlo suele ser más honesto que cualquier discurso motivacional.

El 2026 no tiene por qué comenzar con grandes cambios visibles, considero que el día 1 se debe vivir con paz, tranquilidad sin esa sonrisa y abrumadora que el Marketing y la gente cree que se debe demostrar, ¡Nooooo!, cada quien, a su ritmo, en su vida, en lo íntimo para plantarnos en nuestra realidad y partir de ahí para mejorar el enfoque y ajustar estrategias de lo que no se cristalizó, pero que nos está esperando

Elegir mejor en qué se invierte la energía, decidir desde la experiencia y con mayor firmeza, cuidar lo que ya da estabilidad, decisiones discretas y de a paso pero que contribuyen a construir nuestro futuro.

Enero no pide promesas, pide presencia, atención a lo que sentimos, a lo que necesitamos y a lo que ya no queremos sostener. Desde ahí, cualquier propósito tiene más posibilidades de cumplirse y abrirse a lo nuevo no implica soltar lo anterior de inmediato, para nuestra fortuna las transiciones reales se dan paso a paso, no todo tiene que resolverse al mismo tiempo, y no todo se anuncia, no todo se celebra en voz alta.

Algunas transformaciones ocurren sin testigos, pero cambian el rumbo, modifican la dinámica conforme avanzan los días.

Así comienza el 2026, no como un punto de partida idealizado, sino como una continuación consciente de lo que se aprendió y se vivió. Ojalá llegue sin promesas obligadas y sin la obligación de estar listos al cien, pero sí con la claridad suficiente para no cargar compromisos que no sabremos cumplir o no queremos hacer y que sólo terminan pesando.

Partir de una o dos ideas claras para saber dónde vale la pena gastar nuestra energía, el tiempo y la constancia, para avanzar con mayor honestidad, más calma y menos exigencia, pero que contribuyan a una proyección real de cada uno de nosotros, que sea ese impulso que antes buscamos y que sea visible a simple vista, sin necesidad de rebuscar, pero sin duda basado en la disciplina.

Deseo sinceramente, primero, que nos vaya bien a todos, Que este 2026 no nos encuentre prometiendo más, sino escuchándonos mejor. Que estemos dispuestos a avanzar incluso cuando el camino no esté del todo claro.

Que sepamos reconocer lo que merece continuidad y soltar lo que ya cumplió su función. Si algo vale la pena desear este año es seguir, con intención, siendo honestos con nosotros mismos y con la tranquilidad de saber que ir despacio también es una forma de llegar. ¡Feliz año!

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