Historia 032

Esta es la historia 032 de 450 que te contaremos sobre León

En escuelas, colonias, templos, plazas públicas, asilos, orfanatos y espacios deportivos, quedó plasmado el altruismo de Don Francisco Lozornio Castillo, uno de los grandes benefactores de León. 

Don Pancho nació en León el 18 de junio de 1891 y vivió 102 años. Fue un exitoso fabricante de calzado de la marca Boston, recibió condecoraciones como el San Crispín de Oro, la Charola de Plata, y los reconocimientos como Guanajuatense y Leonés distinguido.

Desde joven destinó parte de sus utilidades a obras educativas, religiosas, deportivas y de apoyo a la población más vulnerable. Contribuyó a la restauración de plazas públicas y templos y donó campanas para varias iglesias, entre ellos el Expiatorio y la Catedral.

Entre sus aportaciones más notables destacan la donación de terrenos y apoyo para la construcción de los institutos América, Leonés, Tepeyac y la Escuela Fray Bartolomé de las Casas. 

También donó el terreno y financió la construcción del Asilo María Asunta,  destinado a ancianas en situación de calle, además de un dispensario médico que funcionó durante 15 años, atendido por médicos voluntarios.

Construcción del asilo María Asunta. Foto: Colección de la Familia Lozornio

El empresario zapatero fue además organizador, durante tres décadas, de las peregrinaciones de fabricantes de calzado a la Catedral de León, así como de las caminatas anuales a San Juan de los Lagos.

En 1935, Don Pancho repartió 25 hectáreas del rancho El Tlacuache entre campesinos que lo trabajaban; así nació la colonia Oriental.

En 1943, donó el primer león que fue colocado en el Arco de la Calzada el cual mandó construir en ladrillo y cemento al maestro albañil Daniel Herrera.

Un viaje a Estados Unidos marcó su vida

A los 17 años, Francisco partió a pie hacia Estados Unidos, acompañado de su tío Gregorio, luego de fracasar en su intento de vender cinco pares de calzado en la ciudad de Guanajuato. Regresó a León y, sin pasar por su casa, convenció a su tío de emprender el viaje.

Con cinco pesos, un chaleco y una cobija, iniciaron el camino en 1908. Durante semanas  caminaron, padeciendo hambre y frío. Cuando llegaron a Santa Rosalía de Camargo, Chihuahua, agotados y hambrientos, “yo ya no podía más. Y de pilón, al pedir limosna, lo único que nos dieron fue tantito maíz tostado”, narraba Don Pancho a hijos y nietos

El trayecto siguió y kilómetros adelante, “Me salí de la vía y me tiré a un lado. Mi tío también ya no podía más”.

“Al levantar la cabeza, vi a lo lejos una figura acercándose. Creí que era un vigilante, pero al verlo más cerca, me di cuenta que no era un trabajador, sino un viejito de capa gris remendada, con una gorra de fieltro y una barba larga”. “Se acercó a nosotros y nos dijo: “Señores, ¿no quieren unas tortillas”.

“Como no, le respondí. Se abrió su capa y vi claramente una lona atravesada en su cuello, donde llevaba una bolsa de limosnero y su bordón echado hacía arriba. Nos dio ocho tortillas gruesas como un cigarro”.

Cuando regresó a México, un día Francisco encontró una estampa con la imagen de un viejito de barba, capa, bolsa y bordón, igual al hombre que les dio las tortillas. Era San Vicente de Paúl. 

Su regreso a México

Poco más de un año trabajó Francisco en las vías de ferrocarril de Oklahoma hasta que recibió una carta en donde su hermana le decía que su padre estaba muriendo.

El joven encontró a su padre en buenas condiciones de salud pero su familia aún era más pobre.

Decidió quedarse. Un día acompañó a su papá a vender calzado a Gumersindo Rocha, en la ciudad de México. Gumersindo pagó la mercancía y cuando regresaban a León, ambos se dieron cuenta que les había pagado de más así que regresaron a devolver el dinero. 

Esto les valió la confianza de Rocha quien les hizo un pedido grande y además dio todo el material para que fabricaran el calzado.

La situación empezó a mejorar para la familia y Francisco invirtió su ahorro de 65 dólares en instalar un taller de calzado.

En 1913, abrió junto a su padre un pequeño taller con el objetivo de crecer el negocio y mejorar la calidad de los zapatos.

Crea el calzado Bostoniano

En su estancia en Estados Unidos, Francisco observó el calzado tipo “welt”. Un día compró un par pensando en producirlo en México. Le llamó Boston. Muy pronto el calzado “welt” empezó a ser famoso.

Para mejorar y aumentar la producción, en 1919, Francisco compró maquinaría alemana e instaló su propio taller. Mejoró la calidad del calzado y la marca Boston cada vez tenía más reconocimiento. La demanda crecía. 

En 1911, Francisco se casó y tuvo una hija, pero cuatro años después enviudó. 

Años después contrajo matrimonio por segunda ocasión con Felipa Quiroz y tuvo catorce hijos.

Francisco a lo largo de sus 102 años de existencia, vivió sucesos sobresalientes de la historia como el Porfiriato, la Revolución Mexicana, la Guerra Cristera, dos guerras mundiales y la llegada del hombre a la luna.

Durante la persecución religiosa, Francisco protegió a sacerdotes que eran perseguidos y ocultó objetos sagrados de la iglesia. En su casa administraban sacramentos en la clandestinidad. 

Beisbol, futbol y natación

Además del éxito en la industria del calzado, Don Francisco siempre tuvo interés por el deporte, especialmente el béisbol, fútbol y natación. En 1920 formó el primer equipo de béisbol Patria y construyó un estadio, de madera en donde actualmente se encuentra la calle Prado.

Los jugadores eran obreros de su fábrica pero contrató al profesional Henry Anaya como entrenador. Uno de los jugadores más conocidos de Patria fue Domingo Santana cuyo nombre lleva el estadio de la ciudad.

Al inundarse León en 1926, derribó el estadio, dividió la propiedad en lotes y los vendió a sus obreros a precios simbólicos y sin intereses. 

Años después, acordó con las autoridades la construcción del nuevo Estadio Patria en terrenos donde se planeaba una cárcel. Ahí se jugaba beisbol, futbol y otros deportes.

También construyó un centro deportivo con alberca, llamado Alberca Guadalupana abierta a los jóvenes.

Boston en la ruina

En 1932, el empresario inició en la agricultura. Dejó la fábrica en manos de dos supervisores quienes la llevaron a la ruina.

Entonces su esposa tomó la administración del negocio. Así salvó calzado Boston.

Un día, en busca de un socio para volver a relanzar Boston, su esposa le dijo: “Haz sociedad con el Sagrado Corazón”.

Siguió el consejo de Felipa y Francisco fue a la Ermita en donde actualmente está el Templo Expiatorio, “ahí pactó con el Sagrado Corazón de Jesús”, comentó su nieto, Francisco Garza Lozornio.

Boston se convirtió en una de las fábricas de calzado más importantes de la época.

La “sociedad” con el Sagrado Corazón, consistió en dedicar la mitad de sus ganancias a obras de caridad.

Su altruismo se reflejó en numerosas obras que aportó a los leoneses. Además, fue uno de los principales donantes para la construcción del Templo Expiatorio; compraba el cemento y la varilla y durante 30 años, pagó la nómina de los albañiles. También regaló la puerta de bronce del santuario que hace alusión a la Creación del Hombre

En julio de 1967, Francisco Lozornio estuvo a punto de morir a raíz de una operación y cuando el médico estaba por declararlo sin vida, una de sus hijas tomó su mano y le dijo al doctor, “mi papá todavía vive”.

Este episodio motivó aún más la generosidad de Francisco. Vendió un edificio que había construido en San Juan de Dios y una casa céntrica y destinó el dinero  a causas benéficas entre ellas el asilo de San Vicente de Paúl, el Seminario y el Santuario de Cristo Rey.

Cierre de Boston en 1977

Con siete décadas de trabajo, Calzado Boston se consolidó como una de las fábricas que daba empleos a cientos de familias.

Obreros de la fábrica Boston. Foto: Colección de la familia Lozornio

Sin embargo, con el paso del tiempo, Don Pancho decidió cerrar Calzado Boston y dedicó su vida a pasear por la ciudad y orar.

Acompañado por uno de sus hijos o nietos, acudía con frecuencia al Templo Expiatorio, la Catedral, al Barrio Arriba o San Juan de Dios. Estaba pendiente de las fiestas navideñas para enviar regalos a los presos y a los niños internados en orfanatos, en todos dejó huellas de su presencia.

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