Teherán.- Tras los ataques iniciados el 28 de febrero de 2026 contra objetivos militares iraníes por parte del Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) y las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF), que afirmaron haber neutralizado gran parte de las defensas aéreas y capacidades de misiles de Irán, la respuesta iraní pone en duda el triunfalismo estadounidense e israelí.

Irán ha mantenido su capacidad para lanzar contraataques con misiles y drones contra Israel y bases estadounidenses en la región, demostrando que no todas sus opciones militares fueron eliminadas. 

Asimismo, pese al descabezamiento de gran parte de la cúpula político-militar, el país ha logrado activar sus protocolos de sucesión sin evidencia pública de parálisis institucional grave.

Ulises Blázquez, doctor en ciencias en salud colectiva y analista de relaciones internacionales de la Universidad Iberoamericana con un interés marcado en Medio Oriente, resume lo ocurrido con precisión. 

Lo que hemos visto en este conflicto es que Irán ha demostrado ser considerablemente más fuerte de lo que muchos esperaban. Ha sido muy estratégico en el uso de su armamento, calibrando cada movimiento con cuidado”, declaró en entrevista con el periódico AM

Para Blázquez, el error de cálculo de Washington y Tel Aviv fue asumir que Irán se fragmentaría internamente ante el golpe. Sin embargo el sistema cerró filas. 

Para entender el por qué, es necesario remontarse al origen.

El marco ideológico

El enfrentamiento entre Irán y las potencias occidentales e Israel es un fenómeno relativamente reciente, no una rivalidad de siglos. 

Durante casi cinco décadas, la dinastía Pahlavi —eje gobernante previo a la revolución islámica— gobernó el país como un aliado estratégico de Washington y Tel Aviv.

Desde los años treinta, Irán fue pieza central del sistema de alianzas estadounidense en Oriente Próximo, al colindar con la frontera sur de la Unión Soviética y alinearse con la agenda occidental durante la Guerra Fría. 

Con la Revolución Islámica de 1979 y el derrocamiento del Sha, dicha alianza se disolvió con la llegada de una narrativa e identidad política fundada en la resistencia frente a Occidente.

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Foto de archivo del 9 de octubre de 1978: manifestantes iraníes protestan contra el sha Mohammad Reza Pahlavi en Teherán. La Revolución Islámica derrocó su gobierno y marcó décadas de tensiones entre Irán y Estados Unidos. Foto/ AP News.

Itzel Pamela, especialista en Medio Oriente y con un máster en Estudios de Asia y África por El Colegio de México —quien ha vivido en Túnez, Marruecos, Turquía y Egipto—, identifica el momento preciso del quiebre: 

Previo a la revolución, la dinastía Pahlavi fue aliada de Occidente y de Israel por casi 40 o 50 años. Cuando triunfa la Revolución Iraní, el nuevo régimen no aceptó negociar ni volverse aliado de estas potencias, pasando automáticamente al lado enemigo. El cambio de régimen fue lo que hizo ese quiebre, y desde entonces, Estados Unidos e Irán han sido vistos como enemigos”, declaró en entrevista con el periódico AM.

Desde ese momento, la resistencia ante Occidente dejó de ser una postura política para convertirse en la identidad del Estado iraní. 

La especialista describe que un cambio de su postura equivaldría a traicionar los principios fundacionales de la revolución

Es por ello que el régimen iraní ha hecho de esa resistencia una bandera sostenida durante décadas, al grado de que ya no es solo ideología revolucionaria sino identidad nacional consolidada.

El sistema político iraní

Irán es una República Islámica: tiene elecciones, instituciones y procesos formales de gobierno, pero todo ese andamiaje queda subordinado a la ley sharia y a las interpretaciones del Corán y los Hadith desde la óptica del islam chiita.

Itzel Pamela lo sintetiza con claridad: 

Coexisten dos figuras: el jefe de Estado y el jefe religioso, aunque la más relevante sigue siendo el Líder Supremo. Sin embargo el sistema no depende de él al cien por ciento. Por eso Irán tiene cierta resiliencia: su estructura republicana sigue funcionando incluso en su ausencia. El Líder Supremo viene a ser quien da el visto bueno, pero la maquinaria institucional continúa operando.”

Además, al contar con elecciones controladas y una oposición en el exilio o encarcelada, el poder republicano se encuentra vinculado o simpatiza con los ideales revolucionarios. 

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En esta imagen de la agencia iraní ISNA, el candidato reformista Masoud Pezeshkian vota en una casilla electoral en Teherán el 28 de junio de 2024, mientras saluda a la prensa. (Majid Khahi, ISNA vía AP).

Dicha maquinaria no se sostiene solo con instituciones civiles.

El régimen construyó un aparato de seguridad paralelo cuyo eje es el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica —conocido como la Guardia Revolucionaria—, una fuerza militar y política con presencia en la economía, la inteligencia y el control interno. 

Dentro de su estructura opera una red de milicias leales, como la Fuerza Quds, proyectada hacia el exterior, y los Basij, desplegados hacia adentro con el cual se vigila y reprime cualquier disidencia.

Irán apostó por la seguridad creando grupos como la Guardia Revolucionaria, que se encarga de checar a la oposición, implementar mano dura y limitar libertades. Institucionalmente, lograron no depender únicamente del jefe supremo. El sistema tiene una estructura que funciona y se ha mantenido leal a la revolución, asegurando que las instituciones no se salgan del carril.”

La designación de Mojtabá Khamenei como sucesor de su padre ilustra con claridad cómo opera esa lógica. 

El Atlantic Council y diversos medios señalan que la decisión fue impulsada por el propio Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, contrariando los deseos expresos del Líder Supremo y generando resistencia entre figuras políticas internas de peso.

La sucesión resulta comprensible dado el contexto: el momento exige un liderazgo claro al frente de las fuerzas armadas. Lo que resulta significativo es la cohesión que se ha manifestado en torno al nuevo liderazgo. No se heredan necesariamente todos los atributos personales del padre, pero sí se respeta un principio político fundamental: no puede haber vacíos de poder. En ese sentido, el nuevo liderazgo probablemente será más radical, pero también más estratégico. —Blázquez.

Blázquez refuerza dicha lectura: 

Basta observar la naturaleza de los ataques y la solidez con que la resistencia militar iraní se ha mantenido, sin fracturas visibles, para comprender que Irán no se ha doblegado. Esto representa un error de cálculo importante por parte de Estados Unidos e Israel, que aparentemente esperaban una fragmentación interna. Ocurrió exactamente lo contrario.”

El Eje de la Resistencia

La resistencia de Irán no termina en sus fronteras. Desde la revolución, Teherán ha construido una política exterior basada en lo que denomina el Eje de la Resistencia: una red de grupos armados, movimientos políticos y actores regionales con la bandera antioccidental como denominador común. 

Entre ellos se encuentran Hezbollah en Líbano, Hamás en Gaza, los Hutíes en Yemen y las milicias en Irak y Siria.

A través de dichos grupos, Irán cuenta con presencia indirecta e influencia sin que aparezca directamente en escena. 

Es como si Irán estuviera siempre presente sin estar. Utiliza los conflictos regionales como guerras proxy para confrontar un modelo o una ideología, aportando apoyo moral, diplomático y, en muchos casos, también armamento. Es como ver una partida de ajedrez en la que Irán tenía piezas por todos lados, pero las está perdiendo una a una.” — Itzel Pamela.

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Combatientes de Hezbolá izan la bandera de su grupo y corean consignas durante el cortejo fúnebre del combatiente Bilal Nemr Rmeiti. (AP Foto/Hassan Ammar).

Sin embargo, el tablero geopolítico regional iraní se ha deteriorado de forma significativa.

Hezbollah tiene su cúpula de mando prácticamente desmantelada, Hamás no resistió la ofensiva en Gaza, y solo los Hutíes en Yemen mantienen cierta vigencia operativa, aunque sin capacidad de articular una causa regional unificada.

Sin embargo, el debilitamiento del Eje no equivale al colapso del régimen: son estructuras distintas. 

Irán construyó su resiliencia interna de forma independiente a sus proyecciones externas, lo que le permite absorber pérdidas regionales sin que ello se traduzca en fracturas domésticas.  

Algunos analistas señalan que los ataques de los grupos aliados registrados desde el inicio del conflicto no son una prueba de fortaleza del Eje, sino de su lógica inversa: cuando un sistema centralizado anticipa su propia destrucción, delega la autoridad de respuesta con antelación. Los ataques continúan, pero de forma cada vez menos coordinada.

El escenario que viene

El IDF declaró el 15 de marzo que tiene al menos tres semanas adicionales de operaciones planificadas en territorio iraní, mientras Washington mantiene su respaldo al conflicto. Irán, por su parte, sigue respondiendo.

La pregunta que comienza a tomar forma no es si el régimen colapsará bajo presión militar externa, sino qué escenarios son posibles a partir de ahora. 

Una de las vías señaladas por algunos medios occidentales como potencial factor desestabilizador es el financiamiento de grupos kurdos en territorio iraní. 

Pamela descarta esa lectura: 

Para que los kurdos representaran una amenaza real habría que meter a Irak directamente en el conflicto. Y los kurdos ya lo vivieron en Siria: pelearon durante años y ¿qué obtuvieron a cambio? Nada concreto. No los veo dispuestos a volver a ser utilizados por Occidente para una causa que históricamente no les ha dado resultados.”

El escenario de mayor riesgo, advierte, no vendrá desde afuera sino desde adentro: 

Hay que distinguir entre tres cosas: crisis, colapso y estabilidad. El régimen iraní no es estable, pero tampoco está al borde del colapso. Está en crisis, sí, y esta es una prueba de resiliencia. Y creo que esa resiliencia va a funcionar, a menos que en los próximos días ocurra algo disruptivo, como un nuevo bombardeo o que el proceso de elección del nuevo Líder Supremo genere una fractura interna.”

Por su parte, Blázquez proyecta un horizonte de desgaste progresivo. El paralelo con Ucrania es, para él, inevitable: la misma apuesta por una guerra corta, la misma resistencia inesperada, el mismo resultado sin vencedor claro. 

Lo que se avecina es una guerra de derrotas. Nadie podrá proclamarse ganador. Estados Unidos no podrá sostener este conflicto indefinidamente, e Irán también enfrentará costos muy significativos para reconstruir su infraestructura. Mi estimación es que hacia finales de mayo estaremos viendo algún tipo de retirada, con episodios de violencia, pero en un escenario donde todos habrán acumulado más pérdidas que victorias.”

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