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Historia 354

Esta es la historia 354 de 450 que te contaremos sobre León

En León todavía hay quienes lo reconocen por su nombre, por una fotografía o simplemente por aquel apodo que terminó convirtiéndose en su identidad: El Elegante.

Roberto Bernal Guzmán fue tránsito durante alrededor de tres décadas. Pero para sus 11 hijos —siete hombres y cuatro mujeres— fue mucho más que el hombre del uniforme que todos conocían en las calles.

Fue el padre que se levantaba para trabajar, el hombre que cuidaba hasta el último detalle de sus zapatos y sus insignias, el que barría la calle frente a su casa, el que hacía trabajos de albañilería con sus hijos y el que, cuando tenía oportunidad, tomaba un micrófono para cantar.

Murió en 1992, a los 75 años, víctima de cáncer de colon.

Roberto Bernal Guzmán fue tránsito durante alrededor de tres décadas. Foto: Cortesía de la familia Bernal

Han pasado 34 años, pero su nombre sigue apareciendo en la memoria de León.

“Era un verdadero orgullo”, dice Álvaro Octavio Bernal Villagómez, uno de sus hijos. A su lado, Ricardo Bernal Villagómez, el menor de los 11, recuerda al hombre que para muchos fue simplemente El Elegante.

Antes del uniforme

Don Roberto nació en 1915 en Rincón de Ortega, una pequeña comunidad rumbo a San Felipe Torres Mochas.

Era un lugar pequeño, de apenas unas cuantas familias. Muy joven decidió salir de casa y buscar su propio camino. Se fue a la Ciudad de México, donde aprendió el oficio de zapatero y comenzó a relacionarse con personas que terminarían alimentando otra de sus grandes pasiones: la música, porque antes de ser El Elegante, quería ser cantante.

Participó como aficionado en la radio y, según las historias que conservan sus hijos, durante su estancia en la capital llegó a conocer a figuras que entonces eran grandes nombres de la música mexicana, entre ellos Jorge Negrete, Pedro Vargas y Pedro Infante.

Sus hijos incluso conservan un antiguo disco relacionado con Jorge Negrete.

De Pedro Infante guardan otra historia familiar: aseguran que el nombre artístico de su padre, Roberto Bernal, apareció en una película de aquella época, aunque hasta ahora no han logrado identificar cuál fue.

También recuerdan que Roberto admiraba a Carlos Gardel y a Javier Solís, y que llegó a convivir con José Alfredo Jiménez.

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La música no desapareció de su vida cuando regresó a León. En las reuniones familiares pedía el micrófono. En casa cantaba, tenía pistas de Javier Solís y disfrutaba de interpretar canciones.

Esa era su otra pasión, verdaderamente”, cuenta Álvaro.

De regreso a León

Pero su vida terminó tomando otro rumbo. En León trabajó como celador en la antigua cárcel ubicada en 5 de Febrero, estuvo relacionado con el oficio zapatero y también tuvo actividades comerciales en el Mercado de la Soledad.

Después llegó el uniforme de tránsito. Y con él nació el personaje que la ciudad nunca olvidaría.

Antes de ser El Elegante, Roberto tenía otro sobrenombre: El Suavecito.

Se lo ganó, cuentan sus hijos, por su manera de dar el paso a los peatones.

Pero poco a poco la gente empezó a fijarse en algo más: en aquel tránsito que siempre estaba impecablemente vestido.

“Ese oficial se ve muy elegante”, comenzaron a decir. Y el apodo se quedó.

Álvaro Octavio Bernal Villagómez y Ricardo Bernal Villagómez, dos de los hijos de Roberto Bernal. Foto: Vanessa Hernández

Roberto llevaba guantes blancos y cuidaba cada detalle de su uniforme. Sus movimientos eran marcados, casi teatrales. Dirigía el tráfico desde el taburete, como era habitual en aquella época, y siempre procuraba que su presencia estuviera a la altura de la responsabilidad que tenía.

Hasta los zapatos eran parte del ritual. Tenía pequeñas piezas metálicas que se colocaban en el calzado para que, al marchar, sus pasos sonaran con fuerza.

Sus hijos lo ayudaban a mantenerlos en perfecto estado.

“Tráiganme mi pie de calzador”, les decía cuando necesitaba cambiar o revisar aquellas piezas. Ellos también boleaban sus zapatos.

Era una tarea que los hijos pequeños hacían con gusto porque, al terminar, podían quedarse con algo que entonces parecía enorme: la mitad del refresco de su papá.

Esa era la alegría de nosotros”, recuerda Ricardo.

La elegancia empezaba en casa; el uniforme era sólo una parte. La pulcritud de Roberto comenzaba mucho antes de salir a trabajar.

Sus hijos recuerdan que se arreglaba con paciencia, se cortaba y cuidaba el bigote, se pintaba el cabello porque no le gustaba que se le vieran las canas y preparaba sus insignias hasta dejarlas brillantes.

Tenía trapos y productos para mantener sus cosas impecables: “Si usted ahorita lo mirara cruzar con su uniforme, la insignia brillaba”, cuenta Ricardo.

En casa ocurría lo mismo: no soportaba ver tiradero. Barría el patio, limpiaba la calle y se ocupaba de que todo estuviera recogido. También sabía de construcción y, cuando terminaba su jornada, podía cambiar el uniforme por ropa de trabajo y ponerse a levantar una barda o hacer alguna reparación en casa.

Roberto Bernal podía cambiar el uniforme por ropa de trabajo. Foto: Cortesía de la familia Bernal

Sus hijos pequeños eran sus ayudantes. Querían salir a jugar, pero antes tenían que ayudarle.

Era estricto, pero sus hijos aseguran que nunca necesitó levantarles la mano. Su disciplina estaba en el ejemplo.

Si hay una frase que quedó grabada en la memoria de sus hijos es esta: “A lo que te dediques, debes ser el número uno”.

No importaba si se trataba de ser barrendero, cocinero, zapatero o cualquier otra profesión.

Sus dos hijos menores dicen que su padre vivía de acuerdo con esa filosofía.

Consideran que precisamente por eso llegó a convertirse en una figura tan reconocida dentro de Tránsito.

Un personaje muy querido 

No sólo por el uniforme: también por el trato, por la manera de presentarse, por la relación que construyó con comerciantes, taxistas, peatones y conductores.

Durante sus años en el centro de León conoció a comerciantes de mercados y negocios. Era común que lo reconocieran y se acercaran a él.

Y esa red de relaciones también llegaba hasta su familia. Si necesitaba llevar mandado a casa, los taxistas lo ayudaban.

Cuando olvidaba el impermeable y comenzaba a llover, los niños tenían que tomar el camión para llevárselo. Era una época distinta, dicen sus hijos.

Y ellos crecieron viendo cómo la gente reconocía a su padre.

Una familia numerosa y unida

Roberto y Natalia Villagómez Arroyo formaron una familia de 11 hijos: Irma, Mario, Martín, Patricio, Eva, Marisela, Roberto, Rocío, Julio, Álvaro y Ricardo.

La diferencia de edad entre Roberto y Natalia rondaba las dos décadas.

Los hijos menores fueron, dicen ellos, quienes alcanzaron a vivir una etapa más tranquila económicamente.

No fueron una familia rica, pero sí una familia unida. Roberto trabajaba mucho, y cuando regresaba a casa seguía activo.

Podía llegar con comida, preparar una ensalada, ayudar a su esposa o ponerse a trabajar en alguna reparación. Su platillo favorito, recuerdan, era la milanesa de pollo.

Natalia quedó viuda joven y mantuvo a sus hijos unidos hasta su muerte, en febrero de 2025, a los 85 años.

Hoy la familia calcula que hay alrededor de 30 nietos y 15 bisnietos.

Siempre trataba de ayudar 

Era un tránsito que también ayudaba fuera del crucero. En aquella época, la colonia donde vivía la familia estaba prácticamente en las orillas de León y pocas personas tenían teléfono.

Por eso, cuando alguien necesitaba hacer una llamada de emergencia, tocaba la puerta de los Bernal y siempre recibía ayuda.

También participó en gestiones para conseguir pavimentación y servicios para la colonia. Era parte de su manera de entender el servicio.

Para sus hijos, esa es una de las razones por las que todavía hay personas que lo recuerdan con cariño.

Hay un bulevar con su nombre

El reconocimiento más visible llegó en la Ciudad Infantil del Parque Metropolitano: el bulevar principal lleva el nombre de Roberto Bernal Guzmán.

La familia acudió a la develación. Para sus hijos fue uno de los momentos más importantes: ver el nombre de su padre convertido en parte de la ciudad.

Pero no fue el único homenaje. En el puente de Insurgentes y López Mateos existe un mural donde aparece Roberto junto a otros personajes reconocidos de León.

Para sus hijos, verlo ahí fue confirmar que su padre había dejado una huella que iba mucho más allá de su familia.

Siempre en Domingo

Hay otra historia que la familia cuenta con una mezcla de orgullo y frustración. El Elegante llegó hasta Siempre en Domingo, el famoso programa de televisión conducido por Raúl Velasco.

El programa había llegado a León y se grabó material especial sobre la ciudad. Roberto fue entrevistado en uno de sus cruceros mientras trabajaba. La familia esperaba con emoción el domingo de la transmisión.

Los hermanos de Roberto incluso se prepararon con un VHS para grabar el programa.

Pero antes de que llegara la cápsula, una tromba provocó un apagón en León y la ciudad se quedó sin luz.

El programa continuó, pero en León nadie pudo ver el segmento dedicado al tránsito leonés. La luz regresó cuando el programa prácticamente había terminado. Después, un conocido les platicó que había visto el reportaje en Silao: “El documental de tu papá estuvo de diez”.

La familia nunca pudo recuperar aquella grabación. Y por eso la cápsula de Siempre en Domingo permanece como una de esas historias familiares que casi parecen leyenda.

Detrás del uniforme

Quizá la parte menos conocida de El Elegante es precisamente la que sucedía cuando se quitaba el uniforme. Era cantante, era albañil, era zapatero, era padre, era el hombre que barría la calle, el que cuidaba los pájaros de la casa, el que ayudaba a preparar la comida.

El que llevaba vidrios que le regalaba su amigo Antonio “La Tota” Carbajal, el que conoció a personajes famosos, pero también tenía tiempo para ayudar a sus vecinos.

Era un hombre que entendía la elegancia como algo más profundo que vestir bien.

Era disciplina, era limpieza, era servicio, era respeto por el trabajo, era presentarse todos los días dispuesto a hacer las cosas lo mejor posible.

34 años después

Roberto Bernal Guzmán murió hace 34 años; su esposa falleció apenas el año pasado.

Los nietos y bisnietos conocen las historias del hombre que se convirtió en uno de los tránsitos más recordados.

Sus hijos guardan fotografías, insignias, documentos y recuerdos, pero el recuerdo más importante para ellos es: “A lo que te dediques, tienes que ser el número uno siempre”.

Para sus hijos, El Elegante no fue solamente aquel tránsito de guantes blancos que hacía sonar sus zapatos al marchar; fue el hombre que nunca salía de casa sin estar impecable, el padre que enseñó con el ejemplo.

El trabajador que convirtió su oficio en una identidad. Y el personaje que, 34 años después de su muerte, León todavía recuerda.

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